ねぇだから今日は そういつもより
長い電話をしよう
なんとなく君に 後ろめたいから
やさしくふるまっておこう…
(15 de enero)
—Si tú desaparecieras de mi vida, si desaparecieras —le dijiste, con cara de preocupación, usando tu voz de locutor—, si te convirtieras en las chalinas que me tejes, en los desayunos que compartimos en la cama —continuaste, mirando su rostro, pero observando los vidrios de enfrente a través de la ventana—, viviría desconsolado, por un tiempo prudente, y no volvería a desayunar, al menos no en la cama.
—Es por eso que vine corriendo apenas recibí la llamada —y por curiosidad.
—¡Me encanta cuando hablas con esa voz! Me haces pensar en cositas que no puedo decir aquí.
—Siempre estás pensando en eso, ¿no? —ella se ríe, ella.
—Así que te gustan las chalinas que tejo.
—Me gusta que te tomes el tiempo de hacerlas, pero no hace suficiente frío en Lima para poder usarlas tanto como quisiera.
—Las chalinas te las tejo porque así te pareces más al ajedrecista que vimos el otro día, ese tan guapo y tan triste, y sobre el desayuno —te mira, buscando tus ojos—, creo que no me vendría mal un pan con chicharrón y un café.
—Jugador de shogi. —Siempre tienes que estar corrigiéndole estas cosas—. Y sabes que no puedes comer nada de eso aún.
Una enfermera te pidió que le dieras espacio, intentaste recoger tu mano atrapada en la suya, la sentiste apretar más, te sentiste incómodo, pero dejaste de jalar.
—Señorita, debo irme, tengo que enviar unos documentos a los argentinos —te excusaste, la sentiste soltar un poco y aprovechaste la oportunidad, recuperaste tu cuerpo, la viste abrir la boca pero la detuviste con su pregunta.
—¿Si te convirtieras en un gato naranjoso? Sí, te seguiría queriendo. —La miraste a la cara finalmente, en sus ojos una luz.
Sentiste algo parecido a la envidia y saliste de la habitación sin decirle que no regresarías en cuatro días.
Fuera de la habitación viste al doctor conversando con una señora, seguro familiar de otro paciente, te reconoció y se te acercó sonriendo.
—Tú eres el novio, ¿o me equivoco? —te dijo mirándote directo a los ojos—. Han tenido mucha suerte.
—¿Entonces, ella se va a recuperar completamente? —El doctor asintió con la cabeza.
—Si hubiera estado un poco más a la derecha quizá no hubieras venido a un hospital, muchacho, pero así como están las cosas, en un tiempo no tendrá ni cicatrices.
—Gracias, doctor —le contestaste, pero ya estabas ausente, en un tiempo te dijo, pero no cuánto, quizá esto tomaría demasiado. ¿Sería capaz de irme?
No por un tiempo, un tiempo prudente.
—Si hubiera estado un poco más a la derecha… —repites apagado—, ya no tendría novia —se te escapa.
—Sí, pero eso no pasó, muchacho, puedes respirar tranquilo —te repitió y sonrió—, es una chica muy bonita, suertudo.
El doctor no te entendió.
助言してくれたなら
ぼくは涼しい顔で
利用するだけして ゴミ箱に
捨ててしまう
(21 de julio)
Viniste caminando del taller con tu ventilador, lo pusiste en la cómoda, supuestamente ya debería ser invierno, pero el sol se negaba a ponerse.
—¡Hey! ¡No pienses que es tan sencillo pedir perdón! —le dijiste mientras te sermoneaba sobre tus decisiones.
Hiciste algunos malabares para mantener el celular en el oído mientras tanteabas el enchufe, escuchaste la mitad de lo que te decía, ya sabías lo que estaba diciendo.
—Sí, sí, sé que siempre hago la misma huevada. —Su insistencia con el tema te sacaba de tus casillas.
—Sé que tú has ido, lo pensaré… —Conectaste el celular al cargador.
—Oye, ¿puedes revisar el blog? —Metiste las manos al morral para buscar a Ollama—. He subido algo nuevo, quería que lo leas.
Su voz fastidiada por un momento: —No me gusta leer tu blog, cuando hablas, me sirves un helado, cuando escribes, me vendes un reloj —tendré que buscar otra periodista, pensaste.
—¿Cómo está Bogotá? —le preguntaste—. Seguro te estás divirtiendo.
No estaba en el morral, te paraste a buscarlo en tus cajones, no estaba tampoco, ni en los bolsillos del abrigo que usaste anoche.
Recogiste el fono de la cama, alcanzaste a escuchar algo sobre museos, sobre fotos, playas. Te ofreció alguna, como si no hubiera miles en internet. Es como grabar un concierto.
—Solo si es una tuya desnuda —le dijiste mientras ibas a la sala a buscarlo, lo encontraste en el librero de la puerta.
—Ya no puedo mandarte ese tipo de fotos, además estás en Lima, ¿para qué la quieres?
—¿Necesito decirte para qué la quiero? ¿Qué me puedes mandar entonces?
—¿Un beso? —se rió de su propia pregunta.
—Sabes que eso no me basta, ¿no? Me encantaría que estuvieras aquí, podría tomarte las fotos yo mismo.
—Ya deja de hablar de eso, estoy sola y lejos de ti.
Pero su voz sonaba un poco agitada. La imaginaste sonrojada, la imaginaste desnuda, nada.
—¿Cómo está el clima? ¿Estás usando las chalinas? —te preguntó.
—No está haciendo frío, me pudro de calor. —El ruido del ventilador era un sarcasmo.
—¡No me importa! Me gusta cómo te quedan y ya las tejí. ¡Úsalas!
—Ok, ok, lo haré, dime, ¿cuál era ese restaurante que te gustaba? —le preguntaste—. Ese por San Isidro del que me hablaste.
El sonido de un mensaje te arrancó una sonrisa mecánica.
—Claro, Brass. ¡Ese mismo! —te recuerda que le gusta el pesto italiano, que regresa en una semana, lo captaste a medias, Ollama olía a perfume de muchacha.
—Bueno, tengo reunión con los chilenos, debo colgar. ¿Hablamos en otra ocasión? —repitió que regresaba en una semana, te preguntó si querías hacer algo y se despidió—. Chau chau —colgaste sin responder.
Te sentaste y prendiste la TV, pusiste The Office de fondo. Agarraste el celular y respondiste el mensaje.
—¿Te parece el viernes en Brass? Luego a un Airbnb.
ねぇだから今日は 散歩に行こう
誰もいない夜の街
月の光で たいていのことは
美しくみえるから...
(1 de noviembre)
Te dio un empujón, casi saliste volando a la pista, si no fuera porque te tenía agarrado firmemente del brazo.
—¡Hey! ¿Qué haces? —te quejaste, medio en broma.
—¡Siempre me haces salir primero! Ya va siendo hora de que seas tú el que sale primero.
Estaba garuando, pero ya no hacía suficiente frío, igual llevabas un abrigo enorme. En el paradero del tren había una fila gigantesca, algunos sapos los miraban. No parecía que le importara, seguía prendida de tu brazo como un pin.
—¡Hey! Nos están mirando —le dijiste, mirando al frente, qué les importará.
—Bueno, eres mi novio, es un hotel. —Apretó tu brazo más fuerte.
Nunca puedes soltarte, siempre es lo mismo.
—¡Oye! Estamos volviendo a vernos recién.
—Siempre dices la misma huevada, y aquí estamos. —Te empujó como jugando otra vez, pero te hizo tambalear completamente.
El taxi que habías pedido ya estaba esperándolos, subiste y el taxista te preguntó: —Al chifa Unión, ¿no? —Moviste la cabeza para asentir y salieron.
Iban rápido, Lima parecía haberse vaciado de gente, de autos, la vía expresa así de abandonada te recordaba a otro lugar, un sol rosado se filtraba por las ventanas mientras se iba poniendo.
—Está más libre hoy —le dijiste al taxista.
—Es por el feriado, joven —te contestó mientras escuchaba salsa en su radio. Ella seguía prendida de tu brazo, se estaba adormeciendo, en la radio sonaba “Me han contado... que te ha ido mal”, recordabas esa letra, pero no el título.
Moviste el brazo y se aferró más fuerte, estaba dormida, hubiera sido mejor quedarse a dormir, pero eso implicaba quedarse.
—Ya estamos llegando —le dijiste al oído.
Se despertó mientras abrías la puerta para salir, había terminado de anochecer, afuera aún garuaba despacio, pero a través de las nubes se colaba la luz de la luna llena.
—¡Flor dormida! —recordaste en voz alta el título de la canción.
—Sí, soy una flor, pero ya desperté —te dijo ella, sobándose los ojos, sin soltarte.
—Cuál flor, ni qué niño muerto, ¡sigue durmiendo, oe!
—¡Jum! ¡Me dijiste que me ibas a comprar todo lo que yo quiera! —te contestó, exhalaste, es más fácil que conversar.
—Pues, ni modo —respondiste mirando a otro lado.
Entraron a la Feria de los Muertos buscando wawas.
Te ardieron los ojos por un momento, demasiadas luces, con la luna debería ser suficiente. Un ruido que no se percibía del todo desde fuera, gente divirtiéndose.
No estaba tan mal.
—¡Hey, mira! —Tu mirada se dirigió al letrero del café con licor, ella ya había escogido.
—Dele uno, por favor —le dijiste al que atendía, soltó uno de sus brazos para recibir el vaso.
El dependiente comenzó a mirarte como si estuvieras robándote algo.
—Pago con tarjeta, amigo. —Sacaste tu celular para pagar, un mensaje.
Lo eliminaste de la pantalla de bloqueo y acercaste el celular a la maquinita.
—¿Quieres un poco? —te preguntó, estiraste la mano y tocaste la suya al recibir el vaso, se sentía más suave que hace unas horas, bebiste.
—Gracias. —Estaba rico, lo cual te sorprendió, licor en una feria. ¿Dejaré de ir a Carnaval?
—¡De nada, pero tú pagas! —Su sonrisa medio oscurecida por las luces de la feria te hacía confundirla, era mejor así, pareciéndose un poco, una fogata falsa le hizo desviar la mirada.
—¿Sabías que los japoneses hacen un festival para los muertos también? ¡Queman cosas fuera de sus casas y hacen caballos de pepinos!
—Jajajaja, sí lo sé, lo vimos juntos en ese anime del ajedrecista, ¿lo recuerdas? —te contestó.
Te jaló a otro puesto, viste que había cientos de pines, todos artesanales, pero había algo bello en ellos. Ella ya tenía cuatro en la mano. Pagaste en silencio, mirando los pines con atención.
—Tengo algo para ti —te dijo, y te entregó una caja negra con cintas rojas de regalo, no era muy grande, la había tenido escondida en su bolso, al abrirla, lo que viste dentro te hizo saltar un latido.
—Sé que querías ir, pero no pudiste. —Era una colección de pines del Pokémon Go Fest 2026, por un instante, en tu pecho, un mareo.
—Siento que me faltan las palabras ahora mismo, esto es demasiado —le dijiste—, y solo tú lo podrías haber pensado. —No pudiste levantar la vista—. Muchas gracias —terminaste.
—¡No es nada! —te contestó—, sabía que te gustarían, a veces es bueno que te engrían, ¿no?
Te dejaste jalar a comprar algunas cosas más antes de salir, un pan de wawa, una calavera pintada, algunos fanzines, cada vez que se rozaban, su mano seguía siendo más suave que en el hotel.
Con el bolso lleno de chucherías balanceándose de un lado a otro y ella caminando feliz, salieron a esperar el taxi que le habías pedido. La sentías más pequeña de lo usual, pero también más liviana. Podrías igual reconocerla aún sin mirarla, por su voz, su forma de acercarse, de tocarte, de volverse cada vez más suave, como si fuera a desaparecer.
Su taxi estaba llegando, le pusiste la mano en la cabeza, le hiciste piojito por un momento. —Quiero ser dulce contigo, ¿sabes? —Te estrujó la mano.
—¿Qué es ser dulce conmigo? —Ojos iluminados, estrujándote más fuerte.
—Acariciarte sin malicia, fuera de un hotel, un día de lluvia, fuera de un festival.
—Entonces siempre eres dulce conmigo. —Te soltó la mano dándote una caricia más al retirarla, incluso más suave que en la feria, la tentación de retenerla.
—Jajaja, ¡ya lárgate! ¡Mira, ahí está tu taxi!
—¿No me vas a decir que me quieres? —Parecía querer empinarse hacia ti.
—No. —Agachó un poco la cabeza—. Eso ya lo sabes.
—¡Me gusta oírlo! Y quiero que me des gusto.
—Me encantas, ¿sabías? —Tus manos temblando.
—¡Lo sé! ¡Todo lo sé! ¡Es porque soy lo máximo!
—No soy lo suficientemente fuerte como para ser dulce contigo siempre —se te escapa—, pero hago intentos. —Tus olas no tienen donde romper en mí desde hace un tiempo, un tiempo más allá de lo prudente.
Llegó su taxi, te soltó definitivamente por hoy, le diste un beso en la frente.
Se fue.
Miraste el chifa Unión, pero no sentiste que tuvieras hambre, tenías sed.
Bajaste por Domeyer, había bares más adelante, estaba corriendo viento, la garúa se detuvo, pero no en todas partes.
Te sostuviste en un poste, tu boca se desdibujó, el mismo mareo de hace un momento, dos lágrimas escaparon, golpeaste el poste, nada.
Te sobaste los ojos y caminaste hacia La Tostadora, entraste y buscaste una mesa al fondo. Sacaste de tu morral a Ollama y comenzaste a acariciarlo mecánicamente mientras leías el mensaje guardado.
Te trajeron la carta, ya sabías qué ibas a pedir: —Tráeme un negroni, por favor. —Te dirigiste a Ollama—. Amigo, sé que has visto cosas que no deberías, pero vamos a guardar el secreto, ¿ok?
Probaste el negroni —solo está amargo—, desbloqueaste el celular, leíste de nuevo el mensaje, contestaste: —¡hola, sí, sí quiero! —Sorbiste otro poco mientras esperabas.
—Ha pasado mucho tiempo, pensé que no contestarías —Sonreíste y una ola rompió en tu pecho.
Te pusiste con delicadeza los pines del Pokémon Go Fest en el pecho del abrigo.
—Te he estado esperando, ya no tengo nada más que hacer.
—Estoy en Miraflores ¿Vienes?
Pediste la cuenta, dejaste una propina excesiva.
Saliste, besaste el celular, lo guardaste en el pecho de tu abrigo, empezó a llover.
—¡Carajo! —Levantaste un brazo para poder mirar.
Cruzaste la pista corriendo, casi sin mirar, esquivaste por poco un auto, estiraste la mano. —¡TAXI! —gritaste.
Las luces de los faroles de Barranco hacían brillar tus pines nuevos.