Volví a oír tus audios, aunque me hacen daño, pero son lo mejor que me ha pasado, es triste pensar que esta especie de traición de tu voz, le da el cierre perfecto al amor que imaginé entre nosotros.
Tu silencio me condena a estar atado a esos audios que tú ya borraste, a esos planes que nunca fueron reales, que yo me forcé a creer aún en contra de las advertencias, es horrible entender que la realidad es ese miasma que nunca se limpia del todo. Que manchará por siempre incluso mis fabricaciones cobardes.
Que evitar nombrar culpables, inevitablemente me va a dejar frente al espejo, expuesto a mis propias mentiras reflejadas en tus ojos, la amarga verdad de que siempre supe, en el fondo, que me dejarías con una excusa.
Esa excusa fue la tabla a la que me aferré.
En todo este naufragio auto infligido, mi único salvavidas fue la certeza de que, si bien la traición duele, también alimenta, de que la tristeza es un placer que todo lo aumenta.
Que nunca te he amado más fuerte que cuando recordé lo que nunca llegamos a hacer.
Así, perdido, he llegado a encontrarme cara a cara con una imagen de mí que nunca quise afrontar, aquel tipo que se regodea en la tristeza de haberte perdido, a cambio de unas letras, de un poco de inspiración.
Siempre supe que me dirigía ahí, nunca supe detenerme. Nunca quise.
Despertaría contento como un analfabeto, si con eso nunca te hubiera perdido, cambiaría toda esta pretensión por haberte besado más veces, por haber llegado a ese futuro que quise imponerte.
Que siempre imaginé solo.
Y ahora estoy entre los culpables, pero no solo de esta alucinación, sino del daño que mi drama acarrea en otras, de las promesas que no son para otras, sino para ese animal que he criado dentro mío, que me exige castigarte en otros cuerpos, para que cuando vuelvas, hayas ya expiado tus pecados.
Claro, así hubiera sido siempre, desde un inicio te excusé por que eras lo más parecido a lo que siempre deseé. O quizá fue por que eras lo que más calzaba en el altar que ya tenía construido.
Es tan doloroso entender que este descubrimiento no me redime. Que esta inmolación absurda solo me provee del placer de excusarme ante los demás. Nada de esto limpia mis faltas, el vacío que me ahoga es sólo excusa barata.
Que en el fondo, no he aprendido nada.
Incluso si ahora que estoy abandonado, tengo la esperanza de despertar a verte otra vez. Que alguien premie el hecho de que te siga esperando. Alguien más, no tú, nunca tú.
Pero ya a estas alturas, no puedo ni controlar mis propios recuerdos.