2026FICCIÓN

Azul - Revisado

Escrito por Luis

Reescribo tu nombre y el mío en los ojos de toda superficie que pueda devolverme la mirada, para que no escape ninguno de los dos, para marcar con nuestros nombres un territorio en el cual nos acorralo, o quizá solo para ver el reflejo afiebrado de mis ojos rojos.

Llevo siempre la muñequita colgando del cierre de mi maletín, la toco de vez en cuando para sentir su efecto, es fría, me calma a veces, no sé exactamente de que me calma, pero siento esa necesidad, a veces llama demasiado la atención y alguien me distrae por ello, me interrogan, quizá es lo que busco, la confusión de encontrarme respondiendo algo que no sé explicar. Cada vez que contesto, se va deformando más y más la realidad, porque el recuerdo sin atención a los detalles, desenfoca esa fotografía inicial, que a veces (confieso) solo uso como señuelo.

Pero ahora solo me distrae, cada vez voy diciendo menos.

Todo en la muñeca es azul, sus trenzas azules diferentes a las otras con trenzas doradas, su vestido azul, sus trenzas azules, su ojos (azules) mal cerrados, sus trenzas azules, incluso los remiendos con hilo azul, sus trenzas azules, la piel rosada se vuelve casi blanca en contraste, una muñeca triste, de trenzas azules tristes, creo que ya me entiendes, ¡ja!, ni siquiera una sonrisa tiene dibujada.

— La persona que te regaló eso lo compró seguramente a un sol en una combi — se que eso estás pensando, pero nadie me regaló nada, mis decisiones son mías, ahora si me perdonas, debo bajarme.

Me paro, me sostengo de la barra de la combi, aún puedo ver las letras escritas en la ventana, la combi se irá llevando el límite como un cometa, me bajo y me doy vuelta observando, me arrodillo a acomodarme las bastas mientras sigo con la mirada en el horizonte y dejo unas letras en el suelo, es hora de trabajar.

Camino al café, mi compulsión me hace revisar la muñeca, descubrir que no ha desaparecido, el valor sentimental que obviamente no funciona contigo es su única luz, fuera de eso, es un pedazo más del invierno, contrasta bien con el cielo rosado de la tarde, Lima hermosa, incomprendida, que no me regala garúa cuando quiero — puedo oír sus excusas, nunca estás donde te necesito amigo — y esta combinación del frío con la melancolía me invade, las dos cosas me gustan, pero combinadas crean un punto en el cual no importa ninguna de las dos en especial.

Los ruidos de Miraflores me ponen en alerta, las pistas nunca son confiables, mi costumbre mirar a ambos lados incluso en una pista de una sola vía a veces paga con descubrimientos, en la vitrina de la Sagrada Familia veo un libro que me gusta, toco la vitrina, es casi como si ya fuera mío, pasaré a recolectarlo cuando termine. Nuevamente miro alrededor, no es que espere encontrarte, pero tampoco espero que no haya nada, solo un perro perdido me devuelve la mirada, como si pudiera ordenarle que hacer, pero por costumbre me evita, no importa, acerco mi mano, me arrodillo y entiende la orden del posible amo competente, le acaricio la cabeza, no deja de mirar al frente, buen chico, me levanto y sigo mi camino.

Entro al Starbucks dejo atrás la seguridad del plano amplio, estoy escondido en el lugar de la emboscada, y mi único ángulo de visión es la puerta. Escribo algo con los dedos en la mesa, ¿Por qué no? cualquier lugar es adecuado, las mesas están libres, huele a café y por momentos a chocolate. Huele a quemado, pero eso es fácil de entender, no es muy buen grano, solo está quemado. Me levanto y voy al baño, me siento como hielo seco, pero eso es adecuado, un poco de agua y la bruma nos envuelve.

Miro al espejo, lo empaño, escribo nuestros nombres, es una emboscada dentro de la emboscada — si solo vinieras aquí — me cruzo conmigo mismo y me observo, no tiene caso evitarme a solas, me seco la cara y encuentro el mismo rictus ausente de la muñeca, mi cara impávida solo traicionada por mis ojos rojos, me confirma que la frialdad que emana este señuelo fallido, es la señal de la simbiosis entre los dos.

Cojudeces mías, melancolía de mierda, señuelo que confunden con timidez.

Me siento en mi mesa, acomodo las manos y observo a mi vigía en la puerta, sentado, aún vigilando, pero hoy no es día para recolectar seguidores, recibo mi café, amargo, cargado. Lo tomo para calentarme y para soportar la vigilia. Me quema las palmas, pero el aroma me agrada, incluso si sé que solo es café quemado. Me recuerda los caminos, manejando por turnos, esperando el amanecer.

La veo llegar, es algo diferente que en fotos, pero eso no está mal, los huesos de la cara son iguales, probablemente unos años mayor que sus fotos, chaleco y blusa, pantalón de drill, zapatillas, es una persona activa, no alguien fácil de acorralar, pero en este punto ya su guardia está baja, y no se espera que yo sea quien soy, levanto la mano, imitando un ánimo que los demás ven natural, es la herramienta, se acerca y se sienta, se me acerca sonriendo.

— ¡Hola! — sus ojos brillan un poco, me encuentra atractivo, sus defensas bajan aún más — Así que tú eres el gran Víctor Montes...

— Yo no diría que gran, la verdad soy más como que, distraído y confuso.

— Me has citado en un Starbucks pero no te veo una libreta, ni estás con terno, osea que no me vas a ofrecer entrar en un MLM probablemente.

— ¡Oh no! ¡Me atrapaste! Creo que es momento de irme — imito una sonrisa a la perfección, pero los lentes le impiden ver que mis ojos no sonríen.

Me levanto para ofrecerle algo, me pide un latte y un croissant la dejo sentada y me acerco al mostrador, es un poco temprano aún, observo al vigía aún atento en la puerta, confirmo que la dirección es cerca, la clave para entrar.

— Hola. dame un latte y un croissant, además un cafe negro, cargado ¿Podrías darme el latte descafeinado? sí, normal de azúcar.

Pago y me alejo, miro hacia atrás un par de veces, me quito los audífonos para estar más atento por si me llaman a recoger.

— En un momento nos llaman, cuéntame, ¿Por qué te arriesgas a verme tan pronto? — evito sus ojos gracias a los lentes, pero observo que sus pies apuntan a mí, la veo relajada, confiada, sin señales de alerta.

— Bueno, la verdad no creo que haya un riesgo, aún no me has ladrado, ¿No? — se ríe y me toca el brazo al hacerlo, siento un latido en la yema de sus dedos.

— Bueno, ya sabes, el perro que no ladra es el que muerde — se ríe nuevamente, escucho que me llaman — voy por el café señorita, vuelvo en un segundo.

Recibo el café, pregunto para cerciorarme — descafeinado ¿no? — la chica asiente con la cabeza, recibo el croissant y regreso a la mesa.

— Aquí tienes — le tiendo las dos cosas y observo sus ojos, me miran directo — me encantan sus trenzas señorita.

— Bueno, deberían, fuiste tú quién me pidió que me las hiciera — sonríe, el anzuelo funciona — me dijiste que vives cerca ¿no?.

— Si — no es la primera mentira, pero si la más grave ahora mismo — pero primero tomemos el café, además podemos comprar un par de cosas en Wong como es cerca, me gustaría caminar un poco, hace buen clima.

Quiere ahondar en mi vida, pero le respondo con evasivas, defiendo mi información, en cambio la interrogo, obtengo esa ventaja. Observo las trenzas por un momento sin prestarle atención a sus ojos, como se mueven, le contornean los pechos, le contesto mecánicamente, hasta que estoy convencido.

— Bueno, ¿caminamos? — me agarra la mano, la dejo guiar por un momento.

— ¿Por dónde?

La encuentro ansiosa, con el pulso elevado, salimos de Starbucks y el vigía sigue ahí, avanzamos un poco y nos sigue a distancia, en una operación que ya conozco, no me va a sorprender. Nuevamente paso por La Familia pero aún falta para la recolección, estoy en otra, hay que hacer las cosas en el orden indicado.

Esta noche, buscando tu boca en otra boca...

— ¿Qué dices? — me pregunta volviendo los ojos hacia mí, casi me encuentra.

— Nada, nada — digo con el tono de voz más inocente que puedo.

— ¡Hablas muy despacio, eso es adorable! — estamos en un callejón, me jala y me rodea con sus brazos, se que viene el beso.

Ella no se espera lo que sucede.

No puede acorralarme, y la veo sorprenderse por un momento y luego siento su pulso acelerarse más, entonces la cojo de la cintura separando sus brazos de mi cuello y nos volteo, es más alta que yo, con una de mis manos la cojo de la nuca y la traigo hacia mí, empujándola contra la pared del callejón vacío, relaja su cuerpo y comienzo a comerme su boca, no cierro los ojos, pero los suyos están cerrados, entregados, le aparto una trenza y le muerdo el cuello mientras le hablo.

— ¿Pensaste que me tenías? Pero yo soy el que te tiene, yo obtengo lo que quiero, y ahora quiero esto — le aprieto las caderas — ¿Qué es lo que quieres tú? Dime.

Balbucea algo que no escucho bien, no es lo que quiero, quiero que se rinda, que lo diga, que confiese su derrota, así que pregunto de nuevo.

— Te he hecho una pregunta ¿Qué es lo que quieres?

Esta vez la escucho mejor.

— Que me lleves a tu cuarto... — respiración fuerte — que me lleves a tu cama.

— ¿Eso quieres? — balbucea nuevamente, necesito escucharla — ¡No te escucho!

— Sí, sí, vamos.

Casi creyéndolo, porque así de ciego es este río

La jalo esta vez yo, miro hacia atrás mientras la llevo, solo el vigía a distancia, sabe lo que hace, probablemente ladre si es necesario, caminamos un par de cuadras más, de rato en rato me detengo a acorralarla contra alguna pared, a estas alturas parece más pequeña que yo.

Que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados

Una puerta, pongo la clave que me aprendí y entramos, escribo algo en las paredes mientras subimos las escaleras, entramos al cuarto y de una sola mirada puedo ubicar la cama, la cocina, el baño. Pero quiero que espere, que lo desee.

— Ve a ducharte, ¿Ok?

— ¿Me estás diciendo sucia?

— No, solo te estoy diciendo lo que debes hacer — se va sin objetar más — no te deshagas las trenzas.

Dormida con las trenzas a un lado se ve más bonita y aún más pequeña, más suave, enciendo un cigarro, le doy un par de pitadas, lo dejo en el cenicero y la observo, casi angelical, presa dispuesta.

Que tristeza nadar al fin, hacia la orilla del sopor

— ¿Qué dices? — murmura sin abrir los ojos.

— Nada, nada, ya son casi las 10, vives algo lejos, dúchate para poder buscarte un taxi.

— ¿Y si nos duchamos juntos? — me propone, pero ese momento ya pasó, ya tengo su cabeza en mi pared.

— No, podríamos demorarnos más, después ya no te dejan salir.

— ¡Cierto! ¡Bien pensado!

Si, todo lo tenía pensado, calculado, menos esta ausencia de latidos, este sopor, a pesar del café, herida abierta pero enfriada por el viento, por la nieve, tatuaje a cuchillo de un nombre, que se erige como recaudador a llevarse los despojos.

— Tu taxi llega en 8 minutos, ¿Estás lista?

— Si, ya casi — me dice de lejos, me pongo la ropa para despedirla, la veo salir del baño acomodándose el cabello, ya no hay trenzas, ha terminado de convertirse en una extraña.

Sabiendo que el placer es ese esclavo innoble — me digo a mí mismo.

— ¿Ya está abajo? — me mira, me he puesto los lentes para evadir sus ojos — ¿Me acompañas abajo?

— No estoy vestido como para bajar, y no me he bañado aún.

Me mira, pero no pareciera que haya decepción en sus palabras, se me acerca, se que me va a intentar besar, así que la abrazo y pongo mi cabeza en su hombro, le abro la puerta del cuarto, levanto la mano y me deja solo, pero por algún motivo menos solo que con ella.

Cojo la muñeca del cierre de mi maletín, la acaricio, bajo la luz de la luna que entra por la ventana, me veo azul también, extrañamente, pareciera fusionarme en el invierno con esta muñeca odiosa, voy a ducharme, en mi mente, la cabeza recién obtenida se mueve, el centro de la pared tiene un hueco enorme y horrible.

— No tengo recuerdos tuyos en este lugar en especial, solo tengo tu ausencia en todas partes.

La ducha me limpia del ritual de la caza, lava los restos de la víctima de mi cuerpo, su olor, la marcas de su piel en la mía. Salgo y veo el espejo empañado, escribo tu nombre y el mío una vez más, limpio una parte del espejo para recuperar la simetría de mi propia mirada vigilándome.

— Mi derrota no es de método, es de estado — me convenzo, aún soy implacable, es solo que estoy acechando algo que no deja de devolverme la mirada.

Me cambio y me voy, no dejo nada mío, no dejo tampoco nada ajeno. Antes de bajar miro por la ventana de la escalera si hay testigos, no veo a nadie, salgo sin preocupaciones, y escucho el primer pitido, es un mensaje, me dice que ya está de camino, que gracias, que la pasó bien, que me duche y descanse.

Que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

No contesto. Esta interacción ya cumplió su ciclo por hoy.

Afuera encuentro a vigía, más despierto que yo, le acaricio la cabeza, no se mueve, siento el gruñido, pero sigue mirando al frente, buen chico, creo que si nos vamos, me agacho y le digo como para que pueda oírme.

— Tu nombre desde ahora es Vigía, eres un perro adecuado a mi misión. Si estás dispuesto a cumplir tu trabajo y creo que lo estás, entonces sígueme.

Me levanto y empiezo a caminar, esta vez ya no me acecha, avanza conmigo, pero mira a todos lados, igual que yo. Detengo un taxi, disparo una dirección que el chofer acepta, le advierto.

— Estoy yendo con mi perro, pero es obediente y limpio.

Asiente con la cabeza, quizá es un auto alquilado, abro la puerta y hago un gesto, Vigía se sube y se queda quieto al lado izquierdo, me subo y me acomodo, no sin antes escribir algo por última vez hoy día, Vigía acomoda su cabeza en mis rodillas, ¿es esto una especie de abrigo de piel? Jajajaja, Romaña me diría que soy Cruella de Vil pero no está, nunca estás cuando te necesito amigo.

Creo que son las once ya, y mientras me alejo del centro del desastre, llega un mensaje más, que paso a ignorar.

— Ya llegué guapo, espero nos veamos pronto de nuevo.

No creo que haya un pronto, pero es parte de las provisiones para la escasez. Creo que yo también, como Vigía, soy adecuado, le acaricio la cabeza y escucho una vez más un gruñido, el taxista mira para atrás y dice:

— ¿Todo bien ahí amigo?

— Si claro, así es su cariño, mire la pista por favor.

Escucho la radio, estoy algo lejos ya, decido que es el momento y cierro los ojos, la trampa estaba sellada, es momento de dejar que las presas hagan lo que desean, es un poco más complicado que eso quizá ¿No? empaño las lunas de este carro para dejar nuestros nombres una vez más, que el destino lleve este taxi lejos, bajo y pienso en mi letanía, en el umbral que cruzo al empezar a delimitar, en las reglas, las estrategias, también en lo que yo me impongo a mí mismo, en lo que representa el valor, el ser un hombre, la fidelidad al ideal.

Reescribo tu nombre y el mío en los ojos de toda superficie que pueda devolverme la mirada, para que no escape ninguno de los dos, para marcar con nuestros nombres un territorio en el cual nos acorralo, o quizá solo para ver el reflejo afiebrado de mis ojos rojos.

Para no ser poeta no está mal — Romaña estaría orgulloso, se daría cuenta que he estado robando sus libros, es gracioso si lo pienso bien, pero mi mente también debe afilarse.

Aún debo llamar, enterarme, cerciorarme, escuchar tu voz, o lo más cercano a ella, hace tiempo que no hablamos, y aunque me des la oportunidad de explicarme, ya se que te he mostrado mis cartas. quizá te cuente que ahora tengo un nuevo compañero, pero sabrás que es alguien como Vigía, por que cuando me desarmas soy transparente.

El último teléfono público que he podido ubicar está dentro del Rebagliati bajo desde la zona de los hoteles, y las funerarias, Vigía va unos pasos por delante, miro a los costados, escucho una radio perdida.

Esta noche se desató la violencia en Miraflores, varios heridos y...

Continúo, una puerta descuidada, solo la enfermera, compro unos cubrebocas de una ambulante, los sostengo en la mano.

— ¡Señorita! ¡Debo llevar urgente a mi prima los cubrebocas, la licenciada me ha dicho que corra! — pongo la voz más desesperada que pueda, miro desde abajo.

— Ya, ya joven pase, ¡pero al toque ah!

Paso y dejo a Vigía en la puerta, nunca se queda confundido, entiende su labor y me da la espalda para esperar mirando hacia afuera. A un costado del edificio principal están los teléfonos. Cierro los ojos para cerciorarme de si has cambiado de número. Cuando los abro Vigía ya está conmigo, imagino que aprovechó un descuido. Marco el número y escucho el timbrar.

— Deje un mensaje, en la casilla de voz... — una vez más no hay respuesta, pero yo sé que revisas tu casilla de voz.

— Hola, soy yo, llamaba para saber cómo estás. Es posible que estuvieses mejor que antes de que me escucharas. Pero esto es algo que compartimos los dos, yo también estaba mejor antes de empezar a dejarte este mensaje. Tengo que admitir que en esta operación, soy yo la presa, y que aunque me revuelque y me intente liberar, no hay nada que me atrape, quizá eso es lo humillante, mi valor disminuye, porque me ignoras — acaricio mecánicamente la muñeca de trenzas azules – ¿Sabes? aún tenía algo para darte, no es gran cosa, pero es, tiene tus mismas trenzas, tu misma boca, los ojos casi cerrados, esto es extraño de decir, pero, te he vestido de azul y he comprobado que la tristeza te sienta bien, yo mismo he comenzado a ponerme azul, siento que es contagioso, pero solo si eres compatible. Pero otro día seguiré contándote, hasta pronto.

Cuelgo, pienso por un momento en dejar la muñeca colgada del auricular, pero una muñeca azul ahorcada de un teléfono azul es una imagen demasiado trágica. En vez de eso, decido lanzarla antes de flaquear, uso todas mis fuerzas, cae lejos de mí. Me siento a planificar mi libertad.

Vigía me trae la muñeca nuevamente, me mira directo y gruñe, es cierto, el flaqueo ya sucedió, cuando decidí dejar la caza a medias, me miras, entiendo, la misión no se abandona, la derrota no es una opción, no debo ser cobarde.

Cuelgo la muñeca del maletín, acaricio a Vigía en la cabeza y empiezo el lento camino hacia mi cama. Hace más frío de lo normal, pero se que es culpa de la muñeca de mierda esa, que me contagia el invierno poco a poco.

O quizá solo lo exterioriza

Comentarios

Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

Compartir