Cuando me desperté estaba besándote, tus labios húmedos sabían a canela, y me trajo recuerdos de cigarros oscuros en un atardecer púrpura, de garúa limeña, mientras me escondía de la seguridad con la cara descubierta, en esta luz limeña que se apaga y me devuelve a contar tus lunares a solas.
Empecé a besar tu cuello, te sentí apretarte contra mí, tu cabeza hacia atrás, tus manos en mi cabello empujando mi cara más profundo, ahogándome en silencio, bajé mis manos hacia tus caderas, pero ahí estaba tu ropa.
Me detuve por un segundo y acaricié tu espalda, tu piel era una sensación intensa y nueva, desde ahora, todas las cosas suaves serán este momento exacto. Recorrí la astrología de tus lunares con mis dedos, despacio, sintiéndote respirar más rápido.
Seguí el mapa de ese camino con mis manos hasta volver a tus caderas, esta vez por debajo de tu ropa, te estremeciste y algo tembló en mí, la fuerza de tus latidos disparados empujaba tus senos contra mí.
— ¿Puedo cargarte? — te pregunté mientras te mordía la oreja, pero no esperé una respuesta, recibí tus piernas alrededor de mi cintura, las sentí estrujarme, exigirme, empecé a empujar tus caderas contra mí, miré la cama, te escuché un gemido ahogado, y con eso cayeron mis defensas.
Entonces de golpe nos detuvimos.
— No quiero que pienses que es a eso a lo que te traje — te dije, soltándote y agarrándome con fuerza a la mesa para no arrancarte la ropa ahí mismo.
Te dije al oído — Te amo, quiero que te quedes conmigo para siempre, ¿sabes? Siempre — nos besamos despacio, corto, te alejé, como temiendo regresar al principio.
— Además está tu familia, no quiero causarte problemas.
Nunca había dicho nada tan cierto mientras me arrepentía tanto.
El depa tiene una luz horrible, que de por si no alcanza para hacerte ver mal (nada lo hace), pero yo soy más viejo en esa luz, más acabado, ridículo.
Te veo alistar los muñecos que me costó recorrer medio Lima para conseguir, me causa una ternura que sobrepasa mi vergüenza: imagíname así canoso preguntando en las ferias de Grau por colecciones completas de Hirono, emocionándome de encontrarlos, de entregarlos tartamudeando como un niño, sabiendo que son demasiado.
Y aún así dártelos porque mi obsesión no soporta la idea de algo incompleto.
No es la primera vez, miro al suelo, niño reincidente, te paras y me preguntas si puedes abrazarme, sonrío mientras digo que sí con la cabeza, nos besamos mientras nos miran los muñecos, ofrendas con las que creo que te invoco, mientras tus besos me dicen que no es para tanto, que te encanta venir a perder el tiempo aquí conmigo.
Recojo tu regalo del sillón, lo observo, es una llamita peluda, desgreñada como tú después de besarnos — Le pondré Ollama, lo sé, es raro ¿Qué puedo hacer? Mi perro se llama Json — te digo mientras guardo la llamita en mi morral y abro la puerta.
En el pasillo se prende una luz y me incomoda, te prefiero a oscuras, solo los dos.
Subimos al ascensor y me desesperan los números, te canto muy despacio al oído, cumpliendo una promesa, con urgencia, sin tiempo de escoger como en whatsapp, siento tu cuerpo abandonando su peso a mis brazos, te volteas y me besas, bombeas sangre a través de mí, te empiezo a besar el cuello y me invade tu olor, hueles a frutas y a canela, como pastelería francesa, el París que deseas, al que me arrastras.
Pero aún no es primavera, solo eres tú y eso me basta.
No puedo evitar llorar por que te vas, te abrazo más fuerte para ocultar mis lágrimas, te las llevas contigo.
El último regalo del día de hoy.
En el lobby hice lo más pesado de esa noche: dejarte ir. Me aferré unos segundos a tu cabello enmarañado y crespo, largo como (ahora sé) siempre había soñado, pero nada detiene la garúa en Lima, ni siquiera tocarte.
Te besé bajo la garúa antes de que subieras al taxi, me agarré de la columna de la entrada para resistir la urgencia de irme contigo (igual, parte de mi se fue) y me despedí, te vi desaparecer al doblar la esquina hacia la vía expresa, me senté derrotado en la berma del jardín, me acariciaba la cabeza un niño que bajo la garúa se quedó quieto tragando saliva con los puños cerrados.
Nos apagamos como cigarros en esa garúa sucia de Lima.
— Si subo, habrás terminado de irte — me dije, garuaba, pero eso nunca me ha parado en la huida, no necesitaba regresar a ese recuerdo, no tengo la fuerza, podía estirar este limbo todo lo que quisiera.
El niño se agachó hasta mi oído y me preguntó — ¿No nos vamos con ella? — Cerré los ojos y la mano desapareció, ahora, solo, es cuando puedo hacer bulla al llorar, esta noche, en toda cama a la que vuelva, te volveré a ver.
Al ritmo del metrónomo fallido en mi pecho, empezaré a sacrificarte cosas, esos cigarros negros, cigarros de canela, perfume de imitación.
Temo que si sigo aquí, invocándote, alguien podría concederme ese deseo, ser miserable, alegrarme, consumirte, amor, es mejor ir yo a buscarte, perderme hasta que mi voz no te alcance.
— No, gracias, no quiero esa basura mentolada — un cigarro no debería saber a sandía — no más grifos.
Ahora, tambaléandome por el resto de Lima, escudriño los rincones por un cigarrillo sabor canela que calme el temblor de mis dedos — no sabía que la abstinencia pudiera ser también una sensación nasal.
Siento algo en mi pecho, como si mis latidos fueran más largos de lo normal, vacíos, me falta la sangre que te robaba. Me tropiezo por tu falta, mis manos tratan de asir las cosas como si fueran tu cintura.
No sé si he despertado al besarte, o si me estoy reinventando, incluso desde tan lejos te orbito como un centro.
A San Isidro le falta el humo de mis historias, desde un tiempo lejano unas manos me arrastran al inicio, a buscarnos.
Un auto negro me cierra el paso, siento un mareo y me fallan las piernas, pero es mi taxi, no el tuyo. Pequeña hipocresía, te seguía esperando.
Me pregunta si soy yo, pero mi nombre ya son solo letras que no entiendo, me has reducido a un diminutivo y mi cuerpo te obedece.
Así que me subo en silencio.
Abro la ventana para sentir la brisa en mi rostro, pero hoy Lima huele a pescado, a sal, no a sirenas, las únicas sirenas presentes las escucho a lo lejos, seguro atrapando a alguien en Butters. Está nublado, es tarde, ahora es tarde, antes hubiera sido el inicio de la noche. Paso por la Vaca Negra, cerrado, un grifo, otro, pero los grifos no tienen lo que quiero, pasamos Butters, una camioneta policial, sus luces me dañan la vista.
Ahí están tus sirenas, me burlo de mí mismo.
Pasando Balta, veo una parte de mí fuera del taxi, abro la puerta para recuperar mi abrigo, un taxista alarmado voltea a verme, no pienso tirarme amigo, un par de cuadras de Piérola, llego al Tizón, antro miserable pegado al Dragón, donde los venenos de 5 soles te cagan sin culpabilidad el hígado, es el lugar adecuado.
Las luces de neón en la barra me distraen al ubicar al bartender, aquí la noche recién está empezando pero el lleno es total, el calor de los cuerpos me hace sentir incómodo, mi abrigo se enreda con sillas, con mesas que tienen astillas salidas, me apoyo en la barra, alguien empuja, me roza, no hay problema, mis cosas están en mis bolsillos interiores.
— ¡Amigo! — intentó llamar la atención gritando, pero no me contesta, está atendiendo unas flacas más arriba — ¡Oe Brother! — insisto, más canchero, me empujan de nuevo, pidiendo chelas, venenos.
El bartender me hace un signo con la mano, se acerca, me mira mientras intento explicarle — Son unos cigarros marrones… huelen a canela — me empujan de nuevo — ¡Carajo! No a ti no bro… se llaman x-tra, son delgados — me mira extrañado por un segundo.
Unas palabras me tiran al centro de todo — Maestro, no vendemos eso aquí, quizá en el boulevard encuentre hierba, aquí los bares no venden esas cosas — ¿Maestro?, se va a atender a otras flacas, y es como si me encontrara fuera del círculo, ya pasaron mis 15 segundos. A empujones me largo del lugar.
— ¡Doctor! ¡Doctor! — Me dice una ambulante en la puerta apenas salgo, ya es la segunda vez que me llaman por una profesión esta noche, le contesto con la voz más suave que puedo sin sonar a Michael Jackson — ¡Señora! Estoy buscando estos cigarros que huelen a canela, son marrones, se llaman x-tra, seguro los conoce — le sorprende mi falsete, me mira una vez más.
— Joven, no se de cuales me está hablando, no conozco — me dice como si fuera un terna — pero quizá mi vecina sabe.
Me señala a otra señora que tiene una carretilla, veo envolturas de cigarros pegadas en la tapa de su carretilla y me acerco esperanzado.
— Casera, estoy buscando unos cigarros con olor a cane… — veo en la tapa la envoltura pegada, se la señalo con el dedo — ¡Estos casera! Dame una cajetilla.
— Señor, yo no vendo esos, eso lo pegó mi Mamá antes de darme esta carretilla.
Respiro fuerte para no atacar a nadie, entonces empezó a garuar de nuevo, un puñetazo hubiera dolido menos.
— ¡Hey Dal, yo tengo lo que estás buscando! — Escucho una voz conocida, me volteo a ver.
— ¿Búho? Pero tú…
— ¡Pero si es el gran Dalvenjha! Sigues usando abrigos, pero te veo acabado amigo.
— ¡Intenta mantenerte joven trabajando, al menos aún tengo pelo! — pareciera que no hubieran pasado los años por él — aún vendes tonterías, incluso después de…
— ¡No lo digas! — suena un claxon, lo jalo de la pista.
— ¡Ja! Anda a trabajar de verdad — le digo con un cariño que no creía ya tener dentro.
— ¡Me alegra haberte encontrado antes de irme! — La música del Tizón escapa un poco, creo que está pasando "Cuidado" de Psicosis.
— Irte a…
— Me voy de viaje amigo, fuera de Lima, ya sabes dónde… ¡vamos a buscar la merca, la tengo escondida a la vuelta!
— Claro, pero no estoy buscando…
— Se lo que estás buscando, estás apestando a chocolatada, vamos…
Nos metemos por un callejón estrecho lleno de negocios con luces de neón, el suelo está húmedo, pero nada que me haga temer por mi abrigo, algunas personas me miran con sospecha, pero desvían la mirada.
Lo veo detenerse y meter la mano en la pared, estirarse para buscar algo, encontrarlo. Me lo trae con una sonrisa que no veía hace décadas.
— ¡Toma! Justo lo que necesitas — estoy por agacharme y me dice — ¡Hey! Se caleta amigo… — me meto la manos a los bolsillos para buscar plata, me detiene el gesto de sacar una.
— ¡A los amigos no se les cobra! Sólo acuérdate que te hice un favor… — me volteo para no levantar más sospechas, empiezo a caminar.
— ¡Vamos! — Le digo y salimos del callejón.
Ya fuera de ahí, siento un golpe de nostalgia, saco las manos de los bolsillos, en una tengo una envoltura vacía de galletas Charada sabor maní, en la otra el billete que iba a ofrecerle, jajaja, ese huevón siempre mintiéndome.
Paro un taxi — ¿A Berlín con Diagonal? — me subo, miro por la ventana a la calle con las ambulantes sin clientes.
— Buen viaje, amigo.
El viento y la garúa me golpean un momento como un ataque de realidad, pero eso es lo que me gusta, el cielo no tiene ninguna estrella, no tengo manera de buscarte aunque quisiera.
— ¿Entonces estamos yendo a buscarla?
— No podemos, hay personas… no es tan fácil, podrían hacerle más daño, yo no quiero… ella no es tan fuerte… se alejará…
— Pero es lo que quieren los dos.
— Si me apuro… podría…
— ¿Podrías qué?
— Podría…
— No
Vuelvo a mirar a la calle, el aire me golpea la cara, miro al cielo, aún no hay estrellas.
El taxi se detiene en la puerta del Molly's, me bajo y me quito los lentes para sentir la garúa en mis ojos, le extiendo un billete al taxista que me mira con los ojos entrecerrados, después de unos segundos me extiende unas monedas y levanta la cabeza, es una figura borrosa, me pongo los lentes de nuevo.
Se va, me quedo solo, iluminado por las luces naranjas de Lima.
— ¡Mister! ¿Se perdió? Esto es Berlín, no Dasso — me saca de la luz naranja el de seguridad, pez en otras aguas, ya ni me dejan nadar.
— ¿Qué hablas brother? He venido a celebrar mi ascendencia irlandesa, ahora, permiso — me seco el cabello mientras entro al Molly's.
Veo que hay mesas libres, es un poco oscuro, pero no lo suficiente, a pesar de la hora hay espacio en la barra, pero un grupo toca en vivo covers de rock en español, me gusta, pero preferiría quizá Interpol o The Strokes, ellos están escuchando Soda contentos, yo soy Matusalem.
— Me das un negroni, por favor — sentándome en la barra — ¡Un negroni amigo! — repito más fuerte, el bartender me mira, se me acerca.
— ¿Un negroni, mister? — me pregunta.
— No, un cosmopolitan…
— Pero creí escuchar negroni, ¡no se escucha bien aquí!
— Si, un negroni bro — no le parece graciosa mi broma, me sirve un negroni que tampoco me parece gracioso, pero el que pidió un negroni en un bar irlandés ¿no fui yo?
La gente canta "Nada personal" a toda voz, un cover… en mi caso tengo preguntas por hacer así que empiezo.
— Bro, ¿Sabes? Estoy buscando algo esta noche, quizá puedas darme una pista — le digo casi gritando.
— ¡Claro, mister! ¿Qué se le ofrece?
— ¿No venderás de casualidad unos cigarros negros que huelen a canela?
— No, no sé nada de eso, ni siquiera vendemos cigarros aquí.
— Entiendo, toma bro — le extiendo uno de los billetes de mi saco.
— Señor, ¿Qué es esto? — me reclama mostrándome la envoltura de Charada de maní.
— Perdón, dame eso, es importante — le extiendo un billete real esta vez, me guardo el empaque, me volteo para irme.
Salgo, la garúa me refresca, saco a Ollama de mi morral, le acaricio las greñas, por un momento es demasiado.
Hay algunas ambulantes afuera del Houlihan's esperando transeúntes, me dirijo despacio hacia ellas, pero a mitad de distancia me detengo.
— ¿Qué estoy buscando aquí?
Entonces lo recuerdo, imagino que las cosas han cambiado, pero no es algo tan extraño de pensar. Paso de largo las vendedoras y unas casas más allá volteo a la izquierda, escucho perreo dentro, siento que alguna respuesta me está esperando ahí, me dirijo directo al segundo piso.
En la escalera un signo de que tengo suerte, un cuadro de Marianela, subo y me acerco para ver la firma, está sonando "Sex on fire" y el cuadro está firmado por Nela, lo recuerdo.
Un bar de diseñadores — ¿Hace cuánto que no agarro photoshop? — me digo a mí mismo y una voz familiar me contesta.
— Pero nada de esto es digital, y lo sabes — Nela con su voz nasal y fría. Supongo que sigue sin guardarme cariño.
Pero no recuerdo la razón exacta.
— ¡Hola Nela, que casualidad! — me levanta la cabeza a modo de saludo y sigue por el pasillo. Termino de subir las escaleras y siento en mis hombros unos brazos que se me cuelgan.
— ¡Hola, Lord chiquito! — la voz entre chillona y arrastrando un poco la r.
— ¡Sara! — me vuelvo a verla y la reconozco, estamos abrazados, recuerdo la razón exacta. De pronto me congelo, su cabello, es el mismo.
Por un segundo este abrazo es peligroso de nuevo. Debo escapar a este abrazo.
— ¡Hola! Diría que no has cambiado nada, pero tu peinado es nuevo — la agarro de las mejillas para que me suelte y logro escapar.
— Pero, ¡así te gustan ahora! y de menos de 25, ¿Ves que me he bajado la edad también? — me sonríe y me devuelve el gesto, agarrando mis dos mejillas — siempre he estado dos pasos por delante tuyo. Pero siento que no es de nuestra exposición que has venido a hablar.
— Bueno, Nela no está muy contenta — le digo con cara de niño bueno, pero ella sabe que es mentira, y que sé la razón.
— Y ¿Por qué iba a estarlo? Sabes lo que hiciste, pero de todos modos, gracias por recordarnos.
— Sarita, ¿Cómo iba a olvidarte?
— ¿Cómo? Como ahora en la tarde, como hoy antes de encontrarnos — sé que la casualidad te asusta, pero así son estas cosas, vamos a pedir algo y a sentarnos, me debes eso.
Caminamos por el pasillo por el que se fue Nela, la gente llenaba el lugar, sonaba "Last night" mi abrigo se enganchaba con las personas y tenía que repetir "perdón" a cada momento, pero como antes, me agachaba un poco al decirlo, siempre me sentí algo japonés con Sarita.
Llegamos a la barra, la chica de la barra me señala la pizarra, pero ya me sé de memoria qué pedir — ¿Malas decisiones? — pregunto con una sonrisa.
— Son las mejores — me contesta con otra sonrisa que ya me recordaba demasiado algo.
— Dos malas decisiones, toma — le entrego un billete, me alejo para que me entreguen las bebidas. Buscamos una mesa.
Todo está abarrotado, pero unos chicos parecen reconocerla y nos ceden dos asientos.
— ¿Ves que es bueno exponer? Aunque sea para que me den asiento. ¿Viste el cartel con mi rostro afuera? — le brillan los ojos.
— No, Sarita, no lo vi, es extraño — vi en su cara por un segundo un gesto de dolor.
— Veo, vienes de otro momento ¿Tienes alguna pregunta? Hace mucho que no nos vemos.
— Sarita, ¿Recuerdas esos cigarros negros con olor a canela que solía fumar? — le pregunto mirándola a los ojos — ¿sabes dónde los venden?
— Has venido buscando el pasado, pero solo como un símbolo — nuevamente vi algo de dolor en su rostro — si recuerdo cómo olían, como olías entonces. Pero nunca me llevaste a comprarlos, siempre tenías listo todo, quizá si hubieras decidido llevarme, tendrías una pista.
Me miró con una sonrisa triste. No era un reproche, no podía serlo, pero era un muro entre nosotros, quizá sí debí enseñarle a buscar las cosas.
Es posible que esté cometiendo el mismo error.
Saco a Ollama y le arreglo el cabello, incluso si está guardado se despeina. Se lo enseño con cariño.
— ¿Le regalarías esto a un novio?
— Si no lo quiero mucho — piensa que me estoy quejando — osea, no es muy original, ¿No?
— ¿Y si soy una persona muy simple?
— No eres una persona simple.
— Simple enough…
— Veo que por fin te han regalado el llavero que siempre andabas pidiendo, pero este es muy grande, más que un llavero, parece una maldición, porque ahora estás obligado a llevarlo, pero colgado no va a ir, ¿siempre lo vas a llevar escondido?
— Ahora siempre llevo un espejo para recordar quién soy Sarita ¿recuerdas esa frase?
— ¡Claro! Pero ya no escribes — me dice, recordándome lo que abandoné, mi deuda conmigo mismo.
— Bueno, ahora llevaré esto siempre para recordar quienes somos — le digo con sinceridad — estoy volviendo a escribir.
— Ese somos, no me incluye ¿Cierto?, pero igual me recordaste y viniste a donde no te llamé ¿Qué más puedo pedir?
— Cualquier cosa que me quieras pedir…
— Ya es un poco tarde, pero no seas ingrato, ¿Ok? Llámame estos días, fácil no estaré esperando tu llamada, pero piensa que si.
— Está bien, debo irme, no veo a Nela, dile que deje de estar enojada conmigo.
— Llámala y dile tú mismo, si le hablas mal de mí quizá te disculpe.
— Eso no puedo hacerlo Sarita, ya lo sabes.
— Jajajaja, si tu chibola te pide hacerlo, lo harás antes de terminar de respirar. Los dos lo sabemos.
No contesto, sé que es verdad, le beso la mejilla.
— Tengo que irme, aún debo buscar. Gracias por recibirme.
Regreso por el pasillo y sigo por la escalera, mientras salgo vuelvo a escuchar reguetón. No quiero voltear, sigo hasta la pista.
Detengo un taxi — Quilca con Wilson — me rechaza, paro otro — No voy allá — me dice, como si le fuera a robar su huevada, un tercero se detiene, me pide más de lo razonable.
Me subo en silencio.
Existo en este espacio cerrado para recordarte, más que un viaje es la suma de fracasos anteriores de tratar de encontrarte en lo que no eres tú, evitando el lugar donde siempre supe que podrías estar, en mi pasado.
Pero no eres la misma, es la misma idea, ¡demonios!, no eres original, por que yo ya llamaba Canelita a alguien más, pero eso no es tu culpa, es mi ausencia de imaginación, es el hecho de que quiero reemplazar contigo una historia de choques, fabricar una memoria a mi medida, como quien pone a propósito "Fake Plastic Trees" cuando sabe que va a besarte y llegar al final, para olvidar que con esa canción abandonaste a alguien mientras te pedía piedad.
Saqué a Ollama y le acomodé la greña, siempre se está despeinando. Lo saco por la ventana conmigo, el aire nos golpea con la garúa que arrastra, pero esta vez, por fin, no estoy solo, alguien me quiere, Ollama existe, mira las luces de neón conmigo, el Real Plaza, el par de vendedoras de emoliente aún afuera.
Todavía es temprano. Pero ya estamos llegando.
Pensándolo bien, esto es mentira, así que no te enojes ¿ok?
— ¿Está seguro de que baja aquí? — me pregunta preocupado el taxista — ¡Tú qué sabrás! — Abro la puerta y regreso a mi decadencia primaria.
Cierro los ojos y vuelvo a los tuyos sin lentes, tan cerca como en el cuarto, esta cercanía abrupta me hace tambalear, el mareo convierte las luces en manchas, los sonidos se confunden en un grito que nunca se me fue del todo, en medio de este asfalto, encuentro la textura de un pasado que voy reescribiendo contigo dentro.
Camino bajo las estrellas naranjas, las reparto siguiendo tus lunares, me arden los labios, quieren borrar los besos del pasado, aún no saben que son lo mismo.
Nunca hubo otra Canelita, siempre fuiste tú.
Paso por Quilca, el Averno cerrado para siempre, gente cerca al Salón Imperial, todo el camino huele a orines, una banda tocando al aire libre, no sé qué malas decisiones los llevaron a hacer eso, carretillas de trago.
Emerjo de Quilca a la luz de Plaza San Martín, se a donde voy, cruzo, por la derecha, no me detengo a ver los letreros, se donde está todo, la entrada al Vichama es más larga de lo que recuerdo.
Dentro hay una banda tocando, en un estrado en el cual bailé cuando aún era diseñador, un tipo cantando "De música ligera" hasta el pincho. Me siento en la barra, en la pared de enfrente, escenas de "Ichi The Killer" se suceden en silencio, le tomo una foto a la pared, me extraña que no haya un poster de "Chainsaw Man", harían juego, pero claro, aún no…
— ¡Me da un Chilcano Azul amigo! — me mira y me extiende un vaso de plástico grueso ya preparado, mi hígado se retuerce, pero no hay vuelta atrás, sabe a pisco Vargas, igual está helado.
Cinco soles bien gastados — Amigo, vengo de un poco lejos — empiezo — estoy buscando algo que quizá vendes aquí.
— ¡Claro brother, dime!
La banda es bulliciosa, así que tengo que casi gritar para que me escuche. Para escucharme yo mismo.
— Estoy buscando estos cigarros con sabor a canela, se llaman x-tra caja marrón.
Se rasca la cabeza, como recordando.
— Puta brother, creo que me suenan…
— Son delgados, negros, si los dejas de chupar se apagan solos ¡seguro los conoces! — le agrego.
Escucho lo que pretende ser la voz de Rafo Raez con la banda, pero es el anti-karaoke, el bartender está buscando en una caja, toda mi atención en sus manos, pero alcanzo a distinguir parte de la letra Chica canela, chica canela, delgada se me para la oreja: esa canción es buena, graciosa.
Y yo soy un payaso atrapado aquí.
— ¡No tengo brother! — me dice el bartender, me despierto, estaba a gusto visitando.
— ¡No hay problema amigo! — le contesto levantándome, el pasillo para salir es más largo de lo que recuerdo, afuera sigue garuando.
Saco mi celular y voy a la galería, tengo que irme hasta el final para encontrar la foto que acabo de tomar.
Sonrío, no me atrevo a voltearme.
— Adiós a ti también.
Regreso a Plaza San Martín, saco a Ollama del morral, el viento le mueve el cabello, se desgreña justo como el tuyo, la escondo por miedo a que lo roben, y comienzo por preguntar a una vendedora ambulante:
— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?
— No sé de qué me habla, joven.
No le digo nada más y paso a la siguiente:
— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?
Nadie tiene. Garúa y me voy alejando con mi pregunta, a nadie parece importarle que un loco ande acosando vendedoras por unos cigarrillos que ya no existen.