Cuando me desperté estaba besándote, tus labios húmedos sabían a canela, y me trajo recuerdos de cigarros oscuros en un atardecer púrpura, de garúa limeña, mientras me escondía de la seguridad con la cara descubierta, en esta luz limeña que se apaga y me devuelve a contar tus lunares a solas.
Empecé a besar tu cuello, te sentí apretarte contra mí, tu cabeza hacia atrás, tus manos en mi cabello empujando mi cara más profundo, ahogándome en silencio, bajé mis manos hacia tus caderas, pero ahí estaba tu ropa.
Me detuve por un segundo y acaricié tu espalda, tu piel era una sensación intensa y nueva, desde ahora, todas las cosas suaves serán este momento exacto. Recorrí la astrología de tus lunares con mis dedos, despacio, sintiéndote respirar más rápido.
Con un poco de miedo volví a bajar mis manos a tus caderas, esta vez por debajo de tu ropa, te estremeciste y algo tembló en mí, la fuerza de tus latidos disparados empujaba tus senos contra mí.
— ¿Puedo cargarte? — te pregunté mientras te mordía la oreja, pero no esperé una respuesta, recibí tus piernas alrededor de mi cintura, las sentí estrujarme, exigirme, empecé a empujar tus caderas contra mí, la cama era invitación, te escuché un gemido ahogado, y con eso murieron las excusas.
Entonces, de golpe, la conciencia me alcanzó y nos detuvimos.
— No quiero que pienses que es a eso a lo que te traje — te dije, soltándote y agarrándome con fuerza a la mesa para no arrancarte la ropa ahí mismo.
— Además está tu familia, no quiero causarte problemas. (Pero sí quiero que te quedes conmigo para siempre, ¿sabes? Siempre).
Nunca había dicho nada tan cierto mientras me arrepentía tanto.
El depa tiene una luz horrible, que de por si no alcanza para hacerte ver mal (nada lo hace), pero yo soy más viejo en esa luz, más acabado, ridículo.
Te veo alistar los muñecos que me costó recorrer medio Lima para conseguir, me causa una ternura que sobrepasa mi vergüenza: imagíname así canoso preguntando en las ferias de Grau por colecciones completas de Hirono, emocionándome de encontrarlos, de entregarlos tartamudeando como un niño, sabiendo que son demasiado, viendo en tu cara que lo son.
Y aún así dártelos porque mi obsesión no soporta la idea de algo incompleto.
No es la primera vez, miro al suelo, niño reincidente, te paras y me preguntas si puedes abrazarme, sonrío mientras digo que sí con la cabeza, nos besamos mientras nos miran los muñecos, ofrendas con las que creo que te invoco, mientras tus besos me dicen que no es para tanto, que te encanta venir a perder el tiempo aquí conmigo.
Recojo tu regalo del sillón, lo observo, es una llamita peluda, desgreñada como tú después de besarnos — Le pondré Ollama, lo sé, es raro ¿Qué puedo hacer? Mi perro se llama Json — te digo mientras guardo la llamita en mi morral y abro la puerta.
En el pasillo se prende una luz y me incomoda, te prefiero a oscuras, solo los dos.
Subimos al ascensor y me desesperan los números, te canto muy despacio al oído, cumpliendo una promesa, con urgencia, sin tiempo de escoger como en whatsapp, siento tu cuerpo abandonando su peso a mis brazos, te volteas y me besas, bombeas sangre a través de mí, te empiezo a besar el cuello y me invade tu olor, es como besar la primavera, hueles a frutas y a canela, como Greve, como Florencia un día de verano.
Adorno tu cabello con las lágrimas que se me escapan, te escurres entre mis dedos.
En el lobby hice lo más pesado de esa noche: dejarte ir. Me aferré unos segundos a tu cabello enmarañado y crespo, largo como (ahora sé) siempre había soñado, pero nada detiene la garúa en Lima, ni siquiera tocarte.
Te besé bajo la garúa antes de que subieras al taxi, me agarré de la columna de la entrada para resistir la urgencia de irme contigo (igual, parte de mi se fue) y me despedí, te vi desaparecer al doblar la esquina hacia la vía expresa, mientras le acariciaba la cabeza al niño tartamudo que bajo la garúa se quedó quieto tragando saliva con los puños cerrados.
Nos apagamos como cigarros en esa garúa sucia de Lima.
— Si subo, habrás terminado de irte — me dije, garuaba, pero eso nunca me ha parado en la huida, no necesitaba regresar a la escena del crimen, no tengo coartada, podía estirar este limbo todo lo que quisiera.
Cerré los ojos y solté al niño, ahora es cuando los hombres lloran — pero para eso hace falta un hombre — me dije con los ojos secos, esta noche, en toda cama a la que vuelva, te volveré a ver.
Al ritmo del metrónomo fallido en mi pecho, empezaré a sacrificarte cosas, esos cigarros negros, cigarros de canela, perfume de imitación.
Temo que si sigo aquí, invocándote, alguien podría concederme ese deseo, ser tan miserable de alegrarme, consumirte, amor, es mejor ir yo a buscarte, perderme hasta que mi voz no te alcance.
— No, gracias, no quiero esa basura mentolada — un cigarro no debería saber a sandía — no más grifos.
En peregrinación por el resto de Lima, escudriño los rincones por un cigarrillo sabor canela que calme el temblor de mis dedos — no sabía que la abstinencia pudiera ser también una sensación nasal.
Vampiro hambriento, me falta la sangre que te robaba. Me tropiezo por tu falta, mis manos tratan de asir las cosas como si fueran tu cintura.
No sé si he despertado al besarte, o si me estoy reinventando, incluso desde tan lejos orbito tu centro.
A San Isidro le falta el humo de mis historias, desde un tiempo lejano unas manos me arrastran al inicio, al Centro.
Un auto negro me cierra el paso, siento un mareo y me fallan las piernas, pero es mi taxi, no el tuyo. Pequeña hipocresía, te seguía esperando.
Me pregunta si soy yo, pero mi nombre ya son solo letras que no entiendo, me has reducido a un diminutivo y mi cuerpo te obedece, arcilla húmeda en manos ajenas.
Así que me subo en silencio.
— ¿Está seguro de que baja aquí? — me pregunta preocupado el taxista — ¡Tú qué sabrás! — Abro la puerta y regreso a mi decadencia primaria.
Claro, tenía que volver a Quilca.
Cierro los ojos y vuelvo a los tuyos sin lentes, tan cerca como en el cuarto, esta cercanía abrupta me hace tambalear, el mareo convierte las luces en manchas, los sonidos se confunden en un grito que nunca se me fue del todo, en medio de este asfalto, encuentro la textura de un pasado que voy reescribiendo contigo dentro.
Camino bajo las estrellas naranjas, las reparto siguiendo tus lunares, me arden los labios, quieren borrar los besos del pasado, aún no saben que son lo mismo.
Haber tenido que elegir diariamente entre nosotros, y decidirme por ti todos los días de mi vida.
Llego a Plaza San Martín, saco mi llamita del morral, el viento le mueve el cabello, se desgreña justo como el tuyo, la escondo por miedo a que la roben, y comienzo por preguntar a una vendedora ambulante:
— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?
— No sé de qué me habla, joven.
No le digo nada más y paso a la siguiente:
— ¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?
Nadie tiene. Garúa y me voy alejando con mi pregunta, a nadie parece importarle que un loco ande acosando vendedoras por unos cigarrillos que ya no existen.