2026FICCIÓN

Canela - Revisited

Escrito por Luis

Cuando me desperté estaba besándote, tus labios húmedos sabían a canela, me trajo recuerdos de cigarros oscuros en un concierto, rodeado de gente que desaparecía, de garúa, jugábamos a encontrarnos, escondidos de la seguridad con la cara descubierta, en esta luz limeña que se apaga, se come las sombras, me devuelve a contar tus lunares a solas.

Empecé a besar tu cuello, te sentí apretarte contra mí, echaste la cabeza atrás para ofrecerme más de ti, tus manos jugando conmigo, acariciando mi cabello, subiendo a empujar mi cara más profundo, ahogándome en silencio, bajé mis manos hacia tus caderas, pero ahí estaba tu ropa.

Me detuve por un segundo, subí mis manos acariciando tu espalda, descubrí tu piel, mis manos convertidas en labios, desde ahora, todas las cosas suaves serán este momento exacto. Recorrí la astrología de tus lunares, sintiendo tu respiración agitarse.

Seguí el mapa de ese camino con mis nuevos labios hasta volver a tus caderas, esta vez por debajo de tu ropa, te estremeciste y yo me estremecí contigo, la fuerza de tus latidos disparados empujaba tus senos contra mí.

—¿Puedo cargarte? —te pregunté mientras te mordía la oreja, no me diste tiempo a esperar una respuesta, recibí tus piernas alrededor de mi cintura, las sentí estrujarme, exigirme, empecé a empujar tus caderas contra mí, miré la cama, te escuché un gemido ahogado, empecé a caminar en esa dirección.

Entonces de golpe nos detuvimos.

—No quiero que pienses que es a eso a lo que te traje —te dije, soltándote y apretando mis manos contra una mesa para no ceder a la tentación de desnudarte, tus ojos me dicen que no era solo a mí a quien detenía —¿Por qué nos castigo así?

Me acerqué a mirarte a los ojos, juntamos las caras, tus pupilas tan cerca de las mías que podían ser mis propios ojos, te dije al oído: —No te imaginas cuánto te amo, cuánto he esperado para amar así, y yo soy solo para ti, para nadie más —Nos besamos despacio, corto, te alejé, como temiendo regresar al principio.

—Además está tu familia, no quiero causarte problemas (Pero sí quiero que te quedes conmigo para siempre, ¿sabes? Siempre).

Nunca había dicho nada tan cierto mientras me arrepentía tanto.

Mi depa tiene una iluminación horrible, que de por sí no alcanza a hacerte ver mal (nada puede hacerlo), pero yo soy más viejo en esa luz, más acabado, ridículo —de verdad debo gustarte — siempre olvido cambiar esos focos.

Te veo alistar los muñecos que me costó recorrer media Lima para conseguir, la manera en que evitas pedirme cualquier cosa me causa una ternura que sobrepasa mi vergüenza: imagina a un tipo así canoso preguntando en las ferias de Grau por colecciones completas de Hirono, emocionándome de encontrarlos, de entregarlos tartamudeando como un niño, sabiendo que son demasiado.

Y aun así dártelos porque mi obsesión no soporta la idea de algo incompleto.

No es la primera vez, miro al suelo, niño reincidente, sé en tu mirada que me perdonas el exceso, te paras y me preguntas una vez más si puedes abrazarme, sonrío mientras digo que sí con la cabeza, temo acostumbrarme al exceso solo para recibir esas miradas. Nos besamos mientras nos miran los muñecos, ofrendas con las que creo que te invoco, mientras tus besos me dicen que no es para tanto, que te encanta venir a perder el tiempo aquí conmigo.

Recojo tu regalo del sillón, lo observo, es una llamita peluda, desgreñada, se parece a ti después de besarnos, por un momento te imagino despeinada, despertando a mi lado. —Le pondré Ollama, lo sé, es raro, ¿qué puedo hacer? Mi perro se llama Json —te digo mientras guardo a Ollama en mi morral y me muevo a abrir la puerta.

En el pasillo se prende una luz que me incomoda, te preferiría ahora mismo a oscuras, solos los dos, la tentación de reabrir la puerta.

Entramos al ascensor, te acaricio y veo con desesperación los números cambiar, te canto muy despacio al oído, cumplo una promesa, con urgencia, sin tiempo de escoger como en WhatsApp, sin poder reintentar, siento tu cuerpo abandonando su peso a mis brazos, te volteas y me sorprendes con un beso, bombeas sangre a través de mí, regreso a visitar tu cuello y me invade tu olor, eres canela, frutas, pastelería francesa, el París que deseas, al que me arrastras.

Pero aún no es primavera, eres tú y eso me basta.

No puedo evitar las lágrimas, te abrazo más fuerte para ocultarlas, se van contigo, te susurro "no te muevas" al oído, me abrazas más fuerte. El último regalo que me das hoy.

Cruzamos en silencio el lobby mientras me preparo para dejarte ir, obligo a mi cuerpo a avanzar, me aferro unos segundos más a tu cintura, me enredo en tu cabello enmarañado y crespo, tan largo como (ahora estoy seguro) siempre había soñado, me acaricias antes de soltarnos, pero nada detiene la garúa en Lima, ni siquiera tocarte.

Llega tu taxi y antes de soltar tu mano te atraigo para besarte bajo la garúa (un beso que siempre imaginé), te abrazo una vez más, te subes al taxi, mis palabras me tapan la boca y me sostengo de una columna de la entrada para resistir la urgencia de irme contigo (igual, parte de mí se fue) y me despedí con la mano, te vi desaparecer al doblar la esquina hacia la vía expresa, recién entonces pude decir —por favor, no te vayas —me senté derrotado en la berma del jardín, me acariciaba la cabeza un niño que empapado por la garúa se quedó quieto, tragando saliva con los puños cerrados.

Nos apagamos como cigarros en esa garúa sucia de Lima.

—Si subo, habrás terminado de irte —me dije, garuaba, pero eso nunca me ha detenido en la huida, no necesitaba regresar a ese recuerdo, subir a buscar como un perro tu aroma en todo el cuarto, recorrer en procesión la escena sin crimen.

El niño se agachó hasta mi oído y me preguntó: —¿No nos vamos con ella? —Cerré los ojos y la mano desapareció, ahora, solo, puedo dejar de llorar en silencio, puedo llamarte, porque ya no estás, esta noche, en toda cama a la que vuelva, te volveré a ver.

Con la pausa de un reloj detenido, mis latidos solo pueden marcar el ritmo de las cosas que empezaré a sacrificarte, esos cigarros negros, su olor a canela, perfume de imitación que me acompaña en tu ausencia.

Temo tener la esperanza de que esta invocación realmente te materialice, que me escuches y vuelvas, hacerte parte de mis deseos miserables y egoístas, consumirte, convertirte, amor, es mejor ir yo también a buscarte, empezar por donde sé que no estás y llegar a donde sé que mis plegarias ya no te alcanzarán, perderme dejando atrás las preguntas que me atormentan.

—¿Estarás esperando tú que yo te persiga? ¿Merezco ser feliz acaso?

Continúa garuando, los postes con su luz naranja son los únicos astros —es supuestamente en noches como estas que los astros tiritan azules a lo lejos ¿no?, fuck Neruda —esta noche es cualquier cuarto menguante y las calles están vacías, algunos carros pasan por la pista negándose a chocar con los postes y la vereda tiene tres cuadras de inmensidad hasta el grifo más cercano. Yo ya he decidido encontrar tu ausencia así que me alejo del edificio.

—No, gracias, no quiero nada mentolado. —Un cigarro no debería saber a sandía, comienzo por borrar los grifos del mapa.

Ahora, deberé tambalearme por el resto de Lima, escudriñando los rincones por un cigarrillo sabor canela que calme el temblor de mis dedos —no sabía que la abstinencia pudiera ser también una sensación nasal—.

En mi pecho un pequeño temblor, siento que mis latidos exceden mi pecho, que buscan algo ausente, me falta la sangre que te robaba. Tropiezo en cualquier superficie, las manos tratando de besar cualquier cosa como si fuera la piel de tu espalda. Pero nada lo es, me sostengo de las paredes como un borracho, su tacto frío me mantiene despierto.

Sé que me estoy pudriendo aquí, me detengo a respirar y es como si hubiera perdido la capacidad de percibir el aroma de otra cosa que no seas tú. Ahora mismo no sé si he despertado al besarte, o si me estoy reinventando, incluso desde tan lejos te orbito para saber hasta dónde puedes llegar.

San Isidro y yo no tenemos pasado, pido un taxi, desde un concierto lejano unas sombras me llaman al retorno, a jugar que nos buscamos.

Un auto negro me cierra el paso, siento un mareo y me fallan las piernas, pero es mi taxi, no el tuyo. —¿Acaso tengo derecho? —pequeña hipocresía, te seguía esperando, pequeña estupidez, ¿cómo ibas a saber dónde estoy?

Me pregunta si soy yo, pero mi nombre ya son solo letras que se me pierden, me has reducido a un diminutivo y mi cuerpo te obedece. Así que me subo en silencio.

Abro la ventana para sentir la brisa en mi rostro, pero hoy Lima huele a pescado, a sal, no a sirenas, las únicas sirenas presentes las escucho a lo lejos, seguro atrapando a alguien en Butters. Está nublado, es tarde, para el Dextre de ahora es tarde, hace un tiempo —un tiempo no tan cercano —hubiera sido el inicio de la noche. Paso por la Vaca Negra, cerrada, un grifo, otro, pero los grifos no tienen lo que quiero, pasamos Butters, una camioneta policial, sus luces me dañan la vista.

Ahí están tus sirenas, me burlo de mí mismo.

Pasando Balta, veo una parte de mí fuera, ondeando al viento, abro la puerta para recuperar ese pedazo suelto de mí, el taxista alarmado voltea a verme, —no pienso tirarme, amigo —un par de cuadras de Piérola, llego al Tizón, antro miserable pegado al Dragón, donde los venenos de cinco soles te cagan el hígado, es el lugar adecuado para empezar.

Las luces de neón en la barra me distraen de ubicar al bartender, aquí la noche recién está empezando pero el lleno es total, el calor de los cuerpos me hace sentir incómodo, mi abrigo se enreda con sillas, con mesas que tienen astillas salidas, me apoyo en la barra, alguien empuja, me roza, no hay problema, mis cosas están en mis bolsillos interiores.

—¡Amigo! —Intento llamar la atención gritando, pero no me contesta, está atendiendo unas flacas más arriba—. ¡Oe, brother! —insisto, más canchero, me empujan de nuevo, pidiendo chelas, venenos.

El bartender me hace un signo con la mano, se acerca, me mira mientras intento explicarle: —Son unos cigarros marrones… huelen a canela. —Me empujan de nuevo—. ¡Carajo! No, a ti no, bro… se llaman x-tra, son delgados. —Me detiene con la mano y mira a otro lado por un segundo, regresa a mí, entrecierra los ojos.

Unas palabras me iluminan como una linterna: —Maestro, no vendemos eso aquí, quizá en el boulevard encuentre hierba, aquí los bares no venden esas cosas. —¿Maestro? Por unos segundos la gente que me rodea me mira, se va a atender a otras flacas, y es como si me encontrara fuera del círculo, ya pasaron mis quince segundos, todos están en otra ahora. A empujones me largo del lugar, salgo y hace frío, incluso con el abrigo puesto.

—¡Doctor! ¡Doctor! —me intenta atrapar una ambulante en la puerta, ya es la segunda vez que me llaman por una profesión esta noche, pensaba que pintarme el pelo me bajaría la edad, pero no me salva de volverme House aparentemente—. ¡Señora! Estoy buscando estos cigarros que huelen a canela, son marrones, se llaman x-tra, seguro los conoce. —Le sorprende mi voz de locutor —único halago que me creo —, me mira una vez más.

—Joven, no sé de cuáles me está hablando, no conozco —me dice como si fuera un terna—, pero quizá mi vecina sabe.

Me señala a otra señora, algo más joven, que tiene una carretilla, veo envolturas de cigarros pegadas en la tapa de su carretilla y me acerco esperanzado.

—Casera, estoy buscando unos cigarros con olor a cane… —Veo en la tapa la envoltura pegada, se la señalo con el dedo—. ¡Estos, casera! Dame una cajetilla.

—Señor, yo no vendo esos, eso lo pegó mi mamá antes de darme la carretilla.

Respiro fuerte, cierro los ojos y me muerdo los labios, —no tengo por qué escoger la violencia —me digo, entonces empieza a garuar de nuevo, un puñetazo hubiera dolido menos.

—¡Hey, Dal, yo tengo lo que estás buscando! —Una voz conocida pero perdida hace mucho me sorprende, me volteo a ver.

—¿Búho? Pero tú...

—¡Pero si es el ilustre Dalvenjha! —Es un golpe directo, no oía eso en décadas —sigues usando abrigos, como si fueras un escritor publicado, pero te veo acabado, amigo.

—¡Intenta mantenerte joven trabajando, al menos aún tengo pelo! —No han pasado los años por él—. Aún vendes tonterías, incluso después de...

—¡No lo digas! —Suena un claxon, me jala de la pista, siento sus dedos delgados y fríos incluso a través de mi abrigo.

—¡Ja! Anda a trabajar de verdad —le digo con un cariño que creía ya no poder expresar por nadie más que por ti.

—¿Vamos a Santa Isabel de Risso, Dal? Podemos pasar por un vino sureñito primero si quieres, hace mucho que no tomo en la medialuna del parque Castilla —es extraño, ahora recuerdo por qué juego Pokémon Go ahí.

—¡Plaza Vea dirás! —le recuerdo que las cosas han cambiado —¿has visitado a alguno de los chicos aparte de mí?

—A algunos, pero no parecen haberme estado esperando, se sorprenden, pareciera que pensaran que me he vuelto psicólogo, algunos lloran recordando. Todos están bien, creo que son felices, al menos hasta ahora. ¿Qué te tiene triste, amigo? ¡No me digas que es por una mujer de nuevo!

—Si te digo amigo, estoy buscando algo que parece ya nadie tiene.

—Ya no aprendes más amigo Dal, toda la vida debo estarte explicando que las mujeres van y vienen, que solo quedan los amigos —yo pienso que ya estamos viejos para estar repitiendo estas cosas.

—Ya sabes cómo soy, pero ahora me siento mejor. Hacías falta.

—¡Me alegra haberte encontrado antes de irme! —La música del Tizón escapa un poco, creo que está pasando Cuidado, de Psicosis.

—Irte a…

—Me voy de viaje, amigo, fuera de Lima, ya sabes dónde… ¡vamos a buscar la merca, la tengo escondida a la vuelta!

Claro, de viaje, y el poeta soy yo.

—Claro, pero no estoy buscando…

—Sé lo que estás buscando, estás en pleno dengue, aunque sea lávate la cara o échate colirio man, vamos…

Nos metemos por un callejón estrecho lleno de negocios con luces de neón, el suelo está húmedo, pero nada que me haga temer por mi abrigo, algunas personas me miran con sospecha, pero desvían la mirada.

—Y ¿ya publicaste? Recuerdo que estabas obsesionado con ser Borges.

—No amigo, ahora soy arquitecto de software, ¡pero he regresado a escribir!

—Por ella ¿no es así? —soy transparente según parece.

—Es maravillosa amigo, pero esta vez sí publicaré, ya no puedo fallar más.

—¿Me incluyes en tu libro, amigo? Hazme inmortal en él, a todos nosotros, ya llegamos, espérame un segundo.

Lo veo detenerse y meter la mano en la pared, estirarse para buscar algo, encontrarlo. Me lo trae con una sonrisa que no veía hace décadas.

—¡Toma! Justo lo que necesitas. —Estoy por agacharme y me dice—: ¡Hey! Sé caleta, amigo… —Me meto las manos a los bolsillos para sacar la plata, me detiene el gesto.

—¡A los amigos no se les cobra! Solo acuérdate que te hice un favor e inclúyeme en ese bendito libro… —Me volteo para no levantar más sospechas, empiezo a caminar.

—¡Vamos! —le digo y salimos del callejón.

—No mires atrás, sé caleta amigo, aquí me despido. Si nos volvemos a ver te traeré otro recuerdo.

Ya fuera de ahí, siento un golpe de nostalgia, saco las manos de los bolsillos, en una tengo una envoltura vacía de galletas Charada sabor maní, en la otra el billete que iba a ofrecerle, jajaja, ese huevón siempre hacía este tipo de bromas.

Paro un taxi —¿A Berlín con Diagonal?—, me subo, miro por la ventana a la calle con las ambulantes sin clientes.

—Buen viaje, amigo.

El viento y la garúa me golpean un momento como un ataque de realidad, pero eso es lo que me gusta, el cielo no tiene ninguna estrella, no tengo manera de buscarte aunque quisiera.

—¿Entonces estamos yendo a buscarla?

—No podemos seguirla, hay personas… no es tan fácil, podrían hacerle más daño, yo no quiero… ella no es tan fuerte… se alejará…

—Pero es lo que quieren los dos.

—Si me apuro… podría…

—¿Podrías qué?

—Podría… malograrlo...

—¡No!

Vuelvo a mirar a la calle, el aire me golpea la cara, miro al cielo, aún no hay estrellas.

El taxi se detiene casi al inicio de la calle Berlín, me bajo y me quito los lentes para poder sentir la garúa en mis ojos, le extiendo un billete al taxista que me mira con los ojos entrecerrados, lo miro también con los ojos entrecerrados —la confianza nunca fue posible aquí—.

—¿Qué es esto, amigo?

Me muestra una envoltura de galleta charada de maní, esto podría ser el inicio de una buena pelea, pero yo nunca he sabido apreciar el gesto.

—¡Disculpa! Dame eso, es importante.

Recibo el empaque y lo pongo en mi billetera, en el compartimiento de las fotos, saco un billete, real esta vez y se lo extiendo, antes de que pueda decirme cualquier cosa le digo:

—Quédate con el vuelto.

—¿Cuál vuelto? ¡faltan dos soles!

Esta vez si me agarra de sorpresa, estoy empezando a perder el cuadro, le extiendo una moneda de cinco soles y me volteo sin hablar más de la transacción. Escucho el motor arrancar y las llantas haciendo ruido en los baches mientras se va.

Me quedo solo, iluminado por las luces naranjas de Lima.

—¡Mister! ¿Se perdió? Esto es Berlín, no Dasso —me saca de la luz naranja el de seguridad, pez en otras aguas, ya ni me dejan nadar.

—¿Qué hablas, brother? He venido a celebrar mi ascendencia irlandesa, ahora, permiso. —Me acomodo el cabello mientras me dirijo al Molly's.

Lo primero que percibo es el sonido, hay una banda en vivo haciendo covers horribles de Soda Stereo —¡Hey! nada personal... —no es suficientemente oscuro y hay mesas vacías, quizá la gente está adelante con la banda.

El limeño es nostalfag, se ha quedado en los ochentas, en Soda, Los Prisioneros, a veces me siento turista en mi propia tierra, otras veces también necesito de esa nostalgia que produce Lima. Pero hoy mismo yo preferiría a Interpol, The Strokes, a ti.

—Voy a entrar, pedir un negroni, preguntar por mis cigarros y largarme.

En la puerta un letrero enorme: "Prohibido fumar en lugares públicos como este", no llego a cruzar la puerta y me doy la vuelta.

—Bueno, de todos modos seguro hacen un negroni de mierda.

Me pongo a caminar calle abajo, saco a Ollama de mi morral, le acaricio las greñas, nos imagino en mi sillón viendo series, tu cabello no me deja ver claro, supongo que eso es ser feliz.

Hay algunas ambulantes afuera del Houlihan's esperando transeúntes, me dirijo despacio hacia ellas, pero a mitad de distancia me detengo.

—¿Qué es lo que he venido a buscar aquí?

Entonces lo recuerdo —¿aún fumo yo? —, imagino que hay costumbres que se resisten a desaparecer —Somehow Palpatine returned —. Paso de largo las vendedoras y unas casas más allá volteo a la izquierda, puedo escuchar perreo dentro, pero algo importante sucedió alguna vez aquí, Lima gana una vez más, soy otro nostalfag. Me dirijo directo al segundo piso.

En la escalera un signo de que tengo suerte, un cuadro de Marianela, subo y me acerco para ver la firma, está sonando Sex on fire y el cuadro está firmado por Nela, lo recuerdo.

Un bar de diseñadores. —¿Hace cuánto que no agarro Photoshop? —me digo a mí mismo y una voz familiar me contesta.

—Pero nada de esto es digital, y lo sabes. —Nela con su voz nasal y fría —nunca tuviste habilidad y lo sabes, por eso eres programador ahora —Supongo que sigue sin guardarme cariño.

Pero no recuerdo la razón exacta.

—¡Hola, Nela, qué casualidad! —Me levanta la cabeza a modo de saludo y sigue por el pasillo. Termino de subir las escaleras y siento en mis hombros unos brazos que se me cuelgan.

—¡Hola, Lord chiquito! ¡has venido a nuestra exposición! —La voz entre chillona y arrastrando un poco la r.

—¡Sara! —Me volteo a verla, algo parecido a la alegría me sucede, estamos abrazados y en ese abrazo, con sus ojos cerca, recuerdo la razón exacta, entonces veo su cabello y me congelo, su cabello ahora es ensortijado, enredado, algo más ha cambiado desde la última vez que nos vimos, pero no logro encontrar qué. Estoy en peligro en este abrazo.

—¡Hola! Diría que no has cambiado nada, pero tu peinado es nuevo. —La agarro de las mejillas para que me suelte.

—Pero ¡así te gustan ahora! Y de menos de veinticinco, ¿ves que me he bajado la edad yo también? —Me sonríe y me devuelve el gesto, agarrando mis dos mejillas —. Siempre he estado dos pasos por delante tuyo Dextre. Pero por tu mirada entiendo que no es de nuestra exposición que has venido a hablar.

—Bueno, Nela no está muy contenta —le digo con cara de niño bueno, pero ella sabe estoy mintiendo, que ya sé la razón.

—¿Y por qué iba a estarlo? Sabes lo que hiciste, pero de todos modos, gracias por recordarnos.

—Sarita, ¿cómo iba a olvidarte?

—¿Cómo? Como ahora en la tarde, como hoy antes de pasar por aquí pensando que ha sido de casualidad —eso es cierto, he perdido la idea de quién era —sé que la casualidad te asusta, siempre has sido supersticioso, pero así son estas cosas, vamos a pedir algo y a sentarnos, me debes eso.

Caminamos por el pasillo por el que se fue Nela, el lugar estaba lleno, sonaba Last night, mi abrigo se enganchaba con las personas y tenía que repetir "perdón" a cada momento, pero como antes, me inclinaba un poco al decirlo, siempre me sentí algo japonés con Sarita.

Llegamos a la barra, la chica de la barra me señala la pizarra, pero ya aún me sé de memoria qué pedir. —¿Malas decisiones? —pregunto con una sonrisa.

—Son las mejores —me contesta con otra sonrisa que empezaba a hacer demasiado sentido.

—Dos malas decisiones, toma. —Le entrego un billete, me alejo para que me entreguen las bebidas. Avanzamos buscando una mesa.

Todas las mesas están llenas, pero unos chicos parecen reconocerla y nos ceden una mesa con tres asientos, pongo mi morral en la silla vacía, nadie nos la pide.

—¿Ves que es bueno exponer? Aunque sea para que me den asiento. ¿Viste el cartel con mi rostro afuera? —Le brillan los ojos.

—No, Sarita, no lo vi, es extraño. —Veo en su cara por un segundo un gesto de dolor.

—Ya veo, nos estamos encontrando en diferido. ¿Tienes alguna pregunta? Hace mucho que no nos vemos, estás más canoso que antes ¿no?

Me río ante el golpe bajo y recuerdo que es la segunda vez que me ponen alguien mejor conservado en frente esta noche, ¿por qué me castigo así?

—Siempre has sido más joven que yo, yo solo soy un tipo acabado Sarita. He venido siguiendo una corazonada, y aquí estabas, así que ¿puedo preguntarte algo?

—Estoy aquí para responderte Dextre, todos estamos siempre a tu disposición. —Esta vez su tono era un poco más distante.

—Sabes que no es así Sarita, pero ¿recuerdas esos cigarros negros con olor a canela que solía fumar? —le pregunto mirándola a los ojos—. ¿Sabes dónde los venden?

—Has venido buscando el pasado, entiendo, pero nosotras no hemos muerto ¿sabes?, Podrías actualmente visitarnos de vez en cuando. —Nuevamente veo algo de dolor en su rostro—. Sobre tu pregunta, sí, recuerdo cómo olían, cómo olías entonces. Pero nunca me llevaste a comprarlos, siempre tenías listo todo, quizá si hubieras decidido llevarme, podría darte alguna pista.

Me mira con una sonrisa triste. No era un reproche, no podía serlo, pero otro muro se levanta entre nosotros. Quizá sí debí enseñarle a buscar las cosas, tal vez aún estoy a tiempo de corregirme esta vez.

Saco a Ollama y le arreglo el cabello, incluso si está guardado se despeina. Se lo enseño con cariño.

—¿Le regalarías esto a un novio?

—Si no lo quiero suficiente. —Piensa que me estoy quejando —. O sea, no es muy original, ¿no?

—¡Vaya! nunca pensé que fueras celosa ¿Y si soy una persona muy simple?

—No eres una persona simple.

—Simple enough…

—Pero bueno, siempre estabas llorando para que te regalen un llavero, te gusta apegarte a esas cosas. Pero este es muy grande, más que un llavero, parece una maldición, porque ahora estás condenado a llevarlo, conociéndote sé que si no lo llevas pensarás que no la quieres, o peor aún, pensarás que terminarán el día que no lo lleves contigo, pero colgado no va a ir, ¿siempre lo vas a llevar escondido?

—Ahora siempre llevo un espejo para recordar quién soy, Sarita. ¿Recuerdas esa frase?

—¡Claro! Pero ya no escribes —me dice, recordándome lo que abandoné, mi deuda conmigo mismo.

Saco mi billetera y la abro, busco en el compartimiento de las fotos, saco la envoltura de charada de maní a la mesa, ella empieza a jugar con la envoltura mientras busco una foto. Saco una de ella y se la muestro, su cabello es diferente.

—No he dejado de llevar el pasado conmigo Sarita, espero que eso te alegre un poco —la veo sonrojarse un poco.

—¿De dónde has sacado esta envoltura? ¡Hace décadas que no venden este sabor!

—Bueno, ahora llevaré estas cosas siempre para recordar quiénes somos —le digo con sinceridad—, estoy volviendo a escribir.

—Ese somos no me incluye, ¿cierto?, pero igual me recordaste y viniste a donde no te llamé. ¿Qué más puedo pedir?

—Cualquier cosa que me quieras pedir…

—Ya es un poco tarde, pero no seas ingrato, ¿ok? Llámame estos días, fácil no estaré esperando tu llamada, pero piensa que sí.

Siento un golpe de nostalgia, la tentación de no irme más, veo su cabello ensortijado ahora y me doy cuenta que no la imagino despertando a mi lado.

—Está bien, debo irme, no veo a Nela cerca, dile que deje de estar enojada conmigo.

—Llámala y dile tú mismo, si le hablas mal de mí quizá te disculpe.

—Eso no puedo hacerlo, Sarita, ya lo sabes.

Se ríe sinceramente y me mira como quien ve a un niño decir que no se va a comer todas las galletas que le dejan en la mesa.

—Si tu chibola te pide hacerlo, lo harás antes de terminar de respirar. Los dos lo sabemos.

No contesto, sé que es verdad, le beso la mejilla, le acaricio la mano una última vez esta noche.

—Tengo que irme, aún debo buscar. Gracias por recibirme.

Regreso por el pasillo y sigo por la escalera, mientras salgo vuelvo a escuchar reguetón. No quiero voltear, sigo hasta la pista.

Detengo un taxi —Quilca con Wilson pregunto —, me rechaza, paro otro —No voy allá, me dice algo asustado —, como si le fuera a robar su huevada, un tercero se detiene, me pide más de lo razonable.

Me subo en silencio.

Las gotas de garúa chocan contra la ventana del taxi, no pueden entrar, les abro por que necesito sentir el beso de Lima ahora mismo, hasta ahora solo he conseguido regresar a ti, te instalas donde ya sabía que quería ponerte, deberíamos estar viendo algo mientras nos besamos en mi sofá-cama.

Pero no eres la misma, es la misma idea, ¡demonios!, no eres original, porque yo ya llamaba Canelita a alguien más, pero eso no es tu culpa, es mi ausencia de imaginación, me fuerzo a corregir las cosas, me oculto a mí mismo que Fake Plastic Trees no solo es la canción con la que decidí besarte el cuello, también es la canción con la que abandoné a alguien mientras me pedía que por favor no me vaya.

Saco a Ollama y le acomodo la greña, siempre se está despeinando. Lo saco por la ventana conmigo, el aire nos golpea con la garúa que arrastra, pero esta vez, por fin, no estoy solo, Ollama existe, mira las luces de neón conmigo, el Real Plaza, el par de vendedoras de emoliente aún afuera.

Todavía es temprano. Pero ya estamos llegando.

Pensándolo bien, esto es mentira, así que no te enojes, ¿ok?, yo he sido para ti desde que nací.

—¿Está seguro de que baja aquí? —me pregunta un poco preocupado el taxista—. ¡Tú qué sabrás! —Abro la puerta y regreso a mi decadencia primaria.

Recuerdo como caminaba antes por aquí, con la cara tapada con mi chalina, jugando a evitar a la gente, sintiéndome ágil de agacharme para no ser tocado, ahora me duelen las rodillas y tomo tres diferentes pastillas a diario para funcionar adecuadamente. Y ahora está tu nombre —¿qué haré cuando inevitablemente me hagas falta? —.

Cierro los ojos y vuelvo a los tuyos sin lentes, tan cerca como en el cuarto, esta cercanía abrupta me hace tambalear, el mareo convierte las luces en manchas, los sonidos se confunden en mi cabeza en un solo de guitarra que nunca se me fue del todo, en medio de este asfalto, entiendo que el tiempo también tiene textura, lo toco como las hojas de un álbum de Navarrete, le pego figuritas en el lugar equivocado las miro y pienso: "Sí, ahí es donde iban en verdad".

Camino bajo las estrellas naranjas, las reparto siguiendo tus lunares, me arden los labios, quieren borrar los besos del pasado —quiero tener todos los besos de tu boca —, aún no saben que todos te pertenecen.

Nunca hubo otra Canelita, siempre fuiste tú, soy yo el que nunca se decide a ser el mismo.

Paso por Quilca, el Averno cerrado para siempre, gente cerca al Salón Imperial, miro a todos lados esperando encontrar a alguien, pero nadie me reconoce, todo el camino huele a orines, una banda tocando al aire libre, no sé qué malas decisiones los llevaron a hacer eso, carretillas de trago con luces de neón.

Hay un par de libreros abiertos aún, con sus luces amarillas de cincuenta watts, me recuerdo malográndome los ojos mientras buscaba en los descuentos algo que pudiera alcanzar a comprar —¡ahora uso lentes, maldita sea! —, mi estante está lleno de originales ahora, ¡que hipócrita que soy!, sigo de largo, el pollo Begui's me causa una arcada, ni siquiera una emolientera en toda la calle.

Emerjo de Quilca a la luz de Plaza San Martín, sé adónde voy, cruzo, voy por la vereda de la derecha, no me detengo a ver los letreros, sé dónde está todo aún, la entrada al Vichama es más larga de lo que recuerdo.

Dentro hay una banda tocando, en un estrado en el cual bailé cuando aún era diseñador —me pregunto si sería un buen tema de conversación con Sarita, y una buena excusa —, un tipo cantando De música ligera hasta el pincho. Me siento en la barra, en la pared de enfrente, escenas de Ichi The Killer se suceden en silencio, le tomo una foto a la pared, me extraña que no haya un póster de Chainsaw Man, harían bastante juego, pero claro, aún no…

—¡Me da un Chilcano Azul, amigo! —Me mira y me extiende un vaso de plástico grueso ya preparado, mi hígado se retuerce, pero no hay vuelta atrás, sabe a pisco Vargas, igual está helado.

Cinco soles bien gastados. —Amigo, vengo de un poco más tarde —empiezo—, estoy buscando algo que quizá vendes aquí.

—¡Claro, brother, dime!

La banda es bulliciosa, así que tengo que casi gritar para que me escuche. Para escucharme yo mismo.

—Estoy buscando estos cigarros con sabor a canela, se llaman x-tra, vienen en una caja marrón.

Se rasca la cabeza, como recordando.

—Puta, brother, creo que me suenan…

—Son delgados, negros, si los dejas de chupar se apagan solos, ¡seguro los conoces! —le agrego.

Escucho lo que pretende ser la voz de Rafo Ráez con la banda, pero es el anti-karaoke, el bartender está buscando en una caja, toda mi atención en sus manos, pero alcanzo a distinguir parte de la letra: "Chica canela, chica canela, delgada"; otra figurita regresa a mí —¡yo te cantaba esto hace mucho tiempo! —lo recuerdo, tenía miedo de que la letra sexualizada te asustara, no lo hice hasta que tuvimos más confianza, te reíste, mucho, te pareció gracioso que cantara algo medio obsceno siendo como soy.

Y yo soy un payaso atrapado aquí.

—¡No tengo, brother! —me dice el bartender, me despierto, estaba a gusto visitando.

—¡No hay problema, amigo! —le contesto levantándome, el pasillo para salir es más largo de lo que recuerdo, afuera sigue garuando.

Saco mi celular y voy a la galería, tengo que irme hasta el final para encontrar la foto que acabo de tomar.

Sonrío, no me atrevo a voltearme.

—Adiós a ti también.

Regreso a Plaza San Martín, saco a Ollama del morral, el viento le mueve el cabello, se desgreña justo como el tuyo, la escondo por miedo a que lo roben, y comienzo por preguntar a una vendedora ambulante:

—¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?

—No sé de qué me habla, joven.

No le digo nada más y paso a la siguiente:

—¿Tienes esos cigarrillos marrones con sabor a canela?

Nadie tiene. Garúa y me voy alejando con mi pregunta, a nadie parece importarle que un loco ande acosando vendedoras por unos cigarrillos que ya no existen.

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Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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