Pensando en cómo me suceden las cosas, entendí algo incómodo: lo sencillo que me resultaba falsificar motivos para ser feliz. Algo, en alguna parte, se reía, mientras yo pensaba en milagros y destino cuando nos cruzamos. Tenía ya listo el altar en el cual te iba a colocar, mi felicidad se reducía a eso, al momento exacto en que nuestras órbitas coincidían, no exactamente en el mismo plano.
Más bien en el mismo universo.
Tu centro de gravedad me atrae, me arrastra, orbito alrededor de ti en parábolas extrañas, lejanas, y sin embargo, a pesar de esa distancia, es tu influencia la que controla la marea de mi sangre, la bombea en la ausencia de un corazón, que fue lo primero que te llevaste.
Y yo, como un mar cualquiera, me entregué a esa ilusión, cerrando los ojos, las puertas, tirando las llaves.
Fue tu orilla donde me fui a romper, entregado por mis olas, tu cuerpo, la red de tu cabello, tus brazos alrededor, la promesa de tierra firme, tu piel de luna nueva, dibujé las estrellas en un cielo que en verdad estaba vacío, con las instrucciones hacia ti.
Imité las constelaciones de tu piel, para empujarme a buscarte en ese norte magnético en el cual te encuentras, me encaminé, a ciegas, sí, a buscarte, pero la conexión a mi corazón que cargabas contigo, me indicaba dónde perseguirte.
He perdido ya esa brújula que nunca debí falsificar.
La luz de tus ojos es el color rosado del atardecer que me mostrabas.
A través de una nostalgia fabricada, la tristeza que me imponía justificando tu ausencia, la convertí en espera romántica, en preámbulo de la felicidad que me concedías con tus besos, aquellos que pensé excluían a los demás, pero en verdad nos escondían.
Con la distancia del tiempo comprendí que la inmensidad de la felicidad puede concentrarse en momentos fugaces, como un destello.
Creamos rituales que espantaban a los demás, pensamos que nos hacían especiales.
Y cuando entre relojes y reuniones, el mundo inevitablemente nos imponía la realidad que pensé haber borrado.
Desde mi corazón, que aún en tus manos, transmite el ruido, me llegan tus susurros y se convierten en las obsesiones que me invaden.
Sin certeza de que me escuchas, de que algo de mí aún llega a tus oídos. Quizá ahora soy solo acusación.
El teléfono malogrado que alojo en mi corazón ¿Nos conecta? ¿O solo nos reparte la culpa?
Y es en este momento en el que veo los rodeos que di para acabar junto a ti siempre, que comprendo la magnitud del mundo que construí alrededor tuyo, te erigí en mi centro, porque siempre quise volver a tu cuerpo, a tus besos.
Empecé a ausentarme para darte tiempo, a perderme en aeropuertos donde sabía que no estarías, a recordar lo que imaginé que podríamos ser, y luego, cuando tuve la certeza de que estarías, regresé al mapa de tu cuerpo, a seguir mis premoniciones.
Y así cansado llegué llenándome la boca de historias, perdiéndome en excusas, que no sé si eran para ti o para mí, cuando en verdad, todo mi deseo era acostarme en tus piernas y olerte hasta desmayarme.
Como un perro, reconocer a mi dueña y descansar.
Ojalá hubiera podido sostener la mentira, por aún mucho más tiempo.