Ya no hay eco,
en este cielo alto,
solo que su grito,
es un rayo que escapa
Camino por la avenida, un cielo claro y extrañamente azul en Lima me acorrala, pero eso no importa, mi mirada sabe nublar, el viento jala mi chaqueta, mi piel usualmente le teme al sol, solo mi rostro recibe sus rayos, pero me agacho, me escondo de esa luz que procura señalarme. Enciendo un cigarro, la primera pitada áspera me sobresalta, el olor a tabaco me es agradable, betún, gasolina, tierra recién mojada, labios entreabiertos, caricias que inventamos para acortar distancias — sentimentalmente para remediarlo, voy a quedarme contigo para siempre — doblo la calle y logro ver el óvalo con la isla, la estatua al centro.
El óvalo está lleno de personas, no sé si es una emboscada tuya — pero puede que te encuentre últimamente — esperan algo, pero su espera no es la mía, hay demasiados autos pero a estas alturas ya casi estoy sordo, me ignoran los ruidos, recorro en ese silencio los pasos que me separan de ellos.
— Mientras tanto me confundo con la gente
La gente se mueve en círculos, como un río concéntrico, las librerías de Espinar expulsan gente que se va al Starbucks a leer, el Wong se come a otros, las flores en la puerta, la iglesia de María Reina, los restaurantes y el centro comercial, alejan a las personas del Ángel en el centro del óvalo, forman una cortina de distracción, es el altar que buscaba, donde puedo agacharme ante las nubes, ver el sol extinguirse por un momento, como una pequeña balsa cruzo el río a ese centro.
— Es el nido, que el olvido ha destruido
Esta tarde he visto como llovía, me senté en la banca, aún caliente por un sol confundido, acomodé mis piernas, encendí otro cigarro, y me vinieron a la mente letras nebulosas, rodeado de este río, me convierto en presa rota.
Comienza a llover, calmado, como letras que recuerdas, observo a los transeúntes escapar despavoridos de este centro, para no mojarse el cabello, para no mancharse los zapatos, ni la ropa, el barniz de la lluvia sobre los colores no parece decirles nada, nadie parece hacer comunión con el color del polvo mojado, hermoso despojo de Lima. Los faroles se encienden naranjas, los toco y siento su pulso artificial, ruido blanco que no me evita, que atrae unas gotas pequeñas y tristes, que rebotan mojándolo todo alrededor, de una fragilidad que invita al accidente, la erosión continua, que crea el camino de la inundación.
Veo los charcos empozados en los jardines alrededor de mí, la lluvia aumenta y quiebra la calma, para no delatar en su quietud mi reflejo, la luz naranja que devuelvo al mirar. Todos corrían y tú terminaste de dibujarte en cada gota invocada que las superficies fallan en alejar de mí, reemplazando la ciudad con tu rostro riéndose, ya para siempre, de esta cáscara.
— Y si el viento me devuelve a tus orillas, serenamente, será dormido.
Me siento a observarte caer como cristal. Aunque lo negara, a veces me sorprendes, cuando estoy desprevenido, aún dibujo en el aire las letras que me transmiten, las que permiten esta invocación.
Todos se empujan en el caos de la huida, mientras yo veo mi cigarro consumirse en paz, incluso si quisiera, me evitan estas gotas, incluso si pienso que me esconden, los dos sabemos que eso no es cierto, solo ante esta verdad, llueve más fuerte. Y mis lágrimas, como aceite, no se mezclan, pero son el boleto exigido, boleto que nadie nunca me ha venido a pedir, pero siempre está el quizá el tal vez, todos han huido sin explicarse, solo yo reflejo la luz ausente, manos en los bolsillos, cigarro en boca. Mirando a todos acusatoriamente, memorizándolos para cuando llegue el momento de usarlos como coartada, para evitar la culpa.
A veces me sorprendes, cuando estoy despertando por ejemplo.
Esta tarde veo como llueve, chupo del cigarro mientras espero que te extingas, pero las gotas riegan el recuerdo, lo empujan debajo del iceberg, horadando el camino una vez más, asentando más hondo la culpa que sumo otra vez, realmente nunca tuve nadie más a quien culpar, por que sé que no soy el dueño de esta melancolía con la que me adornas.
Yo solo me encargo de invocarte, de sostener el centro.
Vi a toda la gente escapar y abrirse en círculo, como las ondas que se expanden antes de morir. A decir verdad, debo admitir que disfruto de estas entregas que me haces. Extrañamente, solo yo recuerdo que tienes un nombre, aunque no lo recuerde, se que eres, nadie repara en el pedazo de ti que se llevan corriendo, con toda esa garúa en la cabeza y en los zapatos.
— Creo que no te dejé jugar con fuego , solo nos dijimos cosas al oído
— Niño de todas las mañanas, dibuja sus manos, no quiere decir... — Canto, mientras salgo de la librería con un tesoro en manos, pero el sol desdibuja mis ojos, los confunde con el cielo, por primera vez que recuerde. El olor a libro nuevo invade el ambiente, el olor a café, en verdad el olor en todas las cosas nuevas, ¿No es así? — ojos de las tardes en calma, ojos que alejan hasta volver — Mi mirada salta desigual, avanzo subiendo y descendiendo, evitando pisar las líneas de la vereda, me obliga a pasos combinados, pequeños, largos, cortos, a veces apurados.
Miro más adelante, a la gente que se junta, veo un copo de lana gris en medio, de espaldas a mí, luego se me pierde entre la gente, flores robadas de un jardín, ramos y flores plásticas, todas en manos ajenas con sonrisas que se alejan.
— ¿Serán esos ramos para mí? No tendría dónde guardarlos, quizá solo algunos sea lo más adecuado — me digo a mí misma — o al menos alguien que me ayude a regar.
Sigo por Espinar, dibujo algo en el suelo con mis pies mientras juego. Abro el tesoro y empiezo a saltar como en una rayuela, cambiar de juego es sorpresivo y vital — Nube que no late sin el viento, lo ilumina, la estrella fugaz — de pronto todo cambia, en medio de mi canción favorita. La nube que no latía despierta, y el cielo se cubre para regalarme agua.
— ¡Que conveniente! ¿estará lloviendo en mi jardín?
Un hallazgo "se puede vivir sin pensar" no creo que signifique lo que dice, yo no puedo vivir sin asociar, por ejemplo la pista, se está llenando de pequeños charcos y cada vez parece más un río, respiro y veo mi vaho, y es como fumar, levanto mi rostro para sentir el frío que trae la lluvia, me imagino lejos, dónde pueda nevar. Mientras fumo cigarrillos imaginarios, veo humo, al centro del óvalo, llegando al arcángel.
— Vamos a buscar al dragón al otro lado del río.
No hay carros, se arremolinan como karpas cuando les tiras arroz, todos huyen, solo yo voy en contra. Veo el camino por debajo de la pista, pero no es digno de mí — La heroína de la historia siempre llega por donde la puedan ver — de ese modo cruzo la pista, con la cabeza en alto, y sin pisar las líneas de la vereda.
Lo primero que siento es el olor a cigarros, las brasas en el suelo, un copo de lana gris entra en mis ojos mientras bajo la vista, está sentado fumando, bajo la lluvia, con una casaca que más parece plumas desordenadas, jajaja, no le queda mal, pero ¿Aún se viste con lo que le compró su Mamá?
— No hay terror en él, hay solo vida, vida sin preguntas y sin ayer — doy el primer paso — ¡Hey dragón! ¡Tu cigarro no está mojado!
Mi cigarro no está mojado, ¿quién se fija en eso?, intento sostener su mirada y en sus ojos azules está la parte del cielo que no puedo nublar, pero de poder, ¿querría?, agacho un poco la cabeza, apago mi cigarro en la banca.
La lluvia se encoge en una garúa constante y rápida que nos abraza, por una milésima más fuerte, por una milésima más despacio, pum, pom, pum, pom...
— ¡Oye! No tenías por que apagarlo, me gusta el olor del tabaco.
Pum, pum, pum, pum...
— No. si... ya estaba... terminando.
No sé cuanto tiempo estuvimos detenidos sin decir nada, la garúa empezaba a caer en diagonal, algo más acelerada, pero, ¿Está rechazándola o empujándome?, ahora que me doy cuenta, soy el único que está inmóvil, ella me está mirando. Su cabeza se mueve de una manera en la que me hace sentir que está completamente alrededor de mí.
Yo solo vuelvo a bajar la mirada, ¿Es a esto a lo que Sandra llama amaestrar al perro?, no podría decirlo, pero veo algo en su mano.
— ¿Qué libro llevas abierto en la mano? Estás mojándolo.
— Tú te pintas el pelo ¿No?
Preguntamos al mismo tiempo.
— Bestiario, de Cortázar — me dijo sin dejar de sonreír — Si se moja se seca, si no se seca me compro otro, ¿sabías que se puede vivir sin pensar?
Genial Bestiario, no es de sorprender que esté invadiéndome, y sus ojos son la única ventana disponible por si me decido a terminar como el de Carta a una señorita en París, la trampa está armada, la veo, e igual podría caminar recto.
— Vivir sin pensar no estaba planeado como un halago en ese cuento — levanto un poco la mirada para defenderme — y no, no me pinto el pelo — mentira, pero ya he cedido demasiado por esta tarde.
— Pues que suerte, no puedo vivir sin pensar yo — me contestó y luego me dijo — Me estás mintiendo, lo tienes de dos colores, jajaja, ¡La lluvia te va a borrar ese tinte vas a ver!
Me sonrojo, siento gotas que me mojan el rostro, mi cabello se está mojando, mi abrigo empieza a humedecer. La lluvia cae en desorden, como si echaras agua en aceite caliente.
— No es tu asunto...
— Estoy empapándome, pero me encanta la lluvia — me ignora completamente — quién lo diría, empaparse en Lima, jajaja.
— Te vas a enfermar — alrededor de mí, es cierto.
— ¡Que va! soy muy fuerte, pero ya es hora ¿sabes? — el miedo aparece, ¿Debería correr? ¿Debería abrazarla? o posiblemente solo quedarme parado mientras orino los pantalones.
— ¿Hora de? — la lluvia arrecia, otra vez presa que horada el suelo.
— De que nos tomemos un chocolate en ese Starbucks de ahí en frente, ¡Ver llover mientras tomas chocolate es lo máximo! — se me acerca y le agarra de la mano, empieza a llover como en la sierra, puedo sentirlo, yo también estoy empapándome — eso sí, ¡tú invitas!
Su mano me jala con una fuerza que no esperaba, con la fuerza de quien está jugando, me mueve, me paro y doy el primer paso a seguirla. Inmediatamente la lluvia se detiene, las nubes empiezan a disiparse.
— ¿Uh? ¿Qué fue? — pone cara de asombro, luego continúa jalándome — Igual estamos empapados, vamos a tomar ese chocolate, ¡No te vas a escapar!
— ¿Por qué yo? — le pregunto mientras la sigo.
— Siempre quise tener un Dragón. Además hueles a tabaco.
— Y si vuela libre y es blanco de una honda, todo se apaga, empieza y termina