2026FICCIÓN

El Encargado - Revisión 2

Escrito por Luis

Caminas por Pardo, un cielo despejado y extrañamente azul para Lima te quiere acorralar, pero eso no importa, sabes que en cualquier momento podría nublarse, entras al "Market Capón", una chica pálida con cara asiática te ve pasar y piensas si es desconfianza, tu cabello medio gris no hace juego con la chaqueta con lana de cordero en el cuello, agachas la cabeza cuando te sonrojas.

Evitas mirarla más y sigues, hay platos, tés adelgazantes, galletas de hongos, esos caramelos con envoltura de arroz que dejaron de vender en los chifas por cancerígenos, y exactamente esos son tus favoritos, así que agarras una bolsa y la llevas al mostrador.

—Hola, esto, por favor. —La chica pasa la bolsa por el counter y te das cuenta—. ¡Disculpa! Dame también una caja de cigarros y un encendedor.

—Serían treinta y dos cincuenta, joven —¡Ahora eres joven!, piensas que así sí dan ganas de pagar—, ¿tarjeta o efectivo?

—Tarjeta, débito. —No quieres que se confundan pensando que usas crédito, pero la verdad a nadie le importa.

—Disculpe, ¿lo pongo en cuotas?

—Sí, ¡en veinticuatro! —intentas bromearle, es una chica simpática, pelirroja pintada, así que ya sabía que intentarías hacer una broma tonta.

—¿Veinticuatro, joven? —Te mira con cara de no entenderte.

—¡Es broma! Es débito, igual te ofrecen cuotas, pero eso, bueno, no dije nada... —Ya no te contesta, te extiende un recibo y mira al siguiente cliente.

Sales a la avenida y sacas un cigarro y el encendedor, el viento juega con tu cabello, te apaga la llama, tienes que taparla con tu mano, logras encenderlo y la primera pitada te sobresalta, sé que te gusta el olor a tabaco, betún, gasolina, el olor a tierra recién mojada que te regalo al caer, te recuerda unos labios entreabiertos, caricias y otras maneras sutiles de acercarse los unos a los otros.

Doblas por Borgoño, en una ventana te ves, tu cabello es una mata de pelos grises combinados con negros, te sientes como Antonio Banderas, luego te sientes ridículo por haber pensado eso. Yo creo que sí te pareces, si él fuera pobre y estuviera en crisis. Pero —¡hey!—, las canas te sientan bien.

Caminas por Dos de Mayo fumando, aún hay sol y te escondes de esa luz que te busca, te agachas, tampoco puedo verte de ese modo, pero te entiendo, cualquier luz que te señale te intimida. Pero eres demasiado bueno no resaltando.

Te gustan las letras, leerlas, recordarlas, mirar en los letreros de la calle algo que demuestre que las personas son creativas al mezclarlas, los significados que les damos. Te gustan los libros, te gustan las librerías vacías, pero no te gusta la gente en especial, solo ves a los amigos de siempre, a los conocidos de siempre, a las personas que te obligan a ver.

—En dos semanas es el cumpleaños de Sandra —recuerdas. Tu cigarro se apaga mientras piensas en qué regalarle, tocas el vidrio de un estante.

Las librerías de Espinar están demasiado llenas y cada vez son menos los libros que podrías leer sin sentirte culpable, las miras de reojo y desconfías, nada bueno puede salir de lugares que ponen a Coelho o Dan Brown en vitrina, claro que no lo dices en voz alta, yo creo que eres un poco pretencioso, pero al menos eres consecuente.

—De todos modos Sandra no querría un libro, tal vez unos parches nuevos para su casaca. Más probablemente una botella de trago —murmuras y te mandas un mensaje a ti mismo: "comprar gin para Sandra", entonces guardas el celular.

En el óvalo hay demasiadas personas, se mueven en círculos, forman un río concéntrico, algunos van por café, otros entran a Wong, otros salen de la misa en la iglesia María Reina. Todos se alejan del centro donde un ángel se eleva indiferente, esperan por algo, ninguno comparte tu urgencia.

Y ese es el altar que buscas. Empiezas a dibujar con una mano las letras de mi nombre —incluso sin recordarlas bien, es un reflejo muscular— y el cielo empieza a nublarse. Sospechas que he creado las condiciones, pero todo es casualidad.

Ves a un chico con un ramo de flores en la mano, está parado esperando, parece nervioso, tiene una bolsa en la mano, pareciera que escondiera un regalo más. Ves a una chica acercarse, lleva un uniforme de cajera de supermercado, él la recibe ofreciéndole el ramo, ella recibe el ramo y se agacha —¡qué dulce todo esto! —piensas, y yo creo que el dulce eres tú, tus ojos están acostumbrados a observar las cosas así. Ya casi has cruzado la pista.

—Bueno, es momento de cumplir con mi labor —piensas.

El óvalo tiene demasiado tráfico, pero una vida de música a todo volumen te hace inmune al ruido, es en esa ausencia de sonido que cruzas. Te sientas en la banca del centro y repites con vehemencia las letras que llegan a ti sin entenderlas del todo, de todos modos solo son letras y estás jugando con ellas, acomodas tus piernas, el cielo se oscurece y abres las puertas.

Comienzo a caer para acompañarte, aunque no podamos tocarnos.

Enciendes otro cigarro, llueve despacio, como letras en el proceso de escribir un poema, la gente empieza a huir del centro en el que me invocas, los faroles naranjas se encienden, nadie quiere arruinarse el peinado ni los zapatos, nadie ve como pinto las cosas de un color más fuerte. Todos evitan mojarse —ese no es un problema para ti—, incluso si quisiera, en este estado estamos aislados.

¡No es que te evite, eh! Es parte de lo que somos, solo tú recuerdas que tengo otro nombre, incluso si no recuerdas cuál es, sabes que soy, sabes que la tristeza con la que te adorno no es tuya, no es tu culpa, pero no tengo cómo decírtelo.

Deberías ser feliz, pero esa no es mi labor, continúas fumando, pensando en qué regalarle a esa loca de Sandra, sin mojarte. No entiendo cómo imaginas que soy. Pero ahora me dedicaré a caer cerca de ti, ya pasó el momento de hablar.


Salgo cantando de la librería, por fin he comprado los libros que quería: Ficciones de Borges, El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo, Los tres mosqueteros de Dumas, La felicidad ja ja de Bryce y Bestiario de Julio Cortázar, este último me lo han recomendado mucho, así que espero que no me decepcione —aunque a decir verdad la gente que me insiste en que lo compre es usualmente pretenciosa—.

Dumas en cambio es el idioma de mi niñez, hubiera querido ser D'Artagnan, incluso siendo mujer, me divertía la pobreza en la que vivían, ahora que vivo con mi sueldo de profesora me divierte menos.

—Probablemente nunca me recupere financieramente de esta compra jajaja. Igual, el olor a libros nuevos lo vale —pienso en cómo todas las cosas nuevas me gustan, incluso los nuevos estados, cambiar de posición las cosas en mi depa para pensar que estoy en un lugar nuevo, es emocionante mudarse sin gastar más dinero.

Camino evitando pisar las líneas en la vereda, así, algunos pasos son cortos, otros largos, por momentos estoy apurada, por momentos calmada, a veces dudo que pueda lograrlo, pero al final llego al siguiente cuadro, un cielo azul —qué extraño eso en Lima— se confunde con mis ojos —sí, tengo los ojos azules, pero soy todo menos rubia—, muchos hombres se me acercan diciendo que les recuerdo el cielo —¿les falta imaginación?—, a mí no me interesa recordarles nada, hay que mirar adelante.

Sigo por Espinar, saco Bestiario y empiezo a leerlo, el cielo empieza a nublarse, levanto la vista y nubes grises aparecen de la nada, es como si el humo de un dragón empezara a invadir el ambiente. Miro más adelante, a la gente que se junta en el óvalo, veo un copo de lana gris en medio, de espaldas a mí, luego se me pierde entre la gente.

Desde aquí puedo ver ramos de flores en la entrada de Wong, a veces me traen flores robadas de un jardín, o flores plásticas, aquí todos salen con ramos, sonriendo mientras caminan en círculos.

—¿Qué haría si todos esos ramos fueran para mí? No tendría espacio para guardarlos, ahora mismo solo tengo espacio para mis macetas, y no podría ponerlos en mi jardín —me digo a mí misma—, quizá más interesante sería alguien que me ayude a regar.

Un chico camina hacia mi apoyándose en una chica con uniforme de cajera, ella lleva un ramo de flores en la mano y camina con la cabeza baja, las flores son hermosas, él sonríe —ella no lo quiere —me doy cuenta, parece incómoda, no avergonzada, él aún no lo sabe, es un poco triste, pero debe aprender.

Sigo caminando hacia el óvalo y encuentro algo interesante en un cuento: "se puede vivir sin pensar", pero no creo que signifique lo que dice exactamente —yo no puedo vivir sin imaginar—, siento una pequeña gota que rebota en uno de mis cachetes, una gota me cae en un ojo, me hace ver todo a través de un prisma.

—¡Qué conveniente! ¿Llegará esta lluvia hasta mi jardín?

Imaginar es una manera de pensar, ¡sí!, es algo a lo que no puedo renunciar. Por ejemplo: la pista se está llenando de pequeños charcos y cada vez parece más un río. O respiro y veo mi vaho, se siente como fumar. Esta lluvia que cae es lo más cercano a la nieve que Lima puede ofrecerme, me imagino lejos en un bosque nevado.

Mientras fumo cigarrillos imaginarios, veo humo, al centro del óvalo, subiendo por el arcángel, pareciera ser el centro de las nubes, el aliento del dragón.

—¡Voy a buscarlo del otro lado del río!

No hay carros cerca: se arremolinan como carpas cuando les tiras arroz, todos huyen, solo yo voy en contra. Veo el camino por debajo de la pista, pero no es digno de mí —La heroína de la historia siempre llega por donde la puedan ver—, así cruzo la pista, con la cabeza en alto, y lista para evitar las líneas de la vereda.

Lo primero que siento es el olor a tabaco, veo las cenizas en el suelo, una madeja de lana negra y gris entra en mis ojos mientras bajo la vista, él está sentado fumando, bajo la lluvia, con una casaca que más parece plumas desordenadas, jajaja, no le queda mal, pero ¿aún se viste con lo que le compró su mamá?

Doy el primer paso.

—¡Hey, dragón! ¡Tu cigarro no está mojado!

Ahora que lo pienso bien, él no está mojado para nada.


Mi cigarro no está mojado. ¿Quién se fija en eso? —nunca nadie me lo había señalado, yo mismo he olvidado lo extraño que es estar seco bajo la lluvia—. Es una cosita pequeña, lleva una chompa abierta de lana delgada y pantalones beige holgados, se ve bastante simple, pero sus ojos son azules, intensos, intento sostener su mirada y solo veo la parte del cielo que no puedo nublar, pero, de poder, ¿querría? Agacho un poco la cabeza, apago mi cigarro en la banca.

La lluvia se encoge en una garúa constante y rápida que imita mis latidos, por una milésima más fuerte, por una milésima más despacio.

—¡Oye! No tenías por qué apagarlo, me gusta el olor del tabaco.

Ahora todas las milésimas son rápidas.

—No... sí... yo... ya estaba... terminando.

—Deja de tartamudear y dime, ¿por qué no estás mojado?

No sé cuánto tiempo me quedo detenido, sin poder decir nada, la garúa empieza a caer en diagonal, cada vez más acelerada, pero ¿está rechazándola o empujándome? Ella me sigue mirando. Su cabeza se mueve de una manera en la que me hace sentir completamente rodeado.

Yo solo vuelvo a bajar la mirada. ¿Es a esto a lo que Sandra llama amaestrar al perro? —se va a matar de risa cuando le cuente—, no tengo cómo saberlo, pero veo algo en su mano, ¡es un libro!

—¿Qué libro llevas en la mano? Estás mojándolo.

—Tú te pintas el pelo, ¿no?

Preguntamos al mismo tiempo.

Bestiario, de Cortázar —me dice sin dejar de sonreír—. Si se moja, se seca; si no se seca, me compro otro. ¿Sabías que se puede vivir sin pensar?

Genial Bestiario, no es de sorprender que esté invadiéndome, y sus ojos son la única ventana disponible por si me decido a terminar como el de Carta a una señorita en París, la trampa está armada, la veo, e igual camino derechito.

—Vivir sin pensar no estaba planeado como un halago en ese cuento —levanto un poco la mirada para defenderme—, y no, no me pinto el pelo. —Mentira, pero no quiero que tenga razón.

—¡Vaya! Lo has leído, entonces eres medio pretencioso, ¿no?, ¡no pareces con esa casaca de niño que llevas! —se ríe de mí y no puedo hacer nada, me dan ganas de reírme de mí también—. Pues qué suerte, no puedo vivir sin pensar yo —me contesta y luego me dice—. Me estás mintiendo, lo tienes de dos colores, jajaja.

Me sonrojo, siento gotas que me mojan el rostro, mi cabello se está mojando, mi abrigo empieza a humedecerse. La lluvia cae en desorden, como si echaras agua en aceite caliente.

—No es tu asunto...

—¡Ahora sí te estás mojando! ¡La lluvia te va a borrar ese tinte barato, vas a ver!

—Ya te dije que no me pinto...

—¡Eres un pésimo mentiroso! Solo falta que te crezca la nariz. Estoy empapándome, pero me encanta la lluvia. —Me ignora completamente—. Quién lo diría, empaparse en Lima, jajaja.

—Te vas a enfermar. —Alrededor de mí, es cierto.

—¡Qué va! Soy muy fuerte, pero ya va siendo hora, ¿sabes?

El miedo aparece. Nunca sé cómo comportarme en estas situaciones, ¿Debería cerrarme y huir? ¿Debería seguirle la corriente? Es posible que solo me quede parado, sin hacer nada.

—¿Hora de? —La lluvia arrecia, esta vez claramente me está empujando.

—De que nos tomemos un chocolate en ese Starbucks de ahí enfrente. ¡Ver llover mientras tomas chocolate es lo máximo! —Se me acerca y me agarra de la mano, empieza a llover como en la sierra, puedo sentirlo, yo también estoy empapándome—. Me llamo María, ¡vamos! ¡Eso sí, tú invitas!

Su mano me jala con una fuerza que no espero, con la fuerza de quien está jugando, me mueve, me paro y doy el primer paso para seguirla. Inmediatamente la lluvia se detiene, las nubes empiezan a disiparse.

—¿Uh? ¿Qué fue? —Pone cara de asombro, luego continúa jalándome—. Igual estamos empapados, vamos a tomar ese chocolate, ¡no te vas a escapar!

—¿Por qué yo? —le pregunto mientras la sigo.

—Siempre quise tener un dragón. Además hueles a tabaco.

—Entiendo, me llamo César, pero mis amigos me llaman por mi apellido, Romaña. Tengo dulces de chifa en mi morral, ¿quieres? Los acabo de comprar.

—¿No son esos que quitaron porque dan cáncer?

—Bueno, no, si no los comes tan seguido...

—Entonces dame.

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Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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