No es que necesite de esta violencia (quiero creer) pero ahora mismo necesito sedarme y estamos demasiado apretados como para encender un cigarro. (It's the smiling on the package) Puedo empezar por golpearlos a ustedes entonces — con, o sin su permiso — me es completamente placentero y lejano a la vez, justo algo que no me pienso negar. Perderme en ustedes. Como si fueran las partes que odio de mí mismo estos días. No es contra ustedes. Es a mi favor. Además son débiles.
Como yo.
Aún estoy bastante lejos de alcanzar a las personas con las que vine y el pogo es básicamente ese charco que pienso pisar como quien quiere mancharle el uniforme a los demás, acomodo la patada y me voy de frente. Siento como sacan el cuerpo, se apiñan alrededor mío, el aire se hace pesado, como mi brazo, estos huevones de Campo A, el cuerpo les avisa, pero ellos ignoran que algo más oscuro y antiguo nada en el mismo charco y que sin querer, y peor aún, posiblemente queriendo, los va a arriar (But hey, who's on trial?), sonríen, sí, sonríen y se soban, mientras me sigo metiendo a empujones, bañado en sudor, confundido por esa terquedad de meterse a hacer cosas de hombres.
Inconscientemente establezco unos límites, un círculo violento, en el que establecer contacto significa ser golpeado, no me doy cuenta hasta que siento el cuerpo frágil (you're weightless, you're exotic) que empujo sin darme cuenta hacia adelante, se me dibuja un rictus parecido a una sonrisa al verla salir disparada, como un pedazo de arcilla roja, la pose un poco cómica y extraña en la que se termina desparramando, se reincorpora y me grita "¡Hey huevón, ¿qué chucha te ríes? ¡Casi me matas!!"
Ahora me siento culpable del rictus que llevo pegado en la cara.
Pensé que vendría a golpearme, a reclamarme, a hacerse presente en toda su intimidante pequeñez, sin embargo se queda parada en su sitio sonriendo como aturdida (Hey wait, great smile), atrás de ella parecía haber calma, pero la distancia que había entre nosotros hervía en caos, no debería, pero puedo oírla claramente, por encima de la música, de ese caos que parecía desdibujarse en nuestra órbita. De pronto la empujaron de nuevo mientras sonreía y alejé la vista, nada se pierde (denial).
¿Es eso clavo de olor?
Niego con la cabeza y continúo adelante en una masa que se va poniendo más densa a cada paso, pero aún preciso ver algo del concierto, y dejar de observar las reacciones de la gente, de oír si se saben la letra, si disfrutan en verdad (Tell them now your pleasure's set upon slow release), de rato en rato vuelve el aroma a clavo de olor, moviéndose más lejos, más cerca, a veces con hierba, a veces claramente solo, sin sudor, sin el ahogamiento típico de un concierto con aglomeración. A mis espaldas el pogo intenta empujarme, moverme, no sospechan que mi gravedad es extraña, que no me pueden mover porque ahora mismo no quiero incomodar más.
De pronto, una rama, algo frágil choca con mi espalda, algo que se acomoda, me volteo y la veo siendo lanzada de nuevo, cual muñeca rota, se cae, se para, no la he visto moverse por su cuenta. No parece estar sufriendo tampoco, su cara y sus gestos me dicen claramente que siente todo esto como exhilarante, divertido, necesario, crucial. Me volteo y cierro el límite de la violencia a mis espaldas, la huelo y la siento, una, dos, tres veces más, mi cuerpo se va acostumbrando un poco a su presencia como olas que revientan en mi orilla.
Me volteo una vez más, la miro directamente esta vez, (Sandy, why can't we look the other way?), finalmente cansado de verla lanzada como botella a la deriva la cojo de la cintura, la levanto con un brazo y la traigo delante de mí. Me sorprende, no opone resistencia. La misma violencia me empuja a ella, le agrega gravedad, la siento acomodarse a mi cuerpo, maleable como una membrana.
Bajo el vestido hay caderas de mujer. No la niña que pensé. Su cuello huele fuerte a clavo de olor. Me tienta demasiado.
Pierdo el hilo un segundo.
Esto va a ser un problema enorme, pensó con fastidio, pez fuera del agua.
Unas piernas la incomodaban. Pegadas a las suyas, inmóviles (It's in the way that she walks).
Los brazos alrededor de su cintura, marcando territorio, estrujándola. Voy a quedarme atrapada aquí.
Sintió la urgencia de regresar a su espacio, de tomar acción, pero moverse por sí misma y disipar ese caos, armarlo de nuevo…
Justo cuando había engullido tantos. ¡Ni hablar!
De pronto una invasión más allá de lo físico.
¿Qué es ese olor dulzón que siento encima mío?
Una sensación pegajosa, como de haberse bañado en el mar, algo que se le estaba imponiendo, evidentemente ajeno.
— ¡Hola pared! ¿Se podría saber por qué estás intentando ahogarme?
La soltó un poco, de manera mecánica, era curioso este tipo, cercanía intencional sin incomodidad corporal. Pero podía sentir la violencia contenida, el engaño de la delicadeza. Un ruido que no le permite a ella entrar.
Quizá no era tan aburrido.
— Perdón. No fue mi intención.
Se ríe bajito.
— Me estás oliendo el cuello como perro en celo.
— Hueles bien.
El pogo los empuja. Se quedan pegados un momento más de lo necesario.
— ¿Bien? ¿O huelo como tú quieres?
Él no contesta.
— Deja de hacer eso — dice ella. No se mueve.
— Me gusta más la canela.
— Yo no huelo a canela. — Carcajada corta. — ¿No sabes distinguir?
Otro empujón. Los aplasta juntos. Su mano encuentra la cintura como si le perteneciera.
— Me estás oliendo como si yo fuera alguien más.
Silencio.
— Ya. — Dice. — Esa cara.
Se queda quieta un segundo. Demasiado quieta para el ruido que hay.
— ¿Hace cuánto te está haciendo esto?
Más silencio.
— Sigues esperando. Y mientras tanto haces esto.
Se queda quieto, como si le costara respirar. ¿Un nudo en su garganta?
— Y ella seguro también.
Le rodea el cuello con los brazos y le baja hasta su boca.
— Debajo del vestido huelo mejor — susurra, entonces le lame la lágrima —. Pero igual no soy ella.
Su mano busca bajo la tela casi sin permiso, con una urgencia extraña, entre desesperada y mecánica, como si supiera lo que hace. Ella no se aparta.
Entonces lo siento.
Cabello ensortijado.
¿Mamá?
¡NO!
Lluvia interna, abundante.
Como cuando espera solo en la oscuridad.
Tú traes la lluvia.
Fría.
Color extraño.
Áspera.
Ella no permitiría lo que tú nos haces.
Pero ella no está. Seguimos aquí.
Algo quiere entrar.
¡NO!
Eres peligrosa.
¡Lárgate!
Un destello.
Información.
Este frío.
La lluvia.
Está lejos.
Todo está oscuro.
¡MAMÁ!
Dejas de flotar
Ahora pesas.
Te vas.
Tus pasos… todo tiembla.
De pronto, con su primer paso, el hechizo se rompe, oscuridad (I'll never see this place again), fin del movimiento. La gente se refleja en el desconcierto ajeno, realmente las luces están fallando, la energía con que se golpeaban ha desaparecido, manos ansiosas salen de debajo de ropas ajenas.
Solo quedan el sudor y la vergüenza de algo hecho a media conciencia.
— ¡Wow! ¡Eso estuvo cerca! ¿Qué hace esa cosa aquí?
Hastiada, quitó las manos de él de debajo de su falda con un manotazo. Se sintió tan harta de él como del resto, pero más le incomodó su respuesta:
— Y ahora sucedió, que de pronto te arrepentiste… — Entonó él.
¡Ah! ¡Cachaciento eres!
— ¡Estamos en un concierto de rock imbécil! Si piensas ser útil, bota ese llavero de mierda a la basura. De paso dile que la espera es en vano.
— Y todavía no… Eso no sirvió… — La remató con el estribillo antes de voltearse y caminar fuera.
— ¡Calla, llorón de mierda!
Un par de pasos más y abruptamente: Carajo. Aún estoy oliendo a clavo de olor. La gente alrededor siente un escalofrío sin saber por qué.
De pronto, ¿Garúa? no, lluvia, serrana, áspera, ¿él también?, cierra los ojos y lo ubica más arriba, en las tribunas altas, fumando como siempre. Cruzan una mirada de entendimiento y se despiden.
Bueno, nos vamos, aquí ya se pudrió.
No es que necesite fumar, pero de momento no hay pogo, y tengo espacio suficiente, se que sedarme de este modo no es lo más varonil, pero, a decir verdad ¿importa? Es extraño, una mujer que olía a chocolatada, ¿Estoy recordando mal? ¿Me está afectando la nariz fumar esta vaina?
¿Qué es lo que dijo esa huevona sobre Ollama? Meh, me llega al pincho. — ¿Qué autoridad piensa que tiene?
— Todavía fue, la respuesta cuando me dijiste… Entonó después de expulsar el humo.
Vamos a buscar a esos maricones.
La lluvia intenta apagar mi cigarro, así que chupo más fuerte, no puedo permitirme que uno solo de ellos se apague contra mi voluntad, a estas alturas es un ritual con el cual quiero invocar el recuerdo. Saco a Ollama de su sitio y lo alzo a la altura de mi rostro, le pregunto:
— ¿Crees que nos conteste pronto?
Observo a otro tipo fumando, mucho más arriba, en las tribunas, igual que yo, parado en la lluvia, parece mirarme, me siento ridículo conversando con mi llavero. La única ternura que aplico hoy es a sus greñas mojadas por esta lluvia, lo guardo con amor en mi morral. Siento el olor de mi cigarro invadiendo el ambiente, marcándonos a ambos.
— ¿Crees que él también…?
Lluvia externa, abundante.
Como cuando me sacas y miras sus fotos.
Esta lluvia.
Viene de otra parte.
Él también es peligroso.
Vámonos.
Un tipo, anclado al centro de la lluvia, frunce el ceño. Mira el cigarro.
No son buenas noticias.
— ¿Clavo de olor?