2026FICCIÓN

Going Away

Escrito por Luis

Vine al cine a ver Project Hail Mary. Conseguí un boleto en el medio exacto de la sala para el estreno, es de noche, aún es verano pero no hay bochorno esta noche. Igual recojo una gaseosa helada y una porción grande de palomitas de maíz —siempre dulce— usando un QR cualquiera —las ventajas— uso una de sus bandejas, mis manos son muy pequeñas para los envases.

He llegado temprano —siempre llego temprano— para evitar estorbar a otros al pasar, y para evitar que me tiren las palomitas al pasar, no quiero otra vez tener que pasar el cringe de verlas caer sin poder hacer nada al respecto —una vez incluso le tiré las palomitas en la cabeza a un pelado que se sentaba una fila por delante, me río cuando lo recuerdo, pero casi muero de la vergüenza— entro a la sala y aún no hay nadie, exhalo un suspiro, me siento y acomodo mis cosas.

El cielo nocturno y sus ausencias cobijan parte de mis recuerdos, salir a jugar al arcade con mis primos, quedarnos hasta la media noche, darnos cuenta de que se malograron los postes, tensar las piernas para correr antes de que nos atrape algo, las pocas estrellas de Lima no son suficientes para iluminar el camino, luna nueva, en algún lugar la luz de Luna, pero aquí no.

Mi película favorita es Interstellar, incluso busqué por mucho tiempo una figura de TARS pero nunca pude encontrarla, la escena del agujero de gusano es mesmerizante, el sonido ausente en el espacio, las manos que se comunican a través del espacio y del tiempo, todo es tan íntimo y a la vez enorme, un vacío a punto de consumirme, pero del cual no puedo quitar la vista, me obliga a agarrarme del asiento para sentirme en tierra, es una sensación que me acompaña incluso después de salir de la sala, salgo sosteniéndome de las cosas.

Ya casi no sueño de noche, pero cuando lo hago, sueño con el espacio, en estos sueños estoy rodeada de oscuridad, pero las estrellas son nítidas, veo de lejos el agujero de gusano, como una esfera que se aleja, pequeña pero totalmente nítida, dando vueltas en su propio eje, con luces dentro que se mueven en desorden —parece un rasengan, me pregunto ¿cómo sería sostenerlo en la mano?— veo mi reflejo en la ventana de una nave, casi puedo sentir la ingravidez —o lo que creo que es la ingravidez, nunca la he experimentado realmente— la sensación de flotar en la oscuridad sin rumbo fijo. En esos sueños, siempre acabo acercándome al sol, primero lo percibo en el reflejo de la ventana, luego me acerco sin poder detenerme.

Entonces despierto, y todo despierta conmigo.

Pensando en si podría crear un rasengan pasa el tiempo —pero, pensándolo bien ¿podría? ¿o algo similar al menos? es algo que podría preguntarle al imbécil de Llanos— las luces se apagan, empiezan las promociones de otras películas, ya otras personas han llegado, al parecer se apiñan en las filas del centro, son casi las once, la sala está casi llena —¿el cine está volviendo a nacer?— me llevo algunas palomitas a la boca.

A mi costado un tipo que parece un rinoceronte bufa como si fuera a atacar a una hiena muy malcriada —para mi horror hay un pelado al frente mío, me cuido de tirarle algo encima de casualidad— veo parejas sentadas, agarradas de la mano, puedo oler cerca a un chico con la ropa húmeda, alguien sorbiendo su gaseosa, una mujer que pensé que estaba llorando incluso antes de empezar la película, ahora me da la impresión de que está enferma. Las luces se apagan un poco más, como siempre cuando va a empezar la película y todo se apaga un poco con la luz.

La película es todo lo que esperaba, pero una nostalgia de casa me invade, sé cuál va a ser el giro, nunca fue un héroe, pero su amistad con Rocky me dibuja una sonrisa, de pronto todo sale mal y están en peligro, Rocky lucha por apretar un botón y las luces se vuelven intermitentes, llegado el clímax de la película, las luces se apagan, silencio.

Esta vez la oscuridad tiene la textura de una venda en los ojos, siempre impuesta por alguien más, en la oscuridad en la que ojos que no te prestan atención te rodean es extraña esta idea inconsciente de ser acechado, el recuerdo de regresar a tu casa de noche por el camino sin alumbrado público, los ojos que no te miran, las ventanas cerradas donde se esconde algo, en un descuido, he dejado de sentir la respiración del rinoceronte —no puede haber desaparecido ¿o sí?— la nariz de la flaca goteando, todas las gaseosas se habían terminado, desapareció el olor a humedad, en una oscuridad que duraba ya demasiado —y nadie se quejó— podía sentir gente alrededor de mí, pero más específicamente, podía sentir a la misma persona muchas veces rodeándome. En la oscuridad soy como un gato al revés así que enciendo la linterna del celular sin ningún cuidado —¡Y nadie se queja!— no ilumina suficiente, pero puedo ver a las personas que me rodean, todos pequeños —¿enanos?— todos parecen tener la cara arrugada. Toco la canaleta por la que pasan los cables de iluminación, intento encender las luces, pero no sucede nada —¿estará cortado?— intento acrecentar la luz de mi celular, tampoco funciona.

Una garganta parecida a un instrumento sin mucho uso —o quizá con demasiado abuso— me susurró como quien se da cuenta de que algo se le cayó.

— Haces demasiado ruido con esos intentos.

Mi celular estaba en silencio, no había hecho ruido al agacharme un poco para intentar con la canaleta, no había manera de que hiciera ruido —let alone— demasiado.

— Perdón, trataré de estar en silencio de manera menos ruidosa.

— La luz que intentas convocar es demasiado ruidosa.

El concepto —luz ruidosa— me hizo recordar el meme, ese de oír luces y ver sonidos, pensé que era una broma, pero antes de responder que iba a poner a su interlocutor en arroz, el ¿pequeño? —no sé aún qué es — volvió a hacer ese ruido de bisagra sin aceitar que tenía la audacia de llamar "hablar".

— Estas sillas son muy blandas, no estoy acostumbrado, me incomoda.

— ¡Claro! Deberíamos sentarnos en rocas mejor ¿no? — mucho mejor que ceder al escalofrío.

— Eso es bueno para la columna, además — tocó la silla con descuido — esto no es cuero. Por si crees que lo es, no te engañes.

— No había reflexionado en eso, de hecho me importa poco, no es mi casa después de todo.

— Es normal, poder observar las cosas los hace ignorarlas, es paradójico.

Pero a decir verdad no podía "observar" demasiado, y sabía que ellos tenían mucho que ver en todo este teatro —pero saber algo así es fácil— decidí iluminarle la cara al pequeño más cercano para salir de las dudas.

Preferiría no haberlo hecho.

Una cara de niño con la piel maltratada y pálida, lleva una capucha y el cabello largo, oscuro, se tapa con las manos instintivamente del haz de luz y ese gesto me causa un espasmo involuntario, no por la rapidez del movimiento, sino por la inutilidad, detrás de esas manos encuentro unos párpados cosidos, no se dibuja la circunferencia de unos ojos dentro de ellos, alguien les ha sacado los ojos, por un momento me fallan las rodillas, algo subiendo por mi garganta me produce una arcada.

— ¿Podrías dejar de iluminarme la cara? me incomoda. Además es de mal gusto vomitar al ver a alguien ¿podrías no hacerlo?

— Pero tú...

— Sí, sí, entiendo lo que te preocupa, no tengo ojos, no es tan feo como piensas, no hagas drama, no puedo ver la luz, pero puedo sentirla.

— ¡Ah! sientes el calor, ¿o algo así?

— No, tú estás pensando en algo como el fuego, es algo diferente.

El niño levanta su brazo para poder mover hacia atrás la capucha que lleva en la cabeza, me sorprende la manera en que evita mi brazo al hacerlo —no debería poder saber que mi brazo estaba ahí— siento el cabello caer, podría haber jurado que era calvo, pero quizá era solo una idea nacida del hecho de que luce como un monje.

Se para y la oscuridad lo hace uno más de ellos, me paro por inercia y los demás conmigo —¡un momento! ¿me he parado y me han seguido? ¿o me he parado con ellos?— hacemos un solo ruido, estruendo de rayos que castigan al mismo árbol. Empezamos a salir de nuestros asientos, pero sigo sintiendo que es la misma persona moviéndose una y otra vez —¿y yo?— me muevo sola cuando el que está a mi lado avanza a la derecha para salir al pasillo de la sala.

Lo primero que hago es tropezarme un poco y sacar el celular para que ilumine un poco.

— Con eso no vas a poder guiarte en verdad. Cierra los ojos.

— ¿No me va a pasar nada? esto ya es bastante extraño.

— No, la verdad podría ser lo contrario, nos temes porque nos consideras extraños, pero tú eres extraña para nosotros.

Cierro los ojos y entiendo que el consejo era más bien algo práctico para ellos, es posible que los hiciera demorar con los ojos abiertos. Todo se ve como si las luces estuvieran prendidas. Pero más bien como si una luz naranja estuviera prendida. Todos son niños, todos tienen los párpados cosidos, instintivamente llevé las manos a mis ojos —¿qué buscaba comprobar?— con alivio los encontré sin costuras, igual cerrados.

En ningún momento pensé en abrirlos.

— Veo que vas entendiendo. Yo también aún hago gestos inútiles, como taparme los ojos cuando siento la luz.

Los niños nos rodean, se agarran de la mano, chocan sus manos con las paredes, con los bordes de las puertas, con las barandas, rebotan al tocarlos, nunca desaceleran, siempre mantienen la distancia adecuada entre nosotros —¿por qué hacen esto?— como un erizo de helio rebotando en los techos.

— ¿Por qué siguen tocando las cosas así? ustedes también deberían poder ver en estas condiciones, ¿no?

— No, nosotros no somos iguales, tú tienes imágenes en la cabeza, nosotros hemos perdido eso hace un tiempo, pero eso está bien, no tenemos miedos, es solo una cosa práctica el evitar las superficies.

— ¿Quiénes son ustedes? — debería haber empezado por esa pregunta.

— Solo somos visitantes importunos, digámoslo así ¿no te dijo Llanos de nosotros?

— No, no puedo contar para nada con ese imbécil.

Empujamos la puerta anti incendios para salir del cine y me flaquean las piernas, me descubro estirando la mano para tocar algo, lo que sea, pero me doy cuenta a tiempo, un sudor frío cae a la comisura de mis labios, todo está absolutamente vacío, pero a la vez es como si sintiera la energía de la gente alrededor. No es como sentir a estos niños cerca, ellos no tienen una presencia de la cual darse cuenta.

Las paredes están inmaculadas, blancas, no recuerdo que este fuera el color, las manos de los niños se pintan por un momento, pero toda mancha es efímera. Puedo ver que las plantas del paradero de taxis están enormes, pareciera que llevan años en el mismo descuido que les permite ser libres —¿perniciosos nosotros? ¿las personas? naaaaa ¡qué va!— pero sigo sintiendo la presencia de los demás como una fiebre, después de un momento entiendo. No son otras personas, algo está acechando aquí.

— ¿Es seguro estar aquí? siento algo raro alrededor de nosotros, cerca.

— Lo notaste, hay algo que no debería, pero no es por aquí, tampoco nos busca, es algo intentando regresar, de nuestro lado no puede ni siquiera encontrarnos.

Volteo la cabeza mientras pienso —algo que quiere regresar— no es algo que solo acecha, siento una persona de todos modos y algo menos descriptible, algo que fue enviado lejos de donde podría hacer daño —un momento— miro al niño.

— ¿Estoy atrapada aquí? ¿también soy algo que quiere regresar?

— No.

Me gustaría mirarlo a los ojos para saber si es sincero —¿funcionaría solo verlo profundamente? parece poder percibir la luz, ¿percibirá mi mirada inquisidora?— nos cruzamos con una ventana y nos detenemos de golpe —¡un momento!, me he detenido yo, y ellos inmediatamente han reaccionado como si los frenara— veo gente caminando en el reflejo, no nosotros, gente normal, parejas, imagen invertida que acentúa con sus colores la rareza de estas paredes blancas.

— Aquí las cosas artificiales no necesitan color, nuestra ropa era blanca, ahora es del color del tiempo transcurrido.

Claro, claro, del color del tiempo transcurrido, eso me lo deja todo super entendido, —¿por qué la gente con la que entré al cine está andando en el reflejo y no hay nadie aquí?— me dan ganas de ahorcar al enano críptico este y zarandearlo hasta que se vuelva a expresar como un niño de nuevo, pero no sé —¿volverse solemne y críptico es lo que sucede si te sacan los ojos?— de inmediato volvemos a andar, no ha pasado un rato y nos freno de nuevo, sé que mis ojos están cerrados, pero siento algo que resbala por mis mejillas, por fuera del estacionamiento un cielo estrellado y totalmente negro, la vía láctea, todo es visible, ni siquiera tengo tiempo de preguntar antes de que me hagan el comentario.

— No tenemos luces artificiales, son molestas, lo que ves como luz es parte de la contaminación que traes, y aún así las estrellas y su luz son demasiado tenues para nosotros, nosotros vemos lo que podemos sentir.

No pude sino pensar que era un desperdicio ese cielo estrellado sin nadie que lo aprecie, ¿qué llevaría a los niños a apreciarlo? tocar las estrellas suena poético pero es abstracto, quizá si tuvieran perros que aullaran a la Luna. Otra vez la sensación de aquello que busca regresar, un poco más clara, por ratos una persona, por ratos algo más extraño, pero ahora también algo más pequeño. Algo que me percibe también, no estoy sola en la sorpresa.

Entramos a una cafetería frente a la puerta del cine, las mesas tienen las sillas encima, está totalmente vacío, pero no tengo la sensación de que haya un eco que me devuelva los gritos, en el mostrador una fuente con un café con leche y un croissant. No hay nadie a la vista que pueda decirse que lo haya preparado, por la puerta entreabierta de la cocina se ve un pasillo que incluso en mi situación se pierde en la oscuridad.

— No vayas a pensar en investigar, alguien está cocinando y no tiene suficientes insumos.

— ¿Qué clase de insumos usa? — creo que he entendido pero que me niego a vivir con la implicación.

— El café y el pan son tuyos, vamos a una mesa.

Todas las mesas —menos una en el centro— estaban ocupadas por los niños, que se dedicaban a tocar la mesa de arriba a abajo y sonreían. Me senté en la mesa libre con mi interlocutor y toqué por un momento la madera, era una sensación agradable, como si entendiera mejor la mesa y su necesidad.

— ¿Estás cómoda con los ojos cerrados?

— No —mentí— pero estoy obligada a tenerlos cerrados para ver aquí, ¿no?

— No, nadie te obliga a nada, solo te es más cómodo porque si no, no serías capaz de ver bien, pero igual podrías ver algo.

Era cierto, con los ojos abiertos podría ver igual, aunque fuera poco. —¡Ni siquiera estoy viendo algo real!— pero yo estoy aferrada a la luz y ahora a las estrellas. Me pregunto si sería capaz de abrir los ojos sabiendo que puedo perderlas, manteniéndome así estoy renunciando a todas las fotos que pude haber tomado.

Hay algo siniestro en esta facilidad con la que renuncio a todo.

— Esta es tu piedra de nutria, piensas que el impulso del escape es bueno, algo tuyo, también te han arrancado los ojos, solo que parcialmente, ya no te caben tus anhelos, por eso este lugar te los recuerda, para nosotros es cualquier cosa, te aferras a promesas que tú sola te impones, te deprimes viendo tus sobres sin dirección de entrega.

— Debería abrir los ojos entonces, ¿no?

— Aún no, una vez que encuentres lo que necesitas, pero si debes abrirlos eventualmente, hay algo que te quiere aquí.

— Ustedes.

— No, ni siquiera te hemos llamado nosotros, solo sabemos lo que necesitas, porque lo vienes gritando.

— ¿Y qué es eso que necesito y que pido a gritos?

— Tú ya lo sabes, por eso no abres los ojos, esas luces que no nos bastan son especiales para ti. Pero no puedes quedarte aquí por más que quieras. Algo aquí debe despertarte.

Me tomo el café con leche, está rico, pero hay algo extraño en él, me recuerda a algo dulce, algo que ya he comido —¡claro! ¡rollos de canela!— el café tiene canela y algo de chocolate.

— Algo está repartiendo olor a canela sin permiso en Lima —me dice, luego con voz acusadora, aunque sin levantar el dedo brotalapus continúa— no sé qué hacen ustedes que no pueden encargarse del tema, pero si sigue así va a terminar por alterar algo que no pueda cambiarse.

— Zurita no está seguro de si él está haciendo algo "sin darse cuenta", la verdad lo entiendo menos de lo que te entiendo a ti, leer demasiados libros también hace daño según parece.

Nos paro y salimos juntos, mamá ganso rodeada, me doy cuenta que no he pagado, pero tampoco es como que esperara que me cobren.

— ¿Realmente he tomado algo?

— Sí, y nos hemos ido sin pagar, sería mejor no volver a entrar o te van a exigir que pagues, y probablemente olvides algo que aprecias a cambio.

Entramos a lo que debería ser Ripley. Un sinfín de maniquíes sin ropa, todos en poses extrañas, como si estuvieran realizando actividades reales, incluso uno tiene la espalda medio encorvada como si estuviera mucho tiempo sentado frente a una pantalla, alguno pareciera cargar algo en su espalda, y otros directamente cargando otro maniquí, toda la ropa está en el suelo, pero toda es del mismo color blanco ahumado.

— Avísame si piensas que alguno se ha movido ¿ok? pero no vayas a volt...

Sin embargo ya había volteado a ver, ahora un par de maniquíes que estaban cargándose el uno al otro, parecían agarrados de la mano y como dando un paso hacia nosotros.

— ¡Muy tarde! ya volteé apenas me pediste que te avise, un par creo que se han movido, no se ven como antes.

— ¿Vienen hacia nosotros?

— Sí, pareciera que han dado un paso hacia aquí, pero, también deberías poder verlos, ¿no?

— No, nosotros no vemos nada, no tenemos los ojos cerrados y ya hemos perdido las imágenes, incluso las mentales. Si se han movido y parecen dirigirse hacia aquí es mejor que nos vayamos al segundo piso, no pueden subir, ¿puedes volver a ver si se han movido de nuevo?

Me volteo nuevamente, han cambiado el pie que tenían en el suelo y parecen estar un par de pasos más cerca, esto me asusta y sin querer abro los ojos —¡maldita sea!— no son dos maniquíes, cierro los ojos inmediatamente, pero se me queda grabada la desnudez, la cara de desesperación, el enojo en sus ojos inyectados de sangre.

— Sí, han avanzado al menos dos pasos, me asustaron y abrí los ojos, esos no son mani...

— ¡No lo digas en voz alta!

— ¿Por qué? ¡Un momento! Tú ya sabías...

— Nunca invoques nada que te pueda dañar, ¿nunca te han dicho eso?, tú no comienzas a querer especialmente a tu mascota hasta que le das un nombre, ¿no? ustedes lo han olvidado, olvidan demasiadas cosas. Ahora que ya has volteado, voltea cada cierto tiempo para que los detengas, una vez subamos ya no pueden seguirnos.

— ¡Tú ya sabías que eran personas!

Intento hacernos correr pero no me responden, ni ellos, ni las piernas. Volteo la cabeza constantemente para mantenerlos alejados, sospecho que ellos entienden que estoy cumpliendo mi labor y no se apuran.

— No los pierdas de vista, voltea cada cierto tiempo, debemos subir todos antes de permitirles avanzar más rápido.

— ¡Eso estoy haciendo! además no me estás respondiendo ¿qué sucede si nos alcanzan? ¿por qué no me dijiste que son personas? ¿quiénes son?

— No lo sé, eso depende de ti. No son personas, o mejor dicho, ya no lo son. No sé quiénes eran, cada uno tiene una historia distinta, pero todos llegaron aquí por algo, nosotros solo recibimos a las personas luminosas, solamente recibimos, tampoco decidimos traerte, ya te lo dije.

— ¿Cómo depende de mí? — estaba cansándome de sus medias explicaciones, de las cosas que se callaba, pero no tenía en qué más aferrarme.

— Este lugar está respondiendo a ti, lo que ves, es lo que decides que quieres ver ¿qué crees que pasará si nos alcanzan? No es retórico, es mejor que lo pienses y me lo digas.

— ¿Nos matarán?

— Eres demasiado simple, deja de pensar en esa tontería antes de que el miedo decida por ti.

El resto de los niños subían a la escalera eléctrica por pares y guardando la distancia, mi interlocutor y yo parecíamos haber decidido subir últimos, pero en verdad nadie decidió nada.

— Nos convertiremos en eso mismo y los que nos pongan las manos encima se liberarán.

— ¿Por qué quieres sentirte culpable de no dejarlos atraparte?

Aún estábamos a la mitad de la migración, sabía positivamente que no corría peligro si seguía mirando, pero no podía mirar sin recordar lo que había visto al abrir los ojos, el recuerdo despertó algo en mi cuerpo, nuevamente una arcada, pero esta vez sí vomité.

— Ni ellos mismos saben qué nos harán, pero no va a ser nada bonito. Están resentidos con nosotros por no ser así.

Volví a voltear, se habían acercado mucho mientras vomitaba, tenían las manos estiradas, por un segundo tuve la tentación de tocarlos, algo me jaló de la manga y volví a la no realidad.

— Eso es mejor. Y es exactamente lo que va a suceder si nos alcanzan, podemos huir tranquilos sin sentirnos culpables.

Éramos los últimos, podíamos subir tranquilos.

En el segundo piso no habían maniquíes, estaban estantes vacíos, pedestales vacíos, no había ropa en el suelo, habíamos vuelto a la formación de erizo que teníamos antes de la migración. Pero pude darme cuenta de la música, de que no habían sonidos similares antes, pero ahora había una música como de xilófono, punteos infantiles un poco apagados que se repetían apenas terminaban.

— ¿Puedes decirnos qué hora es por favor? — su voz no más conmovida que si hubiera preguntado por la sal.

— Son las 2:34 — la hora ha pasado rápido, pero no entiendo a qué viene la pregunta.

— Vamos a sentarnos y no nos vamos a mover, no contestes de ninguna manera, tampoco me contestes ahora mismo.

La luz empezó a disminuir, como si se formaran sombras alrededor de nosotros y estuviéramos iluminados por un cañón de luz tenue, siento la tentación de abrir los ojos nuevamente, pero quizá termine deshidratándome, una niña, camina sola al centro de la luz, viene caminando de espaldas, voltea la cabeza de un lado a otro, pero nada es natural en sus movimientos, son más grandes y elocuentes de lo que deberían ser, como si llevara ropa demasiado holgada, aparatosa, y no supiera manejarse con ella. Finalmente voltea a verme —se me hizo casi imposible quedarme callada— una niña pálida de pelo gris, con ojos enormes negros, como los de un insecto, siento que me observa, pero que no le importo y sigue su camino, desaparece entre las tinieblas más allá del foco de luz mientras produce un chillido similar al que escucho en los bosques llenos de mariposas.

No había terminado de irse cuando apareció otra mujer más grande y pálida también, incluso más que la niña, con el pelo beige y un par de protuberancias parecidas a antenas que le salían de la cabeza, llevaba un sobretodo beige con remiendos, a diferencia de la niña, parecía moverse al compás del xilófono, como si fuera una especie de danza, pero nunca hacía movimientos completos, como si algo la tuviera atada y solo llegara a cierto límite en sus movimientos. Cuando volteó a verme pude darme cuenta de que no tenía córneas, irises ni pupilas, en cambio tenía líneas concéntricas casi en el espacio en el que debían estar las córneas.

Con esos movimientos monstruosos que seguían el ritmo del xilófono se acercó y se agachó como si estuviera observándonos —su rostro no me dio el mismo asco o terror que otros que había visto ya esta noche— esta vez sentí que me observaban detenidamente, con una voz que parecía nacer de un lugar distinto a una garganta comenzó a preguntar.

— ¿Has visto a mi hija? es una niña con los párpados cosidos y la piel blanca, un poco arrugada, viste una túnica gastada y percudida.

Mi interlocutor se quedó inmóvil y callado, como si fuera de piedra. La mujer le hizo la misma pregunta a tres más de los niños antes de dirigirse a mí.

— ¿Has visto a mi hija? es una niña de ojos marrones, pálida y luminosa, con el cabello ondeado, llevaba puesto un pantalón pegado y una blusa celeste.

También me quedé callada e inmóvil, pero pude ver que algunas lágrimas bajaban de esos ojos vacíos. Las lágrimas eran color ámbar, y parecían viscosas, no era alguien a quien pudiera consolar en verdad, pero me causaba un desánimo inmenso. Pasó a preguntar a un par más de niños la pregunta genérica para ellos y la niña reapareció, haciendo el mismo ruido de antes, intentaba aferrarse a la ropa de la mujer, pero sus movimientos ondeados no parecían permitirle ese acercamiento.

La luz fue gradualmente regresando a su nivel normal mientras la mujer se alejaba, seguida de la niña que seguía dando los chillidos, pero ahora entrecortados. Las vi alejarse por el pasillo a una sección donde las ventanas parecían no tener vidrios.

— Ya podemos irnos — comentó mi interlocutor sin abandonar el tono aburrido.

— ¿Qué habría pasado si le contestaba?

— Eso no lo sé ¿qué piensas que habría pasado?

— ¿Importa ya a estas alturas? — no quería imaginar algo macabro en ese momento.

— Entonces ¿para qué preguntas?

— Nunca sé por qué pregunto estas cosas, no me calman.

— Jajaja, le temes a los insectos ¿no?

Recordé correr entre las calles sin postes de noche, haber visto una bolsa rota con algo podrido que casi me hizo vomitar, llena de cucarachas cuyas antenas se movían independientes la una de la otra. Había corrido más fuerte, la mezcla del asco y del miedo me había dado un segundo respiro.

— No, para nada, jugaba con tarántulas de niña.

— Las arañas no son insectos, y es evidente cuando me mientes.

— Es posible que no, pero probablemente son más peligrosas aquí.

— No hay probablemente aquí, pero ya estamos seguros.

Salimos al pasillo por la puerta lateral de Ripley del segundo piso, las escaleras eléctricas que subían y bajaban estaban bloqueadas con avisos de limpieza, el suelo alrededor estaba mojado y probablemente resbaloso — no hace mucho que alguien estuvo aquí — estropajos descansaban en las barandas, pero no había nadie alrededor.

— Será mejor que sigamos de frente, no vayas a pisar el agua —

— ¿Y tú cómo sabes...?

— Hace un poco más de frío, pero solo en un lado.

Solo entonces me di cuenta de que sentía como el viento del aire acondicionado que pasaba por mis pantorrillas, pero muy vago, como una puerta de vidrio demasiado limpia que no notas hasta sentir el golpe en tu nariz — pero, ¿por qué la advertencia? — seguimos un poco más, hasta que me habló nuevamente.

— Bueno, ya estamos lejos, no hay motivo para que nos alcancen aquí.

— ¿Quiénes?

— Ya no importa, estamos cerca.

— ¿Cerca? ¿De dónde? — a veces quisiera ahorcar el cuello grupal de estos enanos pecho frío, imagino que se arrancaron los ojos entre ellos.

— Hay algo que debes encontrar, me da curiosidad saber qué será para ti, para Llanos fue un steak house.

Seguimos caminando y dejamos atrás el Starbucks del pasillo, huele a café quemado, pero huele dulce, no estoy segura de si es canela nuevamente, al costado una tienda con las ventanas oscurecidas no nos refleja, esa vista de una superficie oscura me hace cerrar una mano que no tiene nada a que aferrarse.

De pronto unos dedos pequeños quedan encerrados en mi mano.

— No puedes ver nada, porque solo se puede observar por dentro, es hora de que entres, pero antes cuéntame ¿qué es?

— Entonces, ¿no puedes...?

— Jajaja, no, yo no puedo ver nada, no sé si entiendes.

— ¿Y cómo supiste que era un steak house lo de Llanos?

— Podía oler la leña quemándose.

Había un letrero de Fujifilm, una puerta de marcos grises con lunas polarizadas mate, una luz medio naranja, cálida, se derramaba por la puerta, el afiche de una cámara Instax colgaba de uno de los escaparates.

— Es un estudio fotográfico.

— Qué conveniente.

— ¡Vamos! será irónico verlos rodeados de cámaras.

— Ese lugar es solo para tus ojos, si entramos vamos a separarnos, preferimos seguir agarrados.

Entro en la tienda, siento algo que no sé definir en español, pero el concepto sería coziness algo demasiado cómodo, en la luz naranja encuentro nostalgia, pienso si la palabra cocina viene de ahí, es el lugar más cálido de la casa. En los estantes cámaras antiguas, de rollo, algunos videojuegos en cartucho, entre ellos juntos los 3 Rockman X para Super Nintendo, seguro Romaña mataría por ellos, pero no me atrevo a tocar nada, escucho un sonido, no tiene sentido, pero no estuvo hecho para tener sentido.

A dosce tu dati re
Ezu sai-ha
Thirty auguso
Noman

¡Claro! Plus, no tardé en recordar, es más bien triste, hay una flecha para los encargados del lugar, pero no hay nadie — quizá yo debería encargarme aquí — la música suena más fuerte en la trastienda, las flechas señalan ahí, abro una puerta que chirría a pesar de la grasa que cae de sus goznes.

Dentro, un foco rojo, fotografías en líquido, varias colgando de un pequeño tendal, es un cuarto de revelado, hay varios rollos sueltos, negativos en la mesa, nada parece descuidado, pero a la vez nada parece haber sido ordenado, es el desorden de alguien que igual busca las cosas sin verlas, estira el brazo hasta encontrarlas, encuentro una foto en la mesa, está apoyada en un marco, pero no enmarcada, puedo ver a alguien, pero no claramente, incluso si tengo miedo de los resultados, abro los ojos.

Dándome la espalda observo un cielo estrellado, un cielo que solo debería existir en lugares especiales, no lo recuerdo, pero ahí está, en el suelo los Amancaes florecen, amarillos, brillantes, congelados en un tiempo incorrecto. Tengo la impresión de que en cualquier momento voy a voltear a saludarme, a recogerlos, pero nada se mueve, ni esas estrellas, ni yo, solo los Amancaes dan la ilusión de mecerse con el viento.

Están las otras fotos colgadas del hilo, sostenidas por ganchos, veo otras personas, pero entiendo que solo esta es mía, la guardo en el bolsillo de la blusa. Con los ojos abiertos, la tienda es más fría, no hay cámaras, son estantes vacíos, solo hay fotos de lo que debería estar ahí, de gente sosteniendo los productos, felices, tristes, tomándoles fotos a otras personas, jugando con sus amigos, esta vez la flecha me señala la puerta, hay un letrero de neón en la salida.

Otsukaresama desu

— Adiós a ti también.

Salgo sin voltear a ver, todo está oscuro, pero los niños siguen siendo los mismos. Todo es lo mismo, solo que al revés, a lo lejos puedo escuchar el ruido del agua que se derrama. Claro, no debemos interrumpir. Cierro los ojos para dejar atrás la oscuridad por un momento, cuando lo necesite volveré a abrirlos.

— Encontré una foto, es mía, pero no he hecho lo que sale ahí, ¿quieres ver...?

Recuerdo y me callo.

— Sí, me encantaría verla, ¿me la pones enfrente? — me dice sin que parezca sarcasmo.

Le coloco la foto cerca del rostro, estira sus manitas y mueve las mías, como encuadrando la foto que cuelga de un marco torcido. Hace esto una o dos veces, luego baja las manos.

— Te ves mejor en persona.

Esta vez nos reímos todos. Pero a diferencia de antes, la risa avanza como un dominó, se van riendo y transmitiendo la risa a través de sus manos, es un bonito caos.

— Vamos yendo al ascensor, es hora de salir.

Recorremos en silencio el patio de comidas, las cocinas están funcionando, puedo sentir el calor, el olor, alguien, en algún punto, está poniendo su mejor esfuerzo para cumplir con su tarea, claro — otsukaresama desu — no hay miedo cuando me rodea toda esta gente.

En una de las mesas, la mesa con la que justo me choco casi al salir, algo brilla, es una cadenita con un dije triple, una cámara, un mundo en forma de corazón y una brújula, tiene un pedazo de hoja de cuaderno con unos apuntes, solo puedo leer una parte.

y es mi misión buscarte, a ciegas, sí, pero intuyendo dónde estás porque mi corazón te persigue.

Sé mi brújula una vez más.

— Entiendo, estos son los hermosos recuerdos de alguien más, están tirados aquí bajo la luz que ilumina lo perdido. Vamos a honrarlos entonces.

Me guardo la hoja en el bolsillo, junto con la foto, me pongo el colgante, siento una nostalgia prestada inmensa, esto sabe que nunca llegó a su destino — ¿qué clase de persona puede haberte rechazado? — vamos a cargar con estos recuerdos ajenos, alguien debe llevarte, no mereces quedarte aquí.

— ¿Qué debo hacer para que alguien me escriba algo así?

Seguimos caminando, los carros están todos en sus sitios — o quizá son otros — todos están apagados, pero algunos suenan a nuestro paso, una alarma corta. Nos detenemos en los ascensores y llamo uno.

— Hasta aquí es donde podemos acompañarte, cuando subas al ascensor no necesitarás señalar adónde vas.

Ahora siento que estoy soltando una pared después de haber visto una película del espacio, no tengo de donde sostenerme más, me agacho para despedirme. Mi interlocutor se empina un poco y me da un beso en la frente.

— ¡Anda ya vete, es tarde!

Se voltean y se quedan parados, no pueden ver que me voy, pero... Yo también les doy la espalda al subir al ascensor, no me volteo mientras se va cerrando.

— ¡Otsukaresama desu, gaki-dono!

Entiendo que no debo tocar nada, el ascensor sube lentamente, no hay música, el único sonido es el que hace la polea del ascensor, a pesar de la despedida con ellos, no me siento derrotada, y este es un paso seguro hacia el lugar al que finalmente debo ir.

El ascensor se detiene, mientras se abre para dejarme salir, siento vibrar mi celular, observo la pantalla de bloqueo, he recuperado señal, de golpe me llegan 7 mensajes, no hay llamadas, no necesito revisarlos ahora mismo, salgo al techo del estacionamiento y me quedo muda.

Una noche inmensa sin nubes que la oculten, puedo ver la vía láctea y las estrellas, puedo reconocer las constelaciones, las nubes de polvo estelar. Siento que las rodillas me flaquean, esto es probablemente más de lo que esperaba, confundido con el cielo, encuentro un espejo al centro, hay estatuas a los rincones, pareciera más el techo de un edificio antiguo, seguro hay cornisas más allá de las estatuas. Levanto la mirada a las estrellas una vez más, no tengo donde sostenerme, parece que los tutoriales se han acabado, es hora de montar la bicicleta en dos ruedas, avanzo hacia el espejo, yo ya sé qué significa, pero sé que voy a sentir nostalgia de este cielo, lo observo detenidamente para no volver a olvidarlo, una vez más, mi cuerpo es un trípode, pero es mi mente la que captura la fotografía.

Llego al espejo y me observo.

Esta vez sí me miro, estoy de frente, pero no es mi reflejo, hay una noche oscura y nublada, sin estrellas, y yo estoy en el centro, sosteniendo un ramo de Amancaes, las flores brillan por sí mismas, son las mismas que aún deben estar florecidas en las lomas, las encuentro bellas, reales, pero al reflejo le falta el cielo, entiendo y abro los ojos.

La vía láctea y las estrellas se ven en el espejo, aún tengo el ramo de Amancaes en la mano, pero ahora puedo ver el colgante también con el dije triple, estoy sonriendo, levanto la mirada sabiendo que voy a ver, el cielo es el de Lima ahora, sin estrellas, veo cerros, edificios, las estatuas no están en su lugar, están más cerca, eso también lo entiendo, estiro la mano hacia el espejo y mi reflejo lo hace conmigo, nos tocamos, siento el calor de siempre, como si esto fuera otra piel, mantengo los ojos abiertos incluso si esta vez me marea. Sin dudarlo regreso a donde vine.

Adiós a ustedes también.

Comentarios

Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

Compartir