2026FICCIÓN

La Furia de Pachacámac - revisado

Escrito por Luis

I'm free to be whatever I
Whatever I choose, and I'll sing the blues if I want
I'm free to say whatever I
Whatever I like, if it's wrong or right, it's alright

Es de noche y te encuentras — ¿te encuentras? — tocando el cemento de una pared mientras caminas, porque eso viste en una serie y te pareció super cool, tambalearte un poco a propósito, como si hubieras hecho un gran esfuerzo, hace frío y fumas esos cigarrillos negros con olor a canela, solo porque son negros, nada más.

Las volutas de ese humo que dejas como señales, marcan la pista de aterrizaje para cualquier posesión que te permita expresar cosas tan banales como la lujuria, o los besos sin amor. Al final, llegado el momento, a peores cosas te has rebajado, ¿por qué entonces detenerse a pensar antes del beso, si la boca está sedienta de mentiras?, a milímetros de distancia, es demasiado tarde para engañarse.

— ¿Por qué estás tan cerca de mi cara?

La miras y piensas sorprendido en lo hermosa que es, en lo raro de querer comerle la boca, pero no querer — ¿porque no quieres, no? — acostarte con ella.

— Porque quería ver tus ojos de cerca, ¿no ves que eres ojiverde?

No lo es, pero a diferencia tuya no se apoya en nada, ni fuma por pose cigarros negros, pero si te consume a ti, también por pose, la sola idea de no desearla es un grito en el bosque.

— ¡Ah! ¡estamos graciosos!

Te mira y si bien no es ojiverde, sus ojos arden, conoces esos ojos desde que irrumpió en tu vida, parados los dos frente a una pila de basura quemándose, tú solo querías ver algo arder, ella estaba desabrigada en el frío y vino a cobijarse, te contó que se había escapado de casa, que no tenía donde dormir.

Aún sigues queriendo ver algo arder, por eso ella sigue aquí.

— Bueno, siempre nos reímos juntos, ¿no?

— Ya casi no hay siempre entre nosotros, a veces creo que ya no hay nosotros entre nosotros, no sé si me comprendes.

— Debo ir a dormir hoy, no es como que sea tu perro.

— Pero me gustaría hacer algo distinto esta noche.

Identificas el mecanismo, una vez más quiere crear un recuerdo, no sabes por qué esa manía de construir cosas que recordar, no tienes ganas ahora mismo de sentarte a ser copiloto en una pista que intentas olvidar. Solo intentas conversar de cualquier cosa mientras escapas al centro.

— Dormir sería algo distinto, ¿sabes?

— ¿Juntos?

— Ronco y pateo, además me resulta difícil compartir la cama.

— Sí, te estoy viendo patalear desde que llegué.

Caminan doblando a la derecha en cada esquina, Lima es un laberinto que convierte todo en historia que contar durante el invierno, la garúa los esconde as usual, sientes una mano en tu cabeza, te despeina, por un segundo el impulso de levantar la cabeza y pegarla a la mano.

Te sobrepones y te apoyas en la pared, ella se apoya a tu costado, huele a tabaco, una mujer no debería oler así, pero no te disgusta — eso no es lo que te disgusta — hay algo en ella sin embargo.

— Dame un cigarro Dextre.

— Anda cómprate ¿quieres? no soy millonario.

Te quita el cigarro que acababas de prender de la boca, se lo queda, te mira como retándote a recuperarlo, pero ahora debe tener labial barato en el filtro.

— Sé que te gusta el negro, pero, ¿debes fumar esta cosa con sabor a canela?, la mujer entre los dos soy yo.

— Si no te gustan deja de robármelos, me harías un favor.

— ¿Sabías que hay un portal a otra dimensión en Canevaro? la gente se pierde y ve cosas extrañas, ahí no se sintió el terremoto.

— ¡Hablas huevadas!

Pero tú también tienes tus cosas, tu sistema de creencias — ¿Le has hablado de Pachacámac? — seguro que no — Supuestamente Lima y toda la costa eran dominio de Pachacámac, los temblores son una muestra de su furia dormida, cuando se canse de nosotros su furia destruiría a los idólatras — Sospechas que anda demasiado fastidiado últimamente, el terremoto, nada es casual, de noche Lima camina en puntillas, este silencio es prueba.

¿Cuál es el límite de su paciencia? hemos tenido una muestra, pero las cosas no volaron en pedazos, no crees que esté haciéndose el cojudo todo este tiempo, sospechas que la depravación de Lima no es suficiente. Está garuando de nuevo, y las casas son grises de noche, solo las luces naranja de los postes iluminan el camino, como buen diseñador sabes que el naranja combina con el negro, te agrada.

— Me gustaría ir a ver esos portales, los de Canevaro.

— Buena suerte, me traes un recuerdo.

— De qué hablas, ¡vamos! una mujer delicada como yo no puede ir sola hasta allá.

Están parados en Quilca, debe ser más o menos las once, un gato — gris para variar — se cruza, ves cómo se distrae, tu manera de mirarla de reojo es una señal que ella no entiende, sabes que no debes esperar una reacción, pero te da flojera decir las cosas de frente.

— Si quieres ir, deberíamos empezar a caminar, ya es tarde.

— ¿Qué pasa con esa voz? ¿Te molesta acompañarme?

— Me molesta existir hoy día.

Se van internando en la noche, cada tantos pasos se atrasa y se coloca del otro lado de donde estaba, pareciera que orbitara en relación a ti, es gracioso pensar que tienes tu propio satélite, pero es peligroso, ya sabes qué significa una Luna para las mareas. Te confunde, nunca sabes por dónde va a decidirse a atacar. Arrastrado por la fuerza de esa marea, sales a una Wilson inundada de luces de neón.

Te ocultas el hecho de que hay hilos que te manejan sin que los puedas cortar — ¿sin qué quieras hacerlo? — ella sabe que estás pataleando en el agua.

— Te molesta de la manera en que me molesta que haya menos nosotros, seguro que cuando recuerdas como nos conocimos siempre dejas fuera que nos acostamos ese día. ¿Te doy vergüenza? seguro que sí, pero igual no te me vas, ambos sabemos por qué.

— Tengo una vida fuera de tu cama, ¿sabías? ¿quizá estoy molesto por otra cosa?

— Y ¿cuáles son esas otras cosas? ¿no puedes decidir entre si rosado o melón?

Por primera vez te ríes, la miras, está descuidada — ¿En serio te da vergüenza? — pero su belleza pasa por encima del descuido, ella no es la que te da vergüenza.

— Tu ropa no combina.

— Perdóname por no ser tan femenina como tú.

Todavía sabe qué botones tocar, pero ahora no estás tan convencido de que no la estés ayudando, sales a la calle con los botones expuestos.

— Eres una machona, qué puedo hacer.

— Entonces debería ir yo arriba, ¿no?

— ¿Sabes que con eso no es el fuck you que estás pensando?

Esta vez se ríen los dos, pasan por una calle de una sola vía, casi no hay vereda, los carros vienen en sentido contrario al suyo, caminas por la pista, de vez en cuando las luces de un carro te obligan a pegarte a la pared, pero las cosas han cambiado — ¿Lo han hecho? — ya no te aprovechas de lo pequeña que es para arrinconarla, pero estira la cabeza y las palabras te llegan.

— ¿Qué pasaría si fuera yo la que dice que no?

— Ni mierda, la verdad — pero lo dices demasiado enojado, te sigues vendiendo.

— Ya tengo mi respuesta — y sonríe.

Siguen caminando, enciendes otro cigarro, sabes que va a suceder, pero no sucede, en cambio encuentran una emolientera y se detienen a comprar. Obviamente sería más épico decir que van a tomar ron de a pico de la misma botella, pero no es así.

Pasan por Plaza España, alguna gente todavía está tomando en el parque, hay quienes escapan de ahí al centro, buscando los lugares de presión atmosférica baja, se cruzan con ustedes, nadie levanta la cara, se evitan, y es la única manera de relacionarse que tienen, en la ausencia, todos son partícipes en la herejía, todos contribuyen a acumular la furia de Pachacámac.

Nadie sabe exactamente cuándo podría suceder.

— Creo que no he probado un emoliente tan decente en mucho tiempo.

— Más rico es cuando tú no pagas, ¿no?

— ¡Para algo trabajas muchacho!

Llegan al cruce de Canevaro con Arenales, al final hacen lo que ella quiere, y ahí está la trampa, a fuerza de encontrar el camino de menor resistencia — o quizá la mejor manera de seguir la corriente — terminas chocándote con las piedras.

Negocios cerrados, un carrito de pollo más allá, algunos perros, ninguno ladra, las luces naranjas también combinan aquí con la calle, sin embargo hay rincones oscuros — ¿podría ser que la trampa no es para ti? — es lo primero que observas, el lugar de la emboscada, ella en cambio busca como si estuviera esperando encontrar un letrero.

— Bueno, aquí es, ¿no?

— Claro que sí, aquí es supuestamente, pero no sé, ¿sientes algo extraño?

— Sí, siento que haberme ido a dormir hubiera sido más emocionante. ¿Cómo se supone que funciona esta huevada?

— Supongo que tenemos que pasar por aquí, como que distraídos ¿no? — te mira con la cara torcida, haciendo una mueca que ella considera es la representación de alguien distraído.

— ¿Cómo te distraes si estás esperando algo?

— Bueno, pasemos nada más entonces.

Dan unos pasos en la intersección y sientes como si la gravedad entre ustedes cambiara, algo como sentirla desaparecer, ser reemplazada por aire, los perros empiezan a ladrar, la luz no ha cambiado pero ahora es más insoportable, como si hubiera dejado de combinar con el negro de Lima de noche, es una luz que no deja lugar a esconderse.

— Existir bajo la influencia de Pachacámac, es existir en la incertidumbre del momento adecuado para el justo castigo. La destrucción no es algo que puedas entender.

— ¿Cómo? — le contestas confundido.

Ella está parada en medio de las luces naranjas que se cruzan como si ese fuera un centro, mirando hacia arriba, al centro del círculo, sus palabras son lentas, espaciadas, como si estuviera entonando.

— Todo puede ser, menos lo que estás pensando ahora mismo, tus minúsculas rebeliones, tus mezquinos deseos, incluso lo que haces a oscuras cuando piensas que no te ven, nada de ese infantil comportamiento le molesta.

Un escalofrío recorre tu espalda, no esperabas escuchar nada de eso, no hay una conversación previa, lo que tienes delante no es la que juras que quieres dejar atrás — ¿entonces por qué te molesta? — tu respiración deja de ser profunda, una gota de sudor frío cae al suelo y tú la observas caer en cámara lenta.

— No sé qué estás planeando con esto

Levanta sus manos y baja la cabeza, te mira, y en esa mirada no ves los colchones quemándose, ves hielo más bien.

— Estás esperando que todo estalle, pero eso no va a suceder, Lima es un organismo que antes te consumirá, estás confiado porque puedes orinar en sus heridas, atraer las moscas, pero...

Decides empujarla fuera del centro antes de que termine, sientes cómo su peso cambia, algo ha dejado de estar vacío ahí dentro, es una sensación física.

— ¡Carajo! ¿Qué chucha tienes? ¡casi me matas huevón!

— Sorry, te quedaste parada como si estuvieras en trance. ¿En qué estabas pensando?

Evitaste escuchar completo lo que estaba diciendo, existe una justificación para ello, pero era una que no tienes claro, quizá no soportabas escucharla decir algo tan místico — ¿o quizá no soportabas verla pertenecer a otro? — quizá solo evitas que te digan lo que ya sabes. Lima es un ser vivo que nos consume.

— La verdad en nada, siento que entramos y me empujaste. Si quieres contacto físico conmigo, a unas cuadras de aquí hay hoteles.

— No, ahora no

— Aburrido...

Empiezas a caminar para que te siga, sabes que no se va a quedar sola, pero ella empieza a caminar en sentido contrario, no te queda otra que correr y alcanzarla, sigue de camino a Salaverry, a esta hora es más peligroso por ahí, pero el bloque de hielo a tu costado no va a atenerse a razones.

— Deberíamos ir por el otro lado, el Campo de Marte es más peligroso a esta hora.

Nada, no te contesta, tampoco te mira, como si no hubieras dicho nada. Cada esquina es más sospechosa por aquí, demasiados ángulos muertos, lugares donde esconderse a esperar.

Intentas agarrarla por el brazo pero se suelta, hay una sensación indescriptible que te causa ese gesto — ¿Indescriptible o que simplemente no quieres entender? — está decidida a seguir por ahí, justamente porque tú te esfuerzas en ir por otro lado. Sabes que la respuesta es irte nada más, pero ¿la dejarías sola? — ¿Te quedarías solo? — ¿es deber hacia su seguridad? ¿o es algo totalmente distinto?, recuerdas las palabras en Canevaro "tus pequeñas rebeliones", eres un hombre pequeño y mezquino tratando de evitar el desastre de la única manera que sabes, reprimiéndote.

— ¿Ves a ese tipo sentado allá?

Por primera vez te das cuenta de que hay gente andando, pero están borrachos, es evidente, tambalean como si hubieran visto contigo la serie, hay uno que está sentado en el letrero de la calle, a ese se refiere.

— ¿El borracho?

— Sí, es más guapo que tú... me gusta

Ya estás cansado de estas niñerías — ¿seguro o solo estás ofendido? — y es una excusa tan buena como cualquiera para huir.

— Qué bien, buena suerte — es lo único que alcanzas a decir.

— ¿Ni siquiera te vas a poner celoso?

Ella no entiende o simplemente espera que estalles, que demuestres sin lugar a dudas, que sus jueguitos te molestan. Pone cara de ofendida, pero crees que no tienes motivos para estar celoso, así que te quedas callado, es solo otra de sus estupideces. La certeza de que esto es un juego te ahoga — porque todo lo que deseas y viene sin conflicto se te hace sospechoso — te parece más grande que una declaración consciente. Ella parece no entender que sus palabras tienen peso.

— Eres libre de hacer lo que gustes, nada de lo que haya pasado entre nosotros ha sido porque yo sea posesivo.

No te contesta, se va corriendo donde el borracho que estaba sentado. No quieres acostumbrarte a su silencio, podría acostumbrarse ella a usarlo, si no obtiene lo que quiere de ti, no lo usará más. La ves tocarle la cabeza, con la garúa cayendo, bautizo, crees que ya encontró una nueva víctima por esa noche — ¿te molesta ese cambio? — una terrible sensación de alivio te recorre el cuerpo, estiras la mano como haciendo adiós y te volteas para irte, solo.

Sin querer volteas a ver hacia atrás, entonces llega el primer puñete. Un dolor seco y agudo en la boca, sangre sale por la comisura de tus labios, una vez más, no puedes esquivar las consecuencias de sus actos — tus propias consecuencias, eres cómplice — luego otro y otro, el dolor empieza a sentirse como una repetición constante, armónica, te golpea con una furia que sientes ya haber presenciado antes, pero no ahora, algo que has imaginado para el futuro — ¿será esta la furia de Pachacámac? — sientes una rabia que solo se calma con la idea de que al fin el camino de menor resistencia es viable, no contestar, darle la contra a la voz que te repite desde que empezó la noche todo aquello que no quieres ver — ¿será eso también la furia de Pachacámac? — ya no sabes a qué atribuirlo en verdad — te está sacando la mierda, ¿no vas a hacer nada? — levantas la cabeza solo para recibir otro golpe, ves su cara decepcionada, sabes que de este modo puedes escurrir el bulto.

— ¿Ves? es un cobarde, ni siquiera intentó defenderse — lo escuchas decir.

— ¡Eres un imbécil!

— ¡Pero hice lo que me dijiste!

— Tú no, pobre idiota...

Ves cómo lo empuja y se te acerca, tiene una botella en la mano, no es nuestra, como todo lo que te ofrece, como todo lo que puede ofrecer, era robado — pero el robo mayor es el que haces de su vida, nada va a surgir de ustedes y eso no te importa, no importa que ella no espere nada, lo que importa es que si lo esperara, no tendrías nada que darle — te la acerca a la boca.

— ¡Toma! para que se te pase el dolor

— Saca eso, ¿qué más ganas con esto? ya obtuviste lo que querías, siempre te voy a dar lo que quieres según parece.

— ¡Nunca me das lo que quiero huevón! Lo peor es que piensas que me das la contra así, ¿quién te ha dicho lo que tengo en mente? nunca quieres reaccionar, ¡cojudo esa también es una reacción!

Desnudo ante esa verdad te detienes — Sí, eres un completo estúpido — asumes lo que no sabes y actúas en consecuencia, sin ninguna guía, el terror de no entender realmente lo que estás haciendo, de haberte equivocado desde un principio — ¿Desde el incendio? ¿realmente escapó? ¿No tenía dónde quedarse? — ¿desde cuándo estás enredado en estos hilos? nada sabes.

En este momento, lo único que sabes que es realmente tuyo, es la sangre que aún sale por la comisura de tu boca.

— No vuelvo a acompañarte a ningún lado de noche — te ríes, la miras de costado y encuentras una respuesta — demasiado violento andar contigo.

En vez de limpiarte la sangre la embarras en tus labios, te le acercas y la besas — empiezas a marcar las cosas que deberían pertenecerte — ya no importa si los hilos te mueven, puedes negarlo, pero va siendo hora de que nos demos lo que queremos.

— ¡Oye Dextre! — en sus ojos una dulzura que le sienta bien — ¿sabes que te quiero? ¿no?

No se imagina las ganas de mandarla a la mierda que tienes, no lo haces, porque sabes que dirá que eso es lo que quería todo el tiempo.

— Llámame por mi nombre, ¿quieres?

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Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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