2026FICCIÓN

Walk Revision

Escrito por Luis

If we're heading out,
Should we bring the map?

— Confía en mí, yo sé lo que hago — eso fue lo que me dijo, yo cerré los ojos y lo seguí.

Tenía mis dudas sobre si debía seguirle — idiota no soy — era un tipo sospechoso hasta la médula, cigarro negro, retina roja, olía a humo y a algo dulzón que no lograba ubicar bien, chalina enorme como una capa. Y como todos ahí, totalmente de negro.

A contraluz parecía un cuervo desgarbado.


Pero sería mejor que no confíes en mí, en serio — piensas, casi en voz alta, casi delatando tu propio miedo

Pensar en voz alta ¡que idiotez!.

En la pared un afiche: "Salón Imperial", iluminado por el neón morado del caldo de gallina se veía casi hermoso, o al menos morado, un afiche morado, un afiche.

Sientes un frío agradable en el cuerpo, el viento desde más allá del asfalto, del mar, de las nubes, arrastra pequeñas gotas, te impregna de aroma a sal, la flecha del caldo te indica seguir directo por Cailloma, doblar por Ocoña…

Necesitas respirar, enciendes el cigarro que tienes en la mano, una llama morada te ilumina por un segundo. Piensas en cuál será la forma de tu sombra, exhalas, el humo te rodea, nos disipamos.

— Vamos…


— No, no estoy perdido, es mejor por aquí — volteó a mirarme, medio alarmado.

Yo no le había dicho nada.

Había decidido confiar ciegamente en esta contradicción andante, justamente porque era el tipo de apuesta que deseaba hacer.

Ahí estaba él, mirando confundido el camino, intentando doblar por un lado, pero decidiéndose por el otro, casi como si el camino lo encontrara a él, perro viejo luchando con su mente para encontrar algo que olvidó hace mucho, pero que la brújula que lleva en la boca le señala, por ratos — cuando inhala — con un brillo exagerado.

Lo seguí con la distancia suficiente como para empujarlo delante — solo por seguridad.

Gracias a mi lazarillo, podía ver el paisaje con atención, sorprendida por lo que parecía ser el color real de Lima, por las múltiples luces intermitentes, la invitación del neón de los hostales, la tentación de buscar con quién ir, el contraste, no era como me lo habían contado.

Era como si Lima se hubiera preparado para mi visita de manera apropiada.

Con los ojos llenos de esas luces, sentí una especie de ternura residual por ese loco que parecía ignorar que todo alrededor era peligroso.

La misma que siento cuando mi gato me sorprende con un ratón.


Borracho no estoy, quizá un poco desubicado — piensas con ligero terror — ¡No puedo estarme perdiendo en el jirón! — Pero en el reflejo de los escaparates encuentras reflejos que no son necesariamente el tuyo, te interrogan voces que no entiendes.

¿Desde cuándo te dedicas a ser un héroe?

¿A qué estás jugando? Ya sabes quién eres, aunque trates de engañarte, ella es vulnerable, la has visto mirando los hostales — pero esa no es la recompensa que esperas — ¿Qué cosa aún más enferma tienes en mente?

— ¡NO! — gritas por dentro, casi lo dices.

Otra vez.

Inhalas más humo con sabor a canela, eso apaga las voces, quizá son las luces, todo es un poco más luminoso hoy.

Doblas en Cusco, te enfrentas al viento de la avenida, pequeñas gotas de garúa que refractan la luz de los postes, no encuentras sombras donde esconderte, tus ojos cargados de sueño, tu miopía sin lentes, todo evita esta luz que te confunde, que te acorrala a seguir rutas extrañas.

La noche no termina de asentarse, tú, criatura nocturna de Lima, te mueves fuera del asfalto.

— Hay en mi interior algo que me perturba, que no se deja entender — le dije mientras la miraba indirectamente a través de una luna rota de Lampa — revivo mis miedos, me observo distorsionado — le dije.


Comencé a sospechar que no tenía en la mano los números de la tinka, era casi gracioso, aún con todas estas señales de peligro, todavía tenía fe en que llegaría a donde tuviera que llegar.

— Es curioso cómo a veces me apago en el camino, estoy viéndote y de pronto eres un ratón — me dijo él, sin hablarme directamente, no pude evitar sorprenderme un poco y tropecé, intentó sostenerme, pero lo único que logró fue rozarme con la ceniza de su cigarro de olor dulzón.

— ¡Auch, deja huevón! — Me alejé un poco, estábamos en una avenida ancha, había un semáforo que inmediatamente se puso en verde cuando lo observé. Me dio la impresión de que se saltó un par de números.

Todo olía un poco a Palo Santo. A procesión.

— ¿Alguna vez has usado un mapa? Yo tenía uno, antes, aprendí las calles, ahí estamos caminando — Siguió desvariando mi confundida mascota, me dejé arrastrar por un loco de noche, en parte porque creía que también estaba loca, persiguiendo la sensación de miedo sin control.

— ¿De qué hablas? — Le seguí el juego — Si tienes un mapa lo usamos, sino de todos modos llegaremos, mientras me sigas protegiendo — le lancé esa zanahoria para que se callara.

Además, aún quería ver su cara de decepción cuando no consiguiera lo que quería.


Por un momento pienso que va a detenerse, darse cuenta de que no debe seguirme.

No tengo idea de dónde estoy, solo me guío por recuerdos clavados en ciertos pasajes, e incluso esas memorias están borrosas hoy, pero solo puedo seguir.

¿Acaso no le parece extraño que pasemos por el arco del barrio Chino? No tenemos nada que hacer aquí, pero aquí estamos, ¿De verdad estoy guiando a alguien? ¿Me imagino estas cosas?.

Siento algo caliente en mis dedos, una quemadura ligera de cigarro me despierta.

— ¡Hey! ¡Siempre quise ver estos leones! — me dice ella, nos detenemos un toque a observarlos, ni siquiera son bonitos, son más bien tristes, dignos leones de Lima.

Se pone a hacer huevadas con esos gatos falsos, se monta en uno, los imita — Vamos, se hace tarde — le digo, pero me doy cuenta — ¿tarde para qué? — No es como si algo fuera a cambiar en Lima en un momento, el aire sigue siendo frío, la garúa fina que cae tratando de ser lluvia sigue reflejando la luz, brillando.

Estamos por entrar en tierra sagrada, quizá deberíamos persignarnos.


— ¡Hey, no seas aburrido! — le dije, pero esto estaba siendo todo, menos aburrido, me di cuenta que estaba nervioso, era casi tierno verlo tratando de hablar normal, de sonar dominante, pobre gatito.

— Esto es Andahuaylas, aquí se inició el incendio de Mesa Redonda — me dijo él, como una especie de presentador de los cuentos de la cripta.

Incluso antes de que me lo diga, ya me había dado cuenta, debe ser lo más parecido a un Silent Hill que haya visto jamás. Paredes chamuscadas, casas a medio reparar, paredes en pie a las que les falta el resto de la casa. Con solo ver todo eso se me encogió el pecho. Cerré los ojos e imaginé cómo hubiera sido estar aquí entonces, una luz demasiado fuerte cegó mi mente.

Asustada abrí los ojos y encontré todo menos oscuro, me ardían los ojos — ¿Por qué?

Seguimos caminando, empecé a tener sed, en mi mente se repetían unas palabras "me quemo", pero nada más, por momentos la luz anaranjada me cegaba.

Cuando de pronto las vi.

— ¿Viste eso? — le dije, no podía ser yo nada más.

— ¿De qué hablas? — me contestó, confirmando mis peores sospechas.

Una pared vacía recibía la luz, mi sombra.

— Había letras en la pared — le dije acelerada — Las vi hace un segundo, ¡Ya no están! — insistí con alarma.

— Esas huevadas pasan aquí. ¿Sabes cuánta gente murió en este pasaje? — Encendió un nuevo cigarro que no sé de dónde obtuvo, me pareció ver una llama morada por un microsegundo saliendo del encendedor.

— Entonces, ¿Por qué chucha me traes por aquí? — le dije, enojada por las libertades que se había tomado.

— No lo sé, pensé que te gustaban esta clase de huevadas, es divertido, ¿No? — me respondió casi sin ganas, avanzaba siguiendo el brillo de su brújula, ignorándome.

Incómoda, caminaba sin observar bien. Tambaleándome, me quedé sola por un momento, lo vi alejarse demasiado, como a través de un caleidoscopio. El calor había aumentado, tuve la sensación de ahogarme enredada en mi ropa, sentí placer, sentí que ese placer no era mío, pero ahí estaba. Me hubiera gustado estar desnuda en medio de aquel ¿calor? Me sorprendí escuchándome decir:

Me quemo.

Me abrí un poco la blusa, solo un botón. Vi lugares naranjas, más iluminados que el resto. Superpuestos, mis pies me llevaban, ignoraban el camino. Derivaba hacia esos fuegos artificiales, las luces del camino.

Pero no vi postes en el camino, la luz venía de otra calle.

— Esto es asqueroso — dije, mientras hurgaba con mis manos entre los escombros.

Igual seguí.

La encontré, un poco chamuscada, manchada, le limpié la hierba de la trenza. Era un llavero de muñeca azul, vestido azul, trenzas azules. Ojos mal cerrados. Aún tenía su argolla.

Me la enganché en el pantalón. Sentí algo así como desánimo en ese momento.

Había un vidrio roto al costado. Letras escritas con el vaho del invierno, borrosas, algo sobre ventanas, buses, aliento, sobre el reflejo cansado de unos ojos rojos.

Nada es casual.

— ¡Hey! ¿qué haces? — me gritó — No te estés quedando. Falta poco.

¿Para qué?


— Hay que doblar por aquí, es más seguro — le dices, como si supieras en verdad. Todo en ti es casualidad, ninguna decisión real, a donde fuera el humo del cigarro, ahí doblas.

Ya van a llegar al Chosicano, sabes que hubiera sido más rápido de frente, ¿Estás estirando esto para ver si te da algo más? No parece que esté dispuesta, ¿Vas a hacer esa huevada de acercarte de la nada a ver si te liga? Sabes que con ella no va a funcionar, aún con toda esa oscuridad te mantiene alejado ¿Es lo que buscabas metiéndote por ese lugar maldito? Tú mismo no lo soportas.

— Ya cállate…

Eres patético e inofensivo.

— Nada he dicho — te dice, un poco apagada, entonces ves la muñeca azul colgada de su pantalón.

— ¿De dónde sacaste eso? — estoy seguro de que no lo tenía cuando salimos, llevarse alguna cosa de ahí, sí que podría ser peligroso. Lo más inteligente será acabar esto de una vez y largarse.

— Lo encontré de camino — me dice, empieza a llegarme al pincho — no es tu asunto — ni siquiera levantó la voz.

Huelo hierba cerca, hay gente fumando — hay gente — peligro real, estar lejos el uno del otro es desventaja.

— Pégate a la pared y acércate un poco a mí, estate lista a agarrarte de mí si cualquier persona aparece, le das la espalda a la pared — estamos en Inambari, reviso el suelo con la mirada, lo encuentro.

— ¡Esto servirá! — le digo, levantando un tubo de fierro mediano del suelo.

Inmediatamente me pego a la pared también.

Veo dos pastrulos acercarse a nosotros por el otro lado de la avenida, no son altos, ni tampoco parecen ser de por aquí, parecieran perdidos, uno llevaba chullo, era demasiado flaco, el otro una casaca de cuero marrón, los dos tambaleaban evidentemente borrachos.

Estos no son una amenaza para nadie, además ni siquiera eres valiente, ¿Qué más vas a intentar?

Justo cuando estoy por lanzar mi tubo aparece de la nada, entra por el cruce con Ayacucho y Nicolás de Piérola, dándome la espalda, los amenaza con un cuchillo, no me ha visto.

— ¡Carajo! Denme todo lo que tengan encima o los abro como pescados. ¡Apuren conchasumadres!

Los veo levantar las manos, veo al de la casaca sacar una billetera, ellos tampoco nos habían visto.

— Agárrate de mí y siempre mantente a mis espaldas — le susurro a ella, me acerco despacio con el tubo a medio levantar, el de chullo me mira, se sorprende, me delata.

Me doy cuenta que tengo medio segundo para pensar.

— ¡Suelta conchatumadre! — le digo al ratero levantando mi tubo y dejándolo caer en su hombro primero. Deja caer algo, le encajo otro tubazo más, en los brazos esta vez, estaba empezando a protegerse, no estaba seguro de si podría ganarle a tubazos, solo — carajo, ojalá no se vayan corriendo — ruego al cielo.


— ¿Qué hacen cojudos? ¿Son cojos o que mierda? - les grité para que reaccionen, fácil se largan y nos dejan su problema.

De pronto como si algo en ellos se activara se acercaron, empezamos a patearlo en el suelo, sin soltarme de él, como buena chica con instrucciones, también empecé a patearlo, en la cara, en la panza, para algo servían estos zapatos enormes y pesados.

En algún momento alguien me empujó de casualidad, lo estábamos pateando un culo, varios tubazos en la cabeza, sonaban como "paf", algo seco, pesado.

— Ya es suficiente, puff — nos dijo resoplando mi mascota — este ya no se levanta, al menos no hoy — le dio uno más por si acaso, ya ni auch decía el tipo.

Aún sentía el impulso de patearlo en el suelo.

— ¿Sabes que si se levanta nos puede buscar con más gente, no? — dijo uno de los pastrulos, el de chullo.

— Entonces mejor largarnos, ¿A dónde van ustedes? — les dije sonriendo, fácil nos hacen la taba, mientras más gente en mi círculo, mejor.

— ¡Ah! ¿Ya no somos cojudos? — me dijo el de la casaca.

— Sí, siguen siéndolo, ahora, cojudos vivos o muertos, depende de ustedes — se las puse claro.

— Estábamos yendo a Abancay — dijo chullo — si van por ahí podemos ir en mancha.


Realmente no entiendo si estos dos tienen algo, parecen cercanos de algún modo, pero desde que nos alejamos del choro ella lo mantiene a cierta distancia, mientras que el tipo no deja de chupar esos cigarros negros que trae, ya se acabó uno, y ha encendido otro inmediatamente.

— ¿De dónde vienen? — intento empezar algún tipo de comunicación con ellos, no es que sean trogloditas, aunque me siento un poco irritado a su alrededor, como si algo me empujara a tenerles cólera.

— De mi casa amigo — me contesta, toda cachacienta, el otro solo me da una mirada, no tiene intención de compartir sus datos con un sapo.

— ¡Ah, eres graciosa! — Eso es lo que me llega al pincho de esa flaca, esa manera de hablar, de moverse.

— ¡Ah, eres sapo!

Mejor seguimos caminando en silencio antes de que la termine por ahorcar.


¡Hey héroe! Dos cuadras, se te escapa, con dos puntas más ya fue, tanto golpe antes, tanta violencia prestada, y no vas a lograr nada, porque en verdad, no eres valiente, y no, pegarle entre cuatro con un fierro por la espalda a alguien no te hace valiente.

— En dos cuadras llegamos a Grau — les dijiste, ignorando el resto de insultos. Hay que fijarnos antes de cruzar esas dos avenidas. Igual ya se ve Grau desde aquí.

— Nosotros nos vamos por el Coliseo Amauta — dijo el del chullo, tú también deberías, pero no tenías intenciones de irte con ellos.

¿Qué vas a decir ahora huevón? Tú también te vas por ahí. Vas a quedarte callado ¿no? Ni siquiera tienes los huevos de decir que la estás persiguiendo y no al revés.

Tiene razón, ese eres tú, esas tus intenciones, no estás cuidando, estás acechando de cerca.

Empieza a amanecer en los relojes, pero no en el cielo, vendedoras de desayuno empiezan a arrastrar sus carritos más allá de Grau, eso no te alivia, aún sientes la electricidad de continuar alerta.

— Aquí nos quedamos — escuchas al del chullo decir. El semáforo está en verde, no hay tiempo para despedidas.

— Suerte man.

Ella ni siquiera les contesta, estamos cansados, pero aún hay que cruzar Grau, de madrugada. Le agarraste el hombro — ¡Cuidado! — le dijiste, avanzó rápido y se desprende de tu último intento, te quedaste sin camino que alargar.


Me detuve a esperar al Chosicano, él se detuvo a esperar otra cosa. Ese silencio no era una pausa, sino más bien una ausencia.

Vi al Chosicano llegar — estaba lleno — y pude adivinar que esperaba algo. Pero no pensaba concederle tregua, igual estiré la mano, el cobrador me hizo una seña, gritó ¡para, recoge! y empezó a pegarse a la derecha.

Le metí una pequeña patada a la canilla con mis chancabuques para que se despierte.

Estiré una mano y le toqué la mejilla por un segundo. Busqué su mano derecha con mi mano libre y le estiré una galleta tentación y dos clonazepam.

Que le hagan provecho.

Me volteé y me subí, aún había cosas por hacer, lejos de ahí.


Por un segundo volví a ver la muñeca azul colgada en su pantalón.

Me quedé parado con sus reliquias en la mano, me dolía la canilla — Conchasumare — bueno, ya fue, su culpa. Las metí en mi morral, si me hubiera dado algo con sentido me habría ofendido, es mejor algo que me deje confundido.

Empezó a ponerse un poco azul el cielo, chupo las últimas bocanadas del cigarro que me quedaba, disfruto el sabor dulzón a canela que tienen. El viento sopla hacia Paseo Colón.

No hay más voces, ahora puedo oírme a mí mismo, no hay gente a la que esconderle mis gustos, empiezo a recordar la música en mi cabeza, empiezo a cantar.

Pasaste a mi lado, con gran indiferencia…


Las señoras ambulantes comenzaron a escuchar rancheras, la misma, pensaron que solo era ella, que era un recuerdo, una dijo bajito "Y sin embargo sigues, unida a mi existencia" otra, sin saber que cantaban las demás "y si vivo cien años, cien años pienso en ti".

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Sobre el autor

Luis escribe historias breves, ideas torcidas y pensamientos que probablemente deberían haberse quedado en su cabeza.

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