ガルーアや
影より先へ
曲流る
—Confía en mí, yo sé lo que hago, creo, no, sí, lo sé. —Eso fue lo que me dijo, yo cerré los ojos y lo seguí.
Tenía mis dudas sobre si debía seguirlo —idiota no soy—, era un tipo sospechoso hasta la médula, cigarro en mano, ojeras enormes, olía a humo, pero a un humo que no era solo de cigarro, no lo lograba ubicar bien, olía como a una procesión, llevaba una parka negra, enorme como una capa, unos audífonos colgados del cuello, conectados a un walkman que era lo único que no estaba arrugado en él. Y como todos ahí, totalmente de negro.
—Daniel, me llamo Daniel —me había dicho cuando le dije que me llamo Sandra, parecía confundido de llamarse así.
A contraluz parecía un cuervo desgarbado.
—Pero sería mejor que no confíes en mí, en serio —piensas, casi en voz alta, delatando tus nervios, si no fuera por la música saliendo de tus audífonos probablemente todos podrían oírte pensar.
Pensar en voz alta, ¡qué idiotez!
En la pared un afiche: Salón Imperial, iluminado por el neón morado del caldo de gallina, se veía casi hermoso, o al menos morado, un afiche morado, un afiche.
Sientes un frío agradable en el cuerpo, el viento desde más allá del asfalto, del mar, de las nubes, arrastra pequeñas gotas, te impregna de aroma a sal, la flecha del caldo te indica seguir directo por Cailloma, doblar por Ocoña…
Junto al letrero ves un tipo extraño, con un saco medio arrugado sobre el hombro, cabello alborotado, camisa blanca y corbata suelta —parece uno de esos empleados municipales—, te señala el letrero con un dedo, se mete al local, va a comer un caldo probablemente.
Necesitas respirar, enciendes el cigarro que tienes en la mano, una llama morada te ilumina por un segundo. Piensas en cuál será la forma de tu sombra, exhalas, el humo te rodea, nos disipamos.
—Vamos…
—No, no estoy perdido, es mejor por aquí. —Volteó a mirarme, medio alarmado.
Yo no le había dicho absolutamente nada.
Había decidido confiar ciegamente en esta nube de contradicciones, era el tipo de cosas que disfrutaba hacer, observar gente derritiéndose, desarmándose.
Ahí estaba él, mirando confundido el camino, intentando doblar por un lado, pero decidiéndose por el otro, casi como si el camino lo encontrara a él, perro confundido luchando con su mente para encontrar algo que nunca supo dónde estaba, la brújula que lleva en la boca le señala, por ratos —cuando inhala— el humo que sale de unas brasas con un brillo exagerado.
Lo seguí con la distancia suficiente como para empujarlo delante —solo por seguridad—.
Gracias a mi lazarillo, podía ver el paisaje con atención, sorprendida por lo que parecía ser el color real de Lima, por las múltiples luces intermitentes, la invitación del neón de los hostales, la tentación de buscar con quién ir, el contraste, no era como me lo habían contado, el barniz del invierno sobre los colores.
Era como si Lima se hubiera preparado para mi visita de manera apropiada.
Con los ojos llenos de esas luces, que en ese momento reclamé para mí, miré con lástima a ese pobre tipo que ignoraba que todo estaba creado para servirme, que nada de eso era nuevo, solo uno más en una lista interminable de tipos queriendo meterse entre mis piernas.
Me recordaba a mi gato ofreciéndome un ratón.
—Borracho no estoy, quizá un poco desubicado —Pero en el reflejo de los escaparates del jirón, encuentras a alguien que no necesariamente es otra persona, pero que te interroga con una voz que no reconoces.
¿Desde cuándo te dedicas a ser un héroe?
—Eso no es lo que está sucediendo, o sea, no a propósito.
¿A qué estás jugando? Ella se ve vulnerable, la has visto mirando los hostales —pero esa no es la recompensa que esperas—. ¿Qué cosa aún más enferma tienes en mente?
—¡NO! —gritas por dentro, casi lo dices.
Otra vez.
Inhalas más humo que te raspa la garganta, te gustan los cigarros fuertes, el golpe, eso te distrae de las voces, quizá son las luces, todo es un poco más luminoso hoy.
Doblas en Cusco, te enfrentas al viento de la avenida, pequeñas gotas de garúa que refractan la luz de los postes, no encuentras sombras donde esconderte, tus ojos cargados de sueño, tu miopía sin lentes, todo evita esta luz que te confunde, que te acorrala a seguir rutas extrañas.
La noche no termina de asentarse, tú, criatura nocturna de Lima, te mueves fuera del asfalto.
—¿No te gusta cuando hace frío? Estas gotitas son como, no sé, ¿alguna vez has hecho llover con una manguera? —le dices mientras la miras indirectamente a través de una luna rota de Lampa—. Es algo así como esto, como un velo —insistes.
No te responde, ni siquiera estás seguro de si te escucha.
Comencé a sospechar que no tenía en la mano los números de la Tinka, las luces de estos negocios cerrados no me hacían sentir más segura, sin embargo, aun con todas estas señales de peligro, todavía tenía fe en que llegaría a donde tuviera que llegar.
—Es curioso cómo la música puede cambiar las cosas, estoy viéndote mientras escucho "La chica tartamuda" —me di cuenta, sus audífonos estaban sonando, muy despacio— y de pronto eres un ratón, algo blanco, tierno —me dijo él, sin hablarme directamente, sus intentos de ternura eran tan pobres, no estaba acostumbrado a hablar con mujeres seguro, menos con una tan bonita, me reí y tropecé, intentó sostenerme, pero lo único que logró fue rozarme con las brasas de su cigarro.
—¡Carajo, deja, huevón! —Tomé distancia, felizmente no estábamos en una avenida ancha, había un semáforo que inmediatamente se puso en verde cuando lo observé. Me dio la impresión de que se saltó algunos números en el conteo.
Todo olía en parte como al tipo este. A procesión, en una de las ventanas un letrero: "Se vende sahumerio, palo santo". ¡Claro! Ese es el nombre.
—¿Alguna vez has usado un mapa? Yo tenía uno, antes, aprendí las calles, ahí estamos caminando —siguió desvariando mi triste y patética mascota, me dejé arrastrar por un loco de noche, persiguiendo la sensación del vértigo.
—¿De qué hablas? —Le seguí el juego—. Si tienes un mapa lo usamos, si no, de todos modos llegaremos, mientras me sigas protegiendo. —Le lancé esa zanahoria para que se callara.
No lo vi correr a buscarla, pero estaba claro que la quería, quizá estaba juzgando mal.
Por un momento piensas que va a detenerse, que puede haberse dado cuenta de que no debe seguirte, temes que te pregunte dónde están.
No tienes idea de dónde, esa es la verdad, solo te guías por recuerdos clavados en ciertos pasajes, e incluso esas memorias están borrosas hoy, pero solo puedes seguir, no es como que puedas mirarla y decirle: "¿y si mejor tomas otra combi?".
¿Acaso no le parece extraño que pasen por el arco del Barrio Chino? No tienen nada que hacer ahí, pero ahí están, ¿de verdad estoy guiando a alguien? ¿Me imagino estas cosas?, no estás seguro de la respuesta.
Sientes algo caliente en tus dedos, una quemadura ligera de cigarro te despierta.
—¡Hey! ¡Siempre quise ver estos leones! —te dice ella, se detienen un toque a observarlos, ni siquiera son bonitos, son más bien tristes, dignos leones de Lima.
—¿Sabes? Mi apellido es Palacios y bueno, siempre he tenido fascinación por los palacios, por mi apellido y todo eso —te mira como imaginas que deberían haber mirado a los leprosos en el imperio romano, pero ya es tarde para detenerte—, sé que hay leones en las puertas de muchos, ¡los he visto en fotos! Estos más bien se ven falsos, pero, o sea, los estamos tocando, no son irreales, pero parecen falsos, como que de plástico, ¿no?, "Fake plastic cats".
—A ver dales un puñete —te contesta y ya no haces nada más que esperar que se canse.
Se pone a hacer huevadas con esos gatos disfrazados, se monta en uno, los imita. —Vamos, se hace tarde —le dices—, pero te das cuenta. ¿Tarde para qué? Lima aún va a durar unos cuantos siglos más, nada va a cambiar repentinamente, el aire sigue siendo frío, la garúa fina que cae tratando de ser lluvia sigue reflejando la luz, brillando.
Están por entrar en tierra sagrada, quizá deberían persignarse.
—¡Hey, no seas aburrido! —le dije, pero esto estaba siendo todo, menos aburrido, sus nervios, la voz un poco más grave, pobre gatito.
—Esto es Andahuaylas, aquí se inició el incendio de Mesa Redonda —me dijo él, como una especie de narrador, pero yo no había pedido ningún tour.
Incluso antes de que me lo dijera, ya sabía que algo bastante fuerte había sucedido ahí, debe ser lo más parecido a un videojuego post-apocalíptico que haya visto jamás. Paredes chamuscadas, casas a medio reparar, columnas en pie a las que les falta el resto de la casa. Con solo ver todo eso se me aceleró el pulso. Cerré los ojos e imaginé cómo hubiera sido estar aquí entonces, una luz demasiado fuerte invadió ese vacío.
Asustada abrí los ojos y encontré todo menos oscuro, me ardían los ojos. ¿Por qué?
Seguimos caminando, empecé a tener sed, en mi mente se repetían unas palabras, me quemo, pero nada más, por momentos la luz anaranjada me cegaba.
Cuando de pronto las vi.
—¿Viste eso? —le dije, no podía ser yo nada más.
—¿De qué hablas? —me contestó.
Una pared vacía recibía la luz, mi sombra.
—Había letras en la pared —le dije, con los ojos tan abiertos que incluso me dolían—. Las vi hace un segundo, ¡ya no están!
—Esas huevadas pasan aquí. ¿Sabes cuánta gente murió en este pasaje? —Encendió un nuevo cigarro que no sé de dónde obtuvo, me pareció ver una llama morada por un microsegundo saliendo del encendedor.
—Entonces, ¿por qué chucha me traes por aquí? —le dije, lo hubiera mandado a la mierda, de haber tenido el valor de quedarme sola ahí.
—No lo sé, pensé que te gustaban esta clase de cosas, tú sabes, te ves tan ruda a veces, pensé que dirías "¡qué divertido!", ¿no es divertido? —me respondió, había algo en su manera de hablar, no parecía buscar las palabras que usaba, solo tropezarse con ellas, recogerlas y lanzarlas como pudiera, avanzaba siguiendo el brillo del cigarro, tratando de ignorar mi molestia.
Incómoda, caminaba sin observar bien. Tambaleándome, me quedé sola por un momento, lo vi alejarse demasiado, como a través de un caleidoscopio. El calor había aumentado, tuve la sensación de ahogarme enredada en mi ropa, sentí placer, sentí que ese placer no era mío, pero ahí estaba. Me hubiera gustado estar desnuda en medio de aquel ¿calor? Me sorprendí escuchándome decir:
—Me quemo.
Me abrí la blusa, solo un botón. Vi lugares naranjas superpuestos, más iluminados que el resto. Pero no vi postes en el camino, la luz venía de otra calle. Mis pies me llevaban, ignoraba hacia dónde. Derivaba hacia esos fuegos artificiales, esas luces imposibles.
Llegué a una pila de desmonte, supe que debía encontrar algo en ese lugar, comencé a retirar pedazos de ladrillo mojado, esto no lo ha hecho la garúa, pensé mientras me manchaba los dedos.
—Esto es tan asqueroso —dije, mientras seguía buscando entre los escombros.
Igual no podía detenerme.
La encontré, estaba chamuscada, manchada, le limpié la hierba de la trenza. Era un llavero de muñeca azul, vestido azul, trenzas azules. Ojos mal cerrados. Aún tenía su argolla.
Me la enganché en el pantalón. Sentí desánimo, entendí que ese desánimo tampoco era mío, alguien me estaba tirando cosas encima, quiere que piense que las robo.
Había un vidrio roto al costado. Letras escritas con el vaho del invierno, borrosas, algo sobre ventanas, buses, aliento, sobre el reflejo cansado de unos ojos rojos.
—Demasiada casualidad. —No me lo había imaginado, yo no imaginaría algo tan estúpido.
—¡Hey! ¿Qué haces? —me gritó—. No te estés quedando. Falta poco.
¿Para qué?
—Hay que doblar por aquí, es más seguro —le dices, como si supieras de verdad. Todo en ti es casualidad, ninguna decisión real, a donde va el humo del cigarro, ahí doblas.
Ya van a llegar a Grau, sabes que hubiera sido más rápido de frente, no parece que esté dispuesta, aun con toda esa oscuridad te mantiene alejado, incluso si te metes a lugares que tú mismo no soportas.
—Ya cállate…
Eres patético e inofensivo.
—Nada he dicho —te dice, un poco apagada, entonces ves la muñeca azul colgada de su pantalón.
—¿De dónde sacaste eso? —Estás seguro de que no lo tenía cuando salieron, llevarse alguna cosa de ahí podría ser peligroso. Lo más inteligente será acabar esto de una vez y largarse.
—Lo encontré de camino —te dice, empieza a llegarte al pincho—. No es tu asunto. —Ni siquiera levanta la voz.
Hueles hierba cerca, hay gente fumando —hay gente—, peligro real, estar lejos el uno del otro es desventaja.
—Pégate a mí, estate lista a agarrarte de mí si cualquier persona aparece, le das la espalda a la pared.
—¿Pasa algo? —te pregunta en voz baja, pero no es miedo lo que ves en sus ojos.
—No necesariamente, pero huele a hierba y creo haber escuchado voces, no es nada seguro, estás segura mientras hagas lo que digo —le susurras.
Están por Inambari, un montón de cachineros pululan por el sitio durante el día. Recorres el suelo con la mirada y encuentras algo aceptable.
—¡Esto servirá! —comentas, levantando un tubo de fierro mediano del suelo.
Inmediatamente te pegas a la pared también.
Ves dos pastrulos acercarse a ustedes por el otro lado de la avenida, no son altos, ni tampoco parecen ser de por aquí, parecieran perdidos, uno lleva chullo, es demasiado flaco, el otro una casaca de cuero marrón, los dos se tambalean evidentemente borrachos.
Estos no son una amenaza para nadie, además ni siquiera eres valiente, ¿qué más vas a intentar?
Justo cuando estás por soltar el tubo, lo escuchas hablar:
—¡Carajo! Denme todo lo que tengan encima o los abro como pescados. ¡Apuren, conchasumadres!
Ha entrado por el cruce con Ayacucho y Nicolás de Piérola, dándote la espalda, los amenaza con un cuchillo, no los ha visto a ustedes. Los ves levantar las manos, ves al de la casaca sacar una billetera, ellos tampoco los han visto.
—Agárrate de mí y siempre mantente a mis espaldas —le ordenas, te acercas despacio con el tubo a medio levantar, el del chullo te mira, se sorprende, te delata.
Te das cuenta de que tienes medio segundo para pensar.
—¡Suelta, conchatumadre! —le dices al ratero levantando el tubo y dejándolo caer en su hombro para empezar. Suelta lo que tiene en la mano, le encajas otro tubazo más, en los brazos esta vez, está empezando a protegerse, no estás seguro de si podrás ganarle a tubazos, solo —carajo, ojalá no se vayan corriendo—, ruegas al cielo.
—¿Qué hacen, cojudos? ¿Son cojos o qué mierda? —les grité para que reaccionen, fácil se largan y nos dejan su problema.
De pronto, como si algo en ellos se activara, se acercaron, empezaron a patearlo en el suelo, sin soltarme de él, como buena chica con instrucciones, empecé a colaborar con la causa, me entretuve en buscar dónde patearlo, en la cara, en la panza, le pisé una mano, la otra, encontré lugares donde aún no se veía muy golpeado, para algo servían estos zapatos enormes y pesados.
En algún momento alguien me empujó de casualidad, lo estábamos pateando un culo, varios tubazos en la cabeza, sonaban como "paf", algo seco, pesado, como si golpearas un fardo de ropa.
—Ya es suficiente, suficiente —nos dijo resoplando mi mascota—, este ya no se levanta, al menos no hoy. —Le dio uno más por si acaso, ya ni auch decía el tipo.
Aún sentía el impulso de patearlo en el suelo.
—¿Sabes que si se levanta nos puede buscar con más gente, no? —dijo uno de los pastrulos, el de chullo.
—Entonces mejor seguir nuestro camino, ¿a dónde van ustedes? —les dije sonriendo, fácil nos hacen la taba, mientras más gente en mi círculo, mejor.
—¡Ah! ¿Ya no somos cojudos? —me dijo el de la casaca.
—Sí, siguen siéndolo, ahora, cojudos vivos o muertos, depende de ustedes. —Se las puse claras.
—Estábamos yendo a Abancay —dijo chullo—, si van por ahí podemos ir en mancha.
Realmente no entiendo si estos dos tienen algo, parecen ser cercanos de algún modo, pero desde que dejamos al choro tirado en el asfalto, ella mantiene cierta distancia entre ambos, mientras que el tipo no deja de chupar esos cigarros que trae, ¿creo que son Premier?, ya se ha acabado dos, y ha encendido otro inmediatamente.
—¿De dónde vienen? —intento empezar algún tipo de comunicación con ellos, no es que sean trogloditas, aunque me siento un poco irritado a su alrededor, como si algo me empujara a tenerles cólera, no me permitiera pensar muy claramente.
—De mi casa, amigo —me contesta, toda cachacienta, el otro solo me da una mirada, no tiene intención de compartir sus datos con un sapo, ¿cómo es que puede fumar tanto y seguir caminando?
—¡Ah, eres graciosa! —Eso es lo que me llega al pincho de esa flaca, esa manera de hablar, de moverse.
—¡Ah, eres sapo!
Es chata, delgada, pero no está nada mal, quizá eso es lo que más me molesta, sé que en cualquier momento se va a largar con el tipo ese y ya no habrá más contacto, una mujer así debería obedecer, más aún en un lugar tan peligroso y de noche.
—Solo quiero saber más de ti, ya que tu amigo no sabe hablar —hago un intento más—, conocernos mejor.
—¡Sí, claro! Yo ya sé, quieres conocerme más profundamente ¿sí o no?, agradece que te hemos ayudado y mírame bien para que puedas pajearte en casa tranquilo más tarde.
—Te botas como agua sucia —no hay manera de acercarse, me río, es lo único que queda por hacer.
—Me boto como palta negreada.
Mejor seguimos caminando en silencio antes de que termine por ahorcarla.
¡Hey, héroe! Dos cuadras más, se te escapa, tanta violencia prestada, para impresionar a una narcisista, pegarle entre cuatro con un fierro por la espalda a alguien no te hace valiente.
—En dos cuadras llegamos a Grau —les dices, ignoras el resto de insultos—. Hay que fijarnos antes de cruzar esas dos avenidas. Igual ya se ve Grau desde aquí.
—Nosotros nos vamos por el Coliseo Amauta —dice el del chullo, tú también vas por ahí, pero no tienes intenciones de irte con ellos.
¿Qué vas a decir ahora, huevón? Tú también te vas por ahí. Ni siquiera tienes los huevos de decir que la estás persiguiendo, pero ella lo sabe.
Tiene razón, no voy a decir nada, así es este juego.
Empieza a amanecer en los relojes, pero no en el cielo, vendedoras de desayuno empiezan a arrastrar sus carritos más allá de Grau, eso no te alivia, aún sientes la electricidad de continuar alerta.
—Aquí nos quedamos —escuchas al del chullo decir. El semáforo está en verde, no hay tiempo para despedidas.
—Suerte, man —le dices levantando una mano en señal de despedida.
Ella ni siquiera les contesta, están cansados, pero aún hay que cruzar Grau, de madrugada. Le agarras el hombro. —¡Cuidado! —le dices, avanza rápido y se desprende de tu último intento, te quedas sin camino que alargar.
Me detuve a esperar al Chosicano, él se detuvo a esperar otra cosa. Ese silencio no era una pausa.
Vi al Chosicano llegar —estaba lleno— y pude adivinar que esperaba algo. Pero no pensaba concederle tregua, igual estiré la mano, el cobrador me hizo una seña, gritó ¡para, recoge! y empezó a pegarse a la derecha.
Le metí una pequeña patada a la canilla con mis chancabuques para que se despierte.
Estiré una mano y le toqué la mejilla por un segundo. Busqué su mano derecha con mi mano libre y le estiré una galleta Tentación y dos clonazepam.
Que le hagan provecho.
Me volteé y me subí, aún había cosas por hacer, lejos de ahí.
Por un segundo volví a ver la muñeca azul colgada en su pantalón.
Me quedé parado con sus reliquias en la mano, me dolía la canilla —Conchasumare—, bueno, ya fue, su culpa. Las metí en mi morral, si me hubiera dado algo con sentido me habría ofendido, es mejor algo que me deje confundido.
Empezó a ponerse un poco azul el cielo, chupé las últimas bocanadas del cigarro que me quedaba, disfruté el sabor amargo, la sensación áspera en mi garganta. El viento soplaba hacia Paseo Colón.
No hay más voces, ahora puedo oírme a mí mismo, no hay gente a la que esconderle mis gustos, empiezo a recordar la música en mi cabeza, me acomodo los audífonos, subo el volumen, empiezo a cantar.
Pasaste a mi lado, con gran indiferencia…
Las señoras vendedoras de desayuno comenzaron a escuchar una ranchera, la misma, al mismo tiempo, creyeron que era un recuerdo particular y lejano, un recuerdo feliz, mientras el joven de los audífonos pasaba sin comprarles nada, una empezó a cantar bajito "Y sin embargo sigues, unida a mi existencia"; otra, sin saber que cantaban las demás, la siguió "y si vivo cien años, cien años pienso en ti".